Las Riquezas de su Gracia



Todos admiramos al apóstol Pablo como un siervo muy bien dotado, tanto natural como espiritualmente; sin embargo, él atribuye toda la gloria de su servicio a la gracia de Dios, al afirmar: “Por la gracia de Dios soy lo que soy.”

Asimismo, cuantos hereden el reino y las glorias prometidas para ellos, reconocerán en aquel día que sólo la gracia de Dios les condujo allí.

En este libro, el autor nos toma de la mano y con conduce por la Escritura, para que contemplemos, desde sus primeras manifestaciones –cual destellos o balbuceos– hasta su expresión más plena las abundante riquezas de la gracia de Dios en Cristo Jesús.
Quiera el Señor utilizar esta palabra para traer un oportuno socorro a todos los creyentes que han caído en el desaliento, como también a aquellos que vagan hambrientos cual ovejas sin pastor.

“Y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.” (Ef. 2:6-7).

1ª EDICIÓN Temuco (Chile), Noviembre de 1999. ISBN: 956-288-433-3. Las citas bíblicas corresponden a la versión Reina-Valera 1960. También se utiliza la Versión Moderna de H.B. Pratt (VM), y la Biblia de Jerusalén (BJ).

PRESENTACIÓN

El corazón rebosa de gratitud y alabanza al Dios de toda gracia, por nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo, quien vino lleno de gracia y de verdad. Tanto nos amó, que no le importó nuestra condición miserable, de extrema insolvencia, destituidos de la gloria, y más aún, muertos en delitos y pecados.

A pesar de todo, nos llamó, nos salvó, nos dio vida, nos hizo aptos, nos dio herencia; en fin, no sólo quitó nuestra culpa, sino que nos capacitó, dándonos todos los recursos para que lleguemos a ser vencedores, y compartamos su gloria para siempre. Esta es la gracia. Todos cuantos participen del gozo de su Señor, los que hereden el reino y las glorias eternas prometidas para los santos, reconocerán que la gracia de Dios en Cristo Jesús les pudo conducir allí. ¡Gloria a Dios para siempre!

El autor nos toma de la mano y nos pasea por la Escritura. Paso a paso veremos las primeras manifestaciones de la gracia, cual destellos o balbuceos, hasta arribar a las abundantes riquezas de la gracia de Dios en Cristo Jesús. Ciertamente, Él es la mayor expresión de la gracia, tanto en su gloriosa persona como en su magnífica obra.

Conoceremos que la gracia excede a la misericordia. Ésta cumple con perdonar y levantar al fracasado; aquélla va mucho más allá, capacitándole para vencer.

El lector saltará de alegría y se emocionará de gozo cuando vea (¡que el mismo Espíritu Santo le ilumine!) “lo que somos”, no como una aspiración, mas como una bendita realidad, y “lo que tenemos” por gracia. A ratos nos parece que los detalles y los ejemplos son excesivos, pero esto mismo nos habla de la abundancia de las riquezas de la gracia.

El mensaje del presente libro nos ayudará, además, a discernir los frutos de aquellos que profesan fe en el Señor Jesucristo. Los que conocen la gracia de Dios son fácilmente reconocibles, tanto en su palabra como en su obra. De igual modo, quienes la ignoran, tarde o temprano, mostrarán su triste irrealidad. ¡Cuántos hombres, al parecer tan sinceros en sus palabras, nos han defraudado tanto con sus hechos! La bendita gracia de nuestro Dios ha hecho abundante provisión para volver al extraviado al camino correcto que agrada al Señor.

Todos admiramos al apóstol Pablo como un siervo muy bien dotado, tanto natural como espiritualmente; sin embargo, él atribuye toda la gloria de su servicio a la gracia de Dios, cuando declara: “No osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí ... con la palabra y con las obras.” (Rom. 15:18); y más aún, en 1ª Corintios 15:10, donde declara enfáticamente: “Por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.”

El último capítulo es un digno final para un tema tan exquisito. Haremos bien en acoger plenamente tan solemnes advertencias.

Este libro es una muestra de la comida espiritual que estamos disfrutando, por la bondad de Dios, en esta parte del mundo. Reconocemos que la gracia y la misericordia del Señor han sido abundantes para nosotros que estamos conociendo la gracia de Dios en verdad, y encontrando en el Señor Jesucristo nuestra plena satisfacción.

Quiera el Señor utilizar esta palabra para traer un poderoso socorro a todos los creyentes que han caído en el desaliento y la frustración. El Señor tenga misericordia de los que vagan hambrientos como ovejas sin pastor.

Estos mensajes fueron compartidos en enero de 1999, durante un Campamento-Retiro, en un lugar llamado Ruka-Cura, a unos 100 kms. al suroeste de Temuco, 9ª Región de Chile. Aquellos fueron días preciosos en la presencia del Señor, y los pastos ... ¡deleitosos!

¡Jesucristo es el Señor!

Gonzalo Sepúlveda H.

Temuco (Chile), noviembre de 1999

ÍNDICE

1ª Parte: “El Dios de gracia”

1. ¿Qué es la gracia?

2. El Dios de toda gracia

2ª Parte: “Los balbuceos de la gracia”

1. La grandeza del Dios de gracia

2. La flaqueza del hombre en su desgracia

3ª Parte: “Los destellos de la gracia”

1. La gracia de Dios antes de la Ley

2. La misericordia de Dios durante la Ley

3. La misericordia de Dios bajo los reyes

4ª Parte: “La abundancia de la gracia”

1. La Gracia viviente

2. La Gracia explicada

3. Lo que somos y tenemos por gracia

4. La operación de la gracia en los creyentes

5. Viviendo la gracia

5ª Parte: “Advertencias acerca de la gracia”

1ª Parte

EL DIOS DE GRACIA

Uno

¿QUÉ ES LA GRACIA?

La palabra gracia es una de las más hermosas de toda la Biblia.

Gracia expresa un rasgo inefable de nuestro bendito Dios que se manifiesta en sus tratos con el hombre, y según el cual Él ama al hombre caído, le perdona y le levanta; le transforma, y pone en él su propia vida, capacitándole para colaborar con su propósito eterno y compartir su gloria.

La gracia de Dios ha echado a andar, apenas caído el hombre en el Edén, su plan en relación con él para así recuperarlo y usarlo en sus eternos propósitos.

El poder de Dios fue expresado nítidamente en la creación; pero su gracia ha encontrado ocasión para manifestarse en la caída del hombre. Como la caída del hombre afectó a toda la creación, entonces su gracia ha alcanzado también a toda la creación. Desde la tierra (centro del problema) se ha irradiado el poder de la redención –efectuada por la preciosa sangre de Jesús– y ha favorecido a todas las cosas, reconciliándolas con Dios.

La gracia y la misericordia

Aparte de la palabra “gracia”, existen otras que suelen utilizarse para expresar de alguna forma la gracia de Dios, aunque no son exactamente lo mismo. Está principalmente, la misericordia, y también el favor, la clemencia, y la bondad.

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento tenemos la gracia y la misericordia. Sin embargo, en el Antiguo tenemos más misericordia que gracia; en tanto, en el Nuevo, tenemos más gracia que misericordia.

La misericordia es la compasión hacia alguien en su desdicha, en su necesidad e impotencia. La misericordia mueve la mano de Dios para socorrer esa necesidad específica. Cuando los hijos de Israel gemían en Egipto a causa de la servidumbre, y clamaron, Dios oyó su gemido y se acordó de ellos (Ex. 2:23-25). En Jueces 2:18 dice que Jehová Dios levantaba jueces de tiempo en tiempo a los israelitas, por los gemidos a causa de quienes los afligían. Dios se duele del dolor y la aflicción de su pueblo y acude en su ayuda.

La gracia, en cambio, es el favor inmerecido concedido por Dios al hombre, que va más allá que la misericordia, porque le habilita para que pueda salir de su condenación y vivir conforme a las demandas de Dios.

La misericordia no capacita al hombre para vivir una vida santa; en cambio, la gracia sí provee del poder para hacerlo. La misericordia socorre al desdichado, pero luego éste queda a expensas de sus propias fuerzas; la gracia, en cambio, extiende su mano, levanta y sostiene al hombre en un nivel de vida que agrada a Dios.

Por eso es la gracia y no la misericordia la que fue hecha por medio de Jesucristo. La gracia se ve brillar sólo en algunos momentos de la antigüedad, como en el pacto de Dios con Abraham (Gén. 15:5-21), y con David (2 S. 7:14-16); pero en todo el período de la ley Dios no puede manifestar su gracia (excepto a un “pequeño remanente”, Rom. 11:2-6), porque la ley no es de fe, sino de obras.

Incluso la misericordia, en los días del Antiguo Pacto, aparece condicionada. En Éxodo 20:6, por ejemplo, lo está a quienes guardan los mandamientos y aman a Dios; a los que obedecen la ley (Dt.7:12; 30:3; 1 R.8:23); a los misericordiosos (2 S.22:26). Y cada vez que se habla de una misericordia no condicionada, se refiere al Israel futuro, no al presente (como en Miqueas 7:18-20).

Tanto la gracia como la misericordia se aplican en especial a la relación de Dios y su pueblo, pero también a la relación del hombre con su prójimo, cuando uno de ellos está en una situación de solvencia y otro en situación de necesidad.

Así, por ejemplo, en el caso de la gracia, se dice que José halló gracia en los ojos de su amo Potifar (Gn. 39:4); Rut, en Booz (Rt. 2:10); Ester, en Asuero (Est. 2:17); Daniel, en el jefe de los eunucos (Dn. 1:9); y Nehemías, en Artajerjes (Nh. 2:5,8).

Respecto de la misericordia, se dice que José, estando en la cárcel, pide al jefe de los coperos que use de misericordia para con él (Gn. 40:14), que Rahab pide misericordia a los espías para la casa de su padre (Jos. 2:12); y que David pide misericordia de Saúl (1 S. 20:8), etc.

En los tratos del hombre con su prójimo, la gracia de Dios se transforma, ya sea en amor, ya sea en misericordia. Porque la gracia tiene una sola dirección, de arriba hacia abajo, de Dios hacia los hombres. En cambio, el amor puede ser –además de vertical, de Dios a los hombres y de los hombres hacia Dios– horizontal, en las relaciones del hombre con su prójimo. Así que, los que conocen la gracia de Dios tienen amor, y también misericordia.

Dios demanda la misericordia. La misericordia se extiende desde aquel que ha recibido misericordia hacia aquel que aún no la ha recibido. Oseas, el profeta, dice: “Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos” (6:6). El Señor Jesús toma esta palabra en más de una oportunidad para aplicarla a los fariseos que se escandalizaban porque el Señor comía con publicanos y pecadores (Mt. 9:13), y que condenaban a los discípulos porque cogían espigas en día de reposo (Mt. 12:7). El Señor nos enseñó a perdonar misericordiosamente a quienes nos ofenden (Mt. 18:33,35), y a usar de misericordia, además de diezmar –como hacían, exclusivamente, los escribas y fariseos (Mt. 23:23)–. Pablo y los demás apóstoles también lo enseñaron (Rom. 12:8; Col. 3:12).

De modo que en la Biblia tenemos la misericordia, pero sobre todo tenemos la gracia, que expresa aún mejor el maravilloso carácter de Dios, manifestado en el Señor Jesucristo. Que el Señor nos ayude a conocerla mejor, y a vivirla.

Dos

EL DIOS DE TODA GRACIA

¿Qué clase de persona es Dios? Lo primero que la gracia nos permite es conocer a Dios como el Dios de toda gracia (1ª Ped. 5:10). Dios se revela a sí mismo en su gracia, por medio de Jesucristo. En Cristo, Dios nos reveló completamente su forma de ser (hasta donde nos es posible a nosotros percibirla, dadas nuestras limitaciones). El Señor Jesús dijo: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn. 14:9), y también: “... el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn. 1:18), y: “la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Jn. 1:17). De manera que ahora, por medio de Jesucristo, conocemos al Dios de gracia.

La gracia se refiere, entonces, al carácter inherente de Dios. Porque Dios, por causa de su grandeza y de su plenitud, no necesita de nadie ni de nada; Él se complace, en cambio, en dar. Cuando nosotros damos algo, estamos expresando el carácter de Dios; cuando recibimos algo, estamos demostrando el carácter y la forma de ser normal de un hombre. Porque Dios da y el hombre recibe. Por eso el Señor dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch. 20:35). La gracia muestra, entonces, lo que Dios es (en su grandeza), y no lo que nosotros somos (en nuestra pequeñez).

Para conocer qué clase de persona es Dios tenemos que partir estableciendo que Dios es más alto que los hombres. Nadie ha alcanzado jamás el trono de su grandeza. Todos los esfuerzos de los hombres por conseguirlo han acabado como la torre de Babel. El mismo Lucifer terminó en el infierno. Si Dios no se nos da a conocer, es imposible para nosotros conocerlo. Por tanto, conocer a Dios es la honra más alta para el hombre. (Jer. 9:23-24). Entenderlo y conocerlo es nuestro privilegio, nuestra riqueza y nuestra honra. Somos más bienaventurados que el sabio, que el valiente y que el rico, porque conocemos a Dios, y conocemos (aunque sea parcialmente) algunos de sus caminos, y sus propósitos.

El cántico compuesto por David para alabar al Señor ante el arca decía: “Porque él es bueno y para siempre es su misericordia” (1 Cr. 16:34). Eso lo cantaron también en tiempos de Salomón (2 Cr. 5:13;7:3), en tiempos de Zorobabel (Esd. 3:11), y se canta hasta el día de hoy (Lam. 3:22,32). La bondad y la misericordia de Dios fueron, aun en tiempos de la ley, sus rasgos distintivos. ¿No conocemos acaso a nuestro Dios como Dios de misericordia? ¿No hemos gustado también nosotros la benignidad del Señor? (1ª Ped. 2:3).

Por medio de Isaías dice: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (55:8-9). ¿Cómo son los pensamientos y los caminos de Dios? No son iguales a los nuestros. Más altos que los cielos sobre la tierra, así son sus caminos más altos que los nuestros y sus pensamientos más que los nuestros. Los pensamientos y los caminos de Dios son inalcanzables para el hombre.

Así también ocurre con su corazón. El hombre tiene un corazón estrecho, mas Dios tiene un corazón amplio. La medida de su corazón es mucho más grande que la nuestra, y Él actúa según su corazón, sus pensamientos y sus caminos.

El salmista Asaf, en un momento de aflicción, ruega a Dios, diciendo: “No recuerdes contra nosotros las iniquidades de nuestros antepasados; vengan pronto tus misericordias a encontrarnos, porque estamos muy abatidos. Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre; y líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre” (Sal. 79:8-9). En otro lugar, el Espíritu Santo inspira a David para responder a Asaf: “Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia ... No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen ...” (Sal. 103:8,10-11). Por la benignidad de nuestro Dios, la petición de Asaf tiene una feliz respuesta. Su aflicción era también la nuestra, pero ya hemos sido socorridos.

Nuestro Dios es el Dios que hace salir su sol sobre malos y buenos y que hace llover sobre justos e injustos. El Dios nuestro da el pan al ateo, al apóstata, al vil y al despreciable, escucha sus denuestos, y aún le ama. La gracia de Dios es insondable.

Nosotros actuamos, nos movemos y juzgamos según la pequeñez de nuestro corazón; pero Dios actúa, se mueve, y juzga según su gracia.

El corazón de Dios y el corazón del hombre

Las parábolas usadas por el Señor Jesús tenían el propósito de declarar cosas escondidas desde la fundación del mundo (Mt.13:35). Y de esas cosas, una de las más gloriosas era dar a conocer el corazón, los pensamientos y los caminos de Dios. Antes que el Señor revelara a Dios mediante su preciosa Persona y sus enseñanzas, los hombres no conocían a Dios, y tenían una concepción equivocada de su persona. El carácter de Dios estaba escondido desde la fundación del mundo, pero ahora es revelado en toda su maravillosa gracia.

La grandeza del corazón de Dios y la pequeñez de nuestro propio corazón se muestran claramente en tres parábolas.

En la parábola de los dos deudores (Mt. 18:23-34), un rey quiso hacer cuentas con sus siervos. Uno de ellos le debía diez mil talentos, y como no pudo pagar, su señor ordenó venderle a él y su familia. Pero este siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: “Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.” El rey, movido a misericordia, le soltó y le perdonó los 10.000 talentos. Un talento valía 6.000 dracmas, y una dracma era lo que ganaba un jornalero al día. De manera que 10.000 talentos era el equivalente a 60 millones de días de trabajo de un jornalero. Esto es aproximadamente unos 34 millones de dólares. Una cantidad impagable. Pero el rey le perdonó todo.

En su presunción, el siervo pretendía pagarle, pero el rey sabía que no podría, de modo que le perdonó. El siervo pide como piden los hombres, es decir, solicitando plazo para pagar. En cambio, el rey contesta como contesta Dios, es decir, perdonando. Dios no envió a su Hijo al mundo a cobrar deudas, sino que lo envió a perdonar, para que por medio de su sangre fuéramos limpios de todo pecado. Él conocía nuestra pobreza, así que, sin más, nos perdonó. El perdón de esta deuda no fue un acto realizado por decreto (que hubiera sido fácil), sino por medio de la muerte de su propio Hijo.

Tal como este siervo, tal vez estemos tentados a pensar que nosotros pudimos haber pagado nuestra deuda, o que habiendo recibido de Dios un perdón en nuestra insolvencia, ahora que somos solventes podemos pagar en forma retroactiva. Pero esto también es presunción.

El corazón del hombre, por su parte, queda muy bien reflejado en este mismo siervo, ya perdonado, cuando se encuentra con un consiervo que le debía cien denarios (es decir, cien dracmas). Cien dracmas no son nada comparadas con 60 millones de dracmas; sin embargo, este siervo, cogiendo a su consiervo por el cuello, le exigía el pago de esa deuda. El consiervo le pedía tiempo para pagarle todo, pero el siervo no quiso y le echó en la cárcel. Así es el corazón del hombre. Se olvida fácilmente cuánto le fue perdonado, y se llena de juicio contra el prójimo. El corazón del hombre es inmisericorde y olvida cuánto Dios le perdonó.

Otro ejemplo lo tenemos en la parábola del hijo pródigo (Lc. 15:11-32). El padre de la parábola nos muestra cómo es el amante corazón de Dios, que perdona sin condiciones, que cubre la desnudez de su hijo necio, y más encima hace fiesta para recibirle. Al Padre no le importó escuchar las explicaciones de su hijo –que quedaron incompletas– porque su corazón se conmovió y se inflamó toda su compasión. Lo que el hijo pródigo recibió fueron dones, no reprimendas. Y luego, se hizo fiesta en su honor. ¡Cuántas veces nosotros nos hemos extraviado de la sincera fidelidad a Cristo, y el Señor nos ha recogido con amor, sin reproches, para agraciarnos de nuevo, y cubrir nuestra desnudez!

El hijo mayor, en cambio, muestra el corazón del hombre, lleno de justicia propia y severidad, que no se alegra con el perdón concedido al hermano, sino que se duele por lo que él considera una injusticia cometida en su daño, y un derroche inmerecido. Aunque todas las cosas de su padre eran suyas, en su mezquindad, no les aprovechaban, ni tampoco quería que les aprovecharan a nadie. Sin embargo, aun con éste, el Padre muestra su benevolencia, e intenta convencerlo con mansedumbre.

Aún otro ejemplo del corazón bondadoso de Dios lo tenemos en la parábola de los obreros de la viña (Mt. 20:1-16).

Un padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña, conviene con los obreros en un denario al día. Todos están conformes y deciden trabajar por ese dinero. Pero más tarde, al comenzar a pagarles lo mismo a los que fueron contratados después, se despierta la estrechez del corazón de ellos. Los tempraneros no sufrían menoscabo en ello, porque se les pagaba lo estipulado en el acuerdo, pero aun así ellos querían que el padre de familia estableciera un criterio de justicia basado en el corazón de ellos para pagarles a los últimos; en cambio, Dios les pagó sobre la base de su propia generosidad.

El Señor hace lo que quiere con lo que posee, y si se agrada en dar gratuitamente, no conforme a los méritos del que recibe, sino conforme a su gracia, ¿quién podrá acusarle? La justicia de Dios tiene una cuota de “injusticia” (según el criterio humano), sí, pero esta “injusticia” es tal, que no va nunca en desmedro del hombre, sino en su favor. Su balanza siempre se inclina a favor de nosotros.

El hombre actúa sobre la base de la ley del talión, ojo por ojo y diente por diente; o bien exigiendo mucho y dando poco. El hombre siempre espera ser objeto de misericordia, pero trata a los demás sin misericordia. El corazón del hombre es un corazón de ley, mas el corazón de Dios es un corazón de gracia.

Así pues, lo primero que la gracia de Dios nos permite conocer es el carácter precioso del Dios de toda gracia, su corazón (cómo siente), sus pensamientos (cómo piensa) y sus caminos (cómo actúa).

2ª Parte

LOS BALBUCEOS DE LA GRACIA (EL PODER Y LA GRACIA DE DIOS EN LA CREACIÓN)

Uno

LA GRANDEZA DEL DIOS DE GRACIA

“En Dios hay una majestad terrible”

(Job 37:22 b)

Dios tiene todo el derecho de mostrarse fuerte y temible, porque es todopoderoso. Él desplegó su poder en la creación y lo sigue desplegando en el cuidado de todas las cosas. Pero Él se complace más bien en la misericordia, en otorgar sus favores y en amar, que en mostrar su poder.

La grandeza del poder y de la majestad de Dios no tienen límites. A nosotros nos hace bien recordar que Dios está en el cielo y que nosotros estamos sobre la tierra, para que sean pocas nuestras palabras, y para que ellas tengan sabiduría (Ecl.5:2; Job 38:2). Y nos hace bien, para apreciar mejor la gracia y la misericordia de Dios, saber en qué consiste la grandeza de su poder. Entonces valoraremos que Él se incline a mirar sobre la tierra y que encuentre contentamiento en los hijos de los hombres.

Dios es grande; ¿quién puede seguir la huella de sus años? Con Dios está la sabiduría y el poder, suyo es el consejo y la inteligencia. ¿Quién le dio a él primero, para que le sea restituido? ¿A quién le pidió consejo para hacer todas las cosas? ¿Quién estuvo en su secreto o quién le enseñó sabiduría? Su perfección es más alta que los cielos, es más profunda que el más profundo abismo, es más extensa que la tierra y más ancha que el mar.

En el principio Dios dijo, y con sólo su decir fundó la tierra, y también los cielos, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. ¿Cómo habrá tronado su voz majestuosa, como estruendo de muchas aguas? Si el sonido de la tormenta, el rugir del trueno y el estrépito de las cascadas nos sobrecogen, ¿cuánto más habrá sido su voz magnífica en aquellos días de la creación?

La tierra cuelga en el vacío. ¿Qué hombre estaba ahí en ese instante sublime para que le dijese cómo debía fundarla, cómo ordenar sus medidas y cómo establecer su piedra angular? Isaías dice –metafóricamente– que Dios midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, que con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes y collados con balanza. El hombre no estaba ahí, pero Dios lo hizo todo; y los seres creados se regocijaron el día aquél.

Entonces, separó la luz de las tinieblas, y las tinieblas huyeron delante de la luz. “¿Por dónde va el camino de la habitación de la luz, y dónde está el lugar de las tinieblas?”, le dice Dios a Job en una pregunta que queda sin respuesta (38:19).

Luego, las aguas fueron divididas, para que apareciera la expansión del cielo. ¡Qué grandes y altos son los cielos! Sin embargo, ellos dejarán de ser, serán mudados como un vestido viejo. Pero el Señor es siempre el mismo, sus años no acabarán. Cuando Él habla, tiemblan las columnas del cielo, y a su reprensión se espantan.

En los cielos, miríadas de estrellas que Él llama por su nombre, y que Él mismo adornó. Ahí están las Pléyades, el Orión y la Osa Mayor con sus hijos. ¡De verdad, los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia –sin voz y sin palabras– la obra de sus manos! ¿Cuáles son –si podemos saberlo– las ordenanzas que Él estableció sobre los cielos para el movimiento de los astros?

Luego separó Dios lo seco de las aguas que estaban bajo la expansión. Las aguas, de las cuales proviene y por las cuales subsiste la tierra, y lo seco. Pero, ¿dónde están las fuentes de las aguas? ¿Cómo hizo para encerrar con puertas el mar, para que no se derramara saliéndose de su seno? ¿Cómo hizo después para romper todas las fuentes del grande abismo, y abrir las cataratas de los cielos, cuando llovió cuarenta días y cuarenta noches en tiempos de Noé? ¿Y para luego volver a ponerle freno a las acrecentadas olas del mar?

Hizo la hierba verde, y el árbol de fruto con su semilla, para el mantenimiento de todo ser viviente. ¿No prepara y envía Él la lluvia para la tierra, y hace que los montes produzcan hierba? Así hace producir el heno para las bestias, y el grano para el sustento de las aves de los cielos. Luego, el trigo que sustenta la vida del hombre, y la vid, cuyo fruto alegra su corazón. Pero, ¿no hace llover él también sobre la tierra deshabitada, y sobre el desierto, donde no hay hombre, sólo para saciar la tierra desierta e inculta, y para hacer brotar la hierba verde y mostrar así su gracia en la soledad?

Entonces irrumpió el sol (“como esposo que sale de su tálamo”), y también la luna, para que señoreasen en el día y en la noche. Ambos obedecieron presurosos a la voz de su precepto, y detuvieron su curso en Gabaón y en Ajalón.

Las aguas se llenaron de seres que juguetearon. En los ríos, lagos y, sobre todo, en el grande y anchuroso mar, se mueven seres innumerables, pequeños y grandes. El alga microscópica y el gran pez que salvó al profeta; y, sobre todo, el terrible leviatán, rey sobre los soberbios, de cuya nariz sale humo, y de cuya boca salen lenguas de fuego.

Y también las aves de los cielos: el águila que pone en alto su nido, y el gavilán que extiende hacia el sur sus alas; la gaviota, el buitre, la lechuza; la golondrina, el gorrión y el cuervo. “¿Quién prepara –pregunta Dios a Job– al cuervo su alimento, cuando sus polluelos claman a Dios y andan errantes por falta de comida?” Los grandes y los pequeños son objeto de su atención: ¿No se venden –dijo el Señor– dos pajarillos por un cuarto, y cinco pajarillos por dos cuartos? ¿No va el quinto de regalo? Con todo, ni aún ese pajarillo está olvidado delante de Dios (Mt. 10:29; Lc. 12:6).

Cada día, Dios atiende, para darles su alimento, la voz de los leoncillos, cuando rugen tras la presa, y la de las cabras monteses cuando van a parir. Él conoce el tiempo cuando han de parir las ciervas, y cuántos son los meses de su preñez. Él hizo libre al asno montés que se burla de la multitud de la ciudad, y no oye las voces del arriero. Él hizo al búfalo indómito para que no aceptara la coyunda y el surco. El dio hermosas alas al pavo real, y plumas al avestruz. Dio al caballo la fuerza y vistió su cuello de crines ondulantes. “Todos ellos esperan en ti –dice el salmista–, para que les des su comida a su tiempo. Les das, recogen; abres tu mano, se sacian de bien. Escondes tu rostro, se turban; les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo. Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Salmo 104:27-30).

Sin embargo toda esta grandeza, esta magnificencia y este poder son sólo una pequeña muestra de lo que Dios es con su creación –porque Dios nunca se ha quedado sin testimonio–. ¿No reina Dios sobre su creación? Sí, pero “he aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus caminos; ¡y cuán leve (aún) es el susurro que hemos oído de él!” (Job 26:14).

La gracia de Dios con la creación

Por la rebelión de Satanás y por la caída del hombre, el propósito de Dios sufrió una interferencia. El pecado contaminó toda la rueda de la creación, por lo cual “toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Rom. 8:22). Esta esclavitud, sin embargo, es momentánea: “Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rom. 8:21), por cuanto fue reconciliada con Dios por la sangre de Cristo: “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:19-20). La obra expiatoria de Cristo no sólo abarcó a los hombres, sino a todas las cosas, es decir, a todo: “Pero vemos a Jesús ... coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (o, “por todo”; Heb. 2:9, traducción literal).

El propósito de Dios es “reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Ef. 1:10). Tal propósito se consumará, sin duda alguna; por eso, en la adoración celestial de Apocalipsis 4 y 5 encontramos a la creación completa reunida en torno al Padre y al Hijo, sumándose a la adoración de los cuatro seres vivientes, de los veinticuatro ancianos y de los ángeles: “Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria, y el poder, por los siglos de los siglos” (Ap. 5:13). ¡La salvación de Dios es completa y se consumará en todos y en todo! ¡Aleluya!

De modo que la creación sólo muestra el poder de Dios, pero la redención muestra lo que nunca pudo mostrar la mera creación: la gracia de Dios derramada abundantemente en Cristo Jesús, Señor nuestro. Y cuando se ha experimentado la gracia de Dios, hay alabanza para Él.

Dos

LA FLAQUEZA DEL HOMBRE EN SU DESGRACIA

“¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”

En el día de la prueba, Job discurre de esta manera acerca del hombre: “El hombre nacido de mujer, corto de días, y hastiado de sinsabores, sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece ...” Luego, lo compara con el árbol, y ve, aun en esa comparación, sólo desventajas: “Porque si el árbol fuere cortado, aún queda de él esperanza; retoñará aún, y sus renuevos no faltarán ... Mas el hombre no morirá, y será cortado; perecerá el hombre, ¿y dónde estará él? Como las aguas se van al mar, y el río se agota y se seca, así el hombre yace y no vuelve a levantarse” (Job 14:1-10).

David, en un tono menos amargo, dice: “He aquí, mi edad es como nada delante de ti; ciertamente es completa vanidad el hombre que vive. Ciertamente como una sombra es el hombre; ciertamente en vano se afana ...” (Sal. 39:5-6). Y en otro lugar dice: “Por cierto vanidad son los hijos de los hombres, mentira los hijos de varón; pesándolos a todos igualmente en la balanza, serán menos que nada” (Sal. 62:9). Y agrega: “El hombre es semejante a la vanidad; sus días son como la sombra que pasa” (Sal. 144:4). Jeremías, en tanto, dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (17:9), y: “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová” (17:5).

Santiago, por su parte, discurre así acerca de la vida: “Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (4:14). Isaías clama tocante a esto mismo: “¿Qué tengo que decir a voces? Que toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. La hierba se seca, y la flor se marchita ...” (Is. 40:6-7).

Sin embargo, el hombre, siendo tan frágil y tan vil, recibe la atención de Dios: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” –se pregunta David (Sal. 8:4). Y Job mismo dice: “¿Qué es el hombre, para que lo engrandezcas, y para que pongas sobre él tu corazón, y lo visites todas las mañanas...?” (Job 7:17-18).

Pero es el Señor mismo quien más nos sorprende, cuando dice en Proverbios 8:31: “Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres.” ¿Cómo así? –nos preguntamos.

Hebreos nos ayuda a entenderlo. Hebreos dice que el Señor Jesús tiene muchísima mayor gloria que los ángeles (Heb. 1:4), pero que, por causa del hombre, y para salvarlo, se hizo hombre, es decir, “un poco menor que los ángeles”. Bajó de su alto sitial de gloria para hacerse igual a nosotros. La pequeñez del hombre no fue obstáculo; antes bien, junto con ello, dice la Escritura que “no sujetó a los ángeles el mundo venidero” (2:5). Y añade: “Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham” (2:16), es decir, a los hombres de fe.

Luego, una vez consumada su obra, dice: “En medio de la iglesia cantaré tu alabanza” (VM), y “He aquí, yo y los hijos que Dios me dio” (Heb. 2:12b,13). Es decir, Jesús, como hombre, en medio de sus hermanos, alabando al Padre. ¡Oh, don maravilloso!

De manera que, sin negar la fragilidad del hombre, vemos que Dios le ha hecho la criatura más bienaventurada, porque – para asombro de los ángeles y de todos los seres creados– el Hijo de Dios vino a la tierra y se anonadó a sí mismo tomando forma de hombre. Relegó su gloria inmarcesible en lo profundo de su cuerpo de carne y fijó su tabernáculo entre nosotros (Fil. 2:6-8; Jn. 1:14). Luego, al consumar la redención, subió a los cielos como Hijo del Hombre.

Los mismos ángeles, siendo “llamas de fuego”, “poderosos en fortaleza”, han venido a ocupar una posición de servicio, porque son “espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Heb. 1:14). Ellos –los ángeles– “anhelan mirar” en las cosas que a nosotros nos son reveladas por el Espíritu Santo (1ª Ped. 1:12b). ¡Aleluya al Dios nuestro, que miró nuestra bajeza, se acordó de que somos polvo, y puso eternidad en nosotros!

Los tratos sobre la base de la gracia

El punto central en los tratos de Dios con el hombre es la gracia. El hombre, según la elección de Dios, fue creado, predestinado, y bendecido en los lugares celestiales para la alabanza de la gloria de su gracia (Ef. 1:3-6), antes de los tiempos de los siglos (2ª Tim. 1:9). Luego –ya en el tiempo– una de las mayores expresiones de las riquezas de su gracia es la redención por la sangre de Jesús, por la cual tenemos perdón de pecados (Ef. 1:7), que es la base de la salvación de Dios.

Por encima aun de la creación de todas las cosas, la resurrección de Cristo es la manifestación más grande del poder de Dios, y nuestra resurrección juntamente con Cristo es, tal vez, la más clara demostración de la gracia de Dios para con nosotros. Y no sólo lo es nuestra resurrección, sino también nuestra entronización en los lugares celestiales con Cristo (Ef. 2:6). Entonces, tenemos que, por la gracia de Dios, hemos pasado de una posición de condenación, a la posición más opuesta: la de exaltación a la diestra de Dios.

En los días del Señor no se vio esta gracia, ni el fruto de ella, como ha sido vista en estos siglos, “los siglos venideros” de que hablaba el apóstol. ¡Cuántos pecados perdonados, cuántas vidas transformadas, cuántas lágrimas enjugadas, cuánta paz en corazones afligidos, cuánta consolación en medio de las pruebas! Y esto es más notorio aún si consideramos que la única condición que legítimamente le corresponde al hombre luego de su caída, es la muerte. Lo único que al hombre le corresponde por su defección es el infierno.

En efecto, el hombre fue creado perfecto, con libre albedrío, con una capacidad intelectual óptima, capaz de discriminar, de entender y de obedecer. El tuvo la dicha de conocer a su Creador, y de hablar con él como un hombre habla con su compañero. Pero, cuando llegó el momento que su obediencia fuera probada, él desconoció las instrucciones de Dios y dio oídos a una voz extraña. Entonces, habiendo obedecido la voz de Satanás, pecó. El hombre sólo merece la muerte. (Rom. 5:12; 6:23).

Las dificultades de Dios en el trato con el hombre

Así estábamos nosotros cuando Dios nos encontró. Y estando el hombre en esa condición, Dios ha reiniciado una forma de trato muy peculiar con él.

En estos tratos, Dios ha hallado grandes dificultades, porque siempre el hombre ha arruinado lo que Dios ha puesto bajo su responsabilidad. El hombre se ha mostrado desde el principio, como un ser torpe, débil, e incapaz de agradar a Dios.

La historia de la fe es una historia de la gracia de Dios; esto es, de los tratos de un Dios grande con un hombre pequeño, de un Dios fuerte con un hombre débil, de un Dios noble con un hombre vil. Primero, Dios tuvo que crear al hombre para poder tratar con él. Después, tuvo que sacarlo de la muerte. Sin embargo, por eso mismo, desde entonces y hasta ahora, han estado brillando las abundantes riquezas de su gracia.

Pero hay más. En los tratos presentes de Dios con el hombre ha surgido otra dificultad. Para poder ocupar al hombre, Dios tuvo que sacarlo de la muerte; sin embargo, no todo el ser del hombre ha sido vivificado aún. Sólo lo ha sido su espíritu, pero no su alma ni su cuerpo, de modo que dos terceras partes del hombre siguen todavía perteneciendo al régimen de la antigua creación. Esta es una nueva dificultad para Dios.

Dios ha introducido su vida en la parte más íntima del hombre, para que desde ahí se propague hacia el exterior, a fin de que el hombre que quiera colaborar con Dios eche mano a esa fuente de recursos celestiales. Pero el hombre es tardo para ver esto, y aún quiere hacer la obra de Dios con la vida del alma. Lo único que en el cristiano es herencia de Dios es su espíritu; lo demás, es herencia de Adán. ¿Cómo podría el Dios de la vida, ocupar nuestra muerte para hacer su obra?

Si después de todas estas dificultades, Dios ha logrado sacar algún provecho del hombre; y si después de todas estas limitaciones, el hombre ha podido hacer algo para Dios, la única explicación posible es la gracia de Dios, porque “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lc. 18:27; 1:37).

3ª Parte

LOS DESTELLOS DE LA GRACIA (LA GRACIA DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO)

Uno

LA GRACIA DE DIOS ANTES DE LA LEY

Hebreos 11 nos muestra los hombres y mujeres de fe, con sus hechos de fe. Hebreos 11 destaca a las personas que creyeron, y que fueron justificadas por su fe.

Sin embargo, quisiéramos, en los párrafos que siguen, destacar al Dios que sostuvo a esos hombres y mujeres de fe. Quisiéramos hacer notoria la fidelidad del Dios que los sobrellevó, y su gracia que se derramó abundantemente sobre ellos. En la fe y en los hechos de fe el protagonista todavía es el hombre (bien que la fe es un don de Dios); sin embargo, en la gracia el protagonista es Dios y sólo Dios.

Estos mismos hombres y mujeres, que en Hebreos 11 aparecen destacados por su fe, fueron hombres y mujeres comunes, sujetos a las mismas debilidades y pasiones que nosotros (Stgo. 5:17). Ellos también le fallaron a Dios, fueron infieles y no siempre supieron interpretar correctamente la voluntad de Dios. Sin embargo, a hombres y mujeres de tan vil condición Dios usó, y a ese tipo de personas Dios sigue usando.

Adán. La primera demostración de la gracia de Dios para con Adán es haber traído a la existencia a un ser inexistente. Luego una segunda gracia fue hacerlo a imagen y semejanza de Dios mismo, la cual es Jesucristo.

¿Qué criatura tiene esta bienaventuranza? No la tiene ninguno de los seres vivientes del Apocalipsis, ni los ángeles, ni los arcángeles ni los serafines, ni ninguno de la multitud de seres creados por Dios, sino Adán, el hombre.

Luego, su posición en la creación de Dios. No fue puesto por cola, sino por cabeza. Vedlo allí señoreando sobre todo. Sobre la creación física (“peces”, “aves”, “bestias”, “en toda la tierra”); y aún sobre la creación espiritual (“en todo animal que se arrastra sobre la tierra”, Gén. 1:26) ¡Qué magnífica posición! ¡Pequeño ante el vasto universo, pero señor sobre la tierra!

Pero él desobedeció sin excusa, y con él arrastró a toda la humanidad. Su facilidad para ser engañado por su mujer, su reacción cobarde, su defensa innoble, reflejan perfectamente la bajeza humana. Y cuando quiso cubrirse con un delantal inútil, Dios cubrió su desnudez con túnicas de pieles –el primer tipo del sacrificio de Cristo– , y le sacó del huerto para que no viviera eternamente en esa condición (Gén. 3:22).

El fin de Adán es un fin de muerte: expulsado del huerto, no tuvo la dicha de experimentar el poder vivificador de la fe. Esta es la condición de toda la raza humana. Todavía no se levanta de la postración de la muerte, aunque Dios, en su gracia, ya ha provisto la solución.

Abel. La corta vida de Abel marca el inicio de la recuperación efectuada por Dios luego de la muerte espiritual de Adán, su padre. A Abel se le concedió el privilegio de iniciar la lista de la fe.

“Por la fe Abel” (Heb. 11:4a). La fe se apropia de la gracia, y transforma, por el poder de Dios, la antigua naturaleza en una nueva. De modo que, tal como Adán fue sacado de la tierra, Abel fue sacado por la fe, de la muerte, y, tal como él, todos los que son de fe.

La fe de Abel no fue una fe ambigua, porque descansó en la ofrenda que Él presentó delante de Dios. Adán fue favorecido con el sacrificio de Dios en cuanto a su desnudez, pero no fue acompañado de fe por parte de Adán. Nada se dice de Adán en cuanto a la fe. Pero Abel alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas.

Adán tuvo un breve periplo desde el polvo hasta la muerte. Abel, en cambio, por la gracia de Dios y el poder de la fe, fue declarado justo por sus ofrendas.

Enoc. ¿Cuál fue la gracia dada a Enoc? ¿No fue su arrebatamiento, luego de haber caminado con Dios y de haber agradado a Dios? Enoc vivió sólo 365 años, en una época en que el promedio de vida era de 912 años, pero fue declarado justo por la fe, y por esa fe, vive hoy una vida mejor.

En sus días, ya la maldad había cobrado fuerza. La civilización iniciada con Caín hostilizaba a los hijos de Dios. Pero Enoc fue arrebatado para Dios, tipo precioso de los santos arrebatados para la Segunda Venida de Cristo, y manifestado más de cinco mil años antes de su realización.

¿Cuál es la generación de los bienaventurados? Los que caminan con Dios (no sólo los que han visto a Dios, como Adán), los que caminan y le agradan, y han recibido testimonio de haber agradado a Dios.

Noé. De Noé dice la Escritura que “era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé” (Gén. 6:9). Y agrega que su “fe condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe” (Heb. 11:7).

Sin embargo, en el pasaje de Génesis 9:18-27 vemos a Noé en su debilidad. Después del diluvio, comenzó a labrar la tierra, plantó una viña, bebió del vino, y se embriagó. Luego de embriagarse, quedó tendido en su tienda, desnudo, expuesto a la mirada de sus hijos. Luego de despertar y conocer los detalles del bochornoso episodio, maldice a su hijo menor por su pecado, poniendo sobre él un estigma que se arrastraría por generaciones. No obstante, dice de él la Escritura que fue “pregonero de justicia” (2ª Ped. 2:5), y que por su fe fue declarado justo. ¿Hay mérito en él? No, porque sabemos que la fe es un don de Dios (Ef. 2:8).

Abraham. De Abraham se dicen las cosas más elogiosas en la Escritura. “Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia”, es decir, fue hecho justo por la sola fe, y vino a ser padre de todos los creyentes (Rom. 4:16; Gál. 3:7). Es declarado tres veces en la Escritura “amigo de Dios” (2 Cr. 20:7; Is. 41:8; Stgo. 2:23). De él descienden reyes y naciones, sin embargo, ¿qué mérito había en Abraham?

Su familia procedía del “otro lado del río”, donde servían a dioses extraños (Jos. 24:2). Dios le dice a Abraham que salga de su tierra y de su parentela (Hch. 7:3), pero no obedece del todo. Sale de su tierra, pero no de su parentela, porque se la llevó consigo (Gén. 11:31), y llegaron sólo hasta Harán, no hasta Canaán, su destino. ¿Qué pasó? Algo andaba mal, y Dios no les dejó continuar. No hubiera hablado bien un Abraham recorriendo la tierra prometida bajo la tutela de su padre. ¿No era acaso un hombre de fe, como para ir bajo el cuidado de otro?

Hasta Harán, el jefe de familia no era Abraham, sino Taré, su padre. Y Dios hubo de esperar hasta la muerte de Taré para poder continuar sus tratos con él. Por eso el capítulo 12 comienza con una velada reprensión: “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.” No era ahora en Harán que Dios le estaba diciendo esto: se lo había dicho antes de salir de Ur.

Hebreos 11 no consigna estos tropiezos, sino que simplemente dice: “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba” (v.8). Es que la gracia de Dios nos cubre, y nos hace aparecer intachables. Sin embargo, a nosotros nos conviene dejar bien establecido en nuestro propio corazón qué clase de persona somos, y de dónde nos sacó el Señor, para que nunca nos ensoberbezcamos, ni pensemos que es por nuestra justicia que Él nos amó y nos escogió.

Luego, Abraham bajó a Egipto “porque era grande el hambre en la tierra”. Allí ocurre un bochornoso incidente, en el cual está involucrada Sara, su esposa. Al ver los egipcios que Sara era una mujer hermosa, la llevaron a casa de Faraón, quien dio dones a Abraham. Luego, a causa del pecado de Faraón, el Señor le hirió con grandes plagas, por causa de Sarai mujer de Abraham. “Entonces Faraón llamó a Abram, y le dijo: ¿Qué es esto que has hecho conmigo? ¿Por qué no me declaraste que era tu mujer? ¿Por qué dijiste: Es mi hermana, poniéndome en ocasión de tomarla para mí por mujer?... “.

Este pasaje es triste en la vida de Abraham, y en la versión Reina-Valera 1960 resulta oscuro. ¿Qué significa de verdad el dicho de Faraón: “¿... Poniéndome en ocasión de tomarla para mí por mujer”? La Versión Moderna dice: “De manera que la tomé por mujer.” (íd. la Biblia de Jerusalén).

Más adelante, se repite casi exactamente esta historia. Abraham va a Gerar, y Abimelec, rey de Gerar envió y tomó a Sara. Sin embargo, esta vez interviene Dios para advertirle a Abimelec que no la toque (Gén. 20:3-7). Abraham expone de nuevo a Sara, la induce a mentir, y si se libró, fue simplemente por la gracia de Dios, quien no le permitió a Abimelec tocarla.

En otros episodios, el carácter de Abraham muestra rasgos de gran nobleza; pero aquí le vemos muy por debajo de Abimelec. Como en la vez anterior, Abraham sale del incidente reprendido por el rey, pero también enriquecido con los dones recibidos.

Así que, no es por sus méritos que Abraham llega a ser el padre de la fe. Abraham tenía muchas debilidades –igual que nosotros–, y justamente por eso, pudo brillar en él espléndidamente la gracia de Dios. La personalidad de Abraham es una muestra más de la realidad de todo creyente: la fragilidad del vaso, y la preciosidad del tesoro que lleva adentro.

Isaac. Isaac es hijo de Abraham, el hijo de la promesa. Como tal, él disfrutó de la herencia, porque en su linaje serían benditas todas las familias de la tierra. Fue un hijo ejemplar, pero no hizo nada sobresaliente. Él se dedicó, simplemente, a seguir la huella dejada por su padre (Gén. 18:19). No abrió sus propios pozos, sino que reabrió los que había hecho su padre (26:18). Pero, siendo el hijo de la promesa, heredó todo de su padre (25:5).

Como su padre, vivió en Gerar, y mintió igual que aquél, y su mujer estuvo a punto de ser mancillada por los hombres del lugar (Gén.26:10). También fue reprendido por el rey Abimelec. Sin embargo, ese mismo año, tuvo una abundante cosecha –ciento por uno– , “y le bendijo Jehová.”

Hebreos 11 es escueto respecto de él: “Por la fe bendijo Isaac a Jacob y a Esaú respecto a cosas venideras” (v.20). ¿Cómo fue su bendición? No fue exenta de dificultades.

Cuando nacieron sus hijos, Dios había dicho: “El mayor servirá al menor”; sin embargo, llegado el momento de la bendición por la primogenitura, él lo olvidó completamente, y quiso bendecir a Esaú. Sólo la treta de Rebeca, que estaba dispuesta a hacer prevalecer el oráculo de Dios, evitó que Isaac lograra su propósito. Su imagen de anciano forzado por su mujer y por su hijo menor, a entregar un bien que Dios ya había señalado, no es la imagen de un hombre espiritual.

Sin embargo, su figura de hijo que hereda todo del Padre es un tipo precioso de Cristo, y también de cada creyente, como coheredero con Cristo de toda la riqueza de Dios. Por eso, Dios se da a conocer a Moisés más tarde no sólo como el Dios de Abraham, sino también como el Dios de Isaac.

Jacob. En Jacob contrasta notablemente, aún más que en Abraham e Isaac, la grandeza del llamamiento de Dios y la vileza del vaso. Su nombre mismo, que significa “suplantador”, recibido el día de su nacimiento, habla por sí solo.

Dios decidió la elección de Jacob en lugar de Esaú cuando “no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal ...” (Rom. 9:11a). “¿No era Esaú hermano de Jacob? Dice Jehová. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí” (Mal. 1:2-3). Este amor le fue confirmado cuando era muchacho (Os. 11:1), y Dios declara no avergonzarse de llamarse Dios de Jacob (2 S. 23:1; Sal. 20:1).

Luego, la astucia y el oportunismo para robarle a su hermano la primogenitura (Gén. 25:27-34), la actuación engañosa ante su padre para obtener su bendición (Gén. 27), su huida intempestiva de su casa por causa de su hermano, sus condiciones para aceptar que Dios fuera su Dios (Gén. 28), sus largos y tortuosos tratos con Labán su pariente (Gén. 30-31), su astucia, de nuevo, para preparar el corazón de su hermano Esaú en el reencuentro (Gén. 32), su incapacidad de ejercer autoridad sobre sus hijos violentos (Gén. 34), las discordias que provocaba con su marcado favoritismo por dos de sus hijos (Gén. 37:3; 42:4), sus palabras pesimistas y quejosas ante el Faraón de Egipto, siendo –como era– un escogido de Dios (Gén. 47:9), todo ello muestra claramente la debilidad de un carácter demasiado humano para tan alta vocación.

De él tampoco dice mucho Hebreos 11: “Por la fe Jacob, al morir, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró apoyado sobre el extremo de su bordón” (v.21). Su postrer momento es todo lo que menciona como ejemplo de fe. ¿Cuál fue?

El episodio ocurrió en Egipto. Jacob está rodeado de José y de sus nietos Efraín y Manasés. Él está enfermo, con dificultad se sienta sobre su cama, sus ojos apenas pueden ver. Entonces pide a José que esos dos hijos le sean concedidos, porque Raquel, su mujer preferida, había muerto tempranamente y no le había dado más hijos. Y entonces bendice a esos hijos como si fueran suyos, el menor sobre el mayor, igual que en aquella lejana escena junto al lecho de su padre. Esto es todo.

Jacob vivió 147 años, pero en Hebreos se menciona sólo esta escena final. Ni siquiera se menciona la bendición de sus propios hijos, que ocurre poco después. Sin embargo, ¡cuán amado por Dios fue Jacob! Dios no es llamado sólo el Dios de Abraham y de Isaac, ¡es también el Dios de Jacob!

Hoy el pueblo que salió de sus entrañas lleva su nombre. Israel es el nombre de uno que lucha y que vence, porque Dios es Dios de gracia, y levanta al vil, y se sirve del duro y rebelde para manifestar su paciencia y su infinita bondad.

José. ¿Qué diremos de José, el amado de su padre y de Dios? La providencia de Dios atendía por medio de José al propósito con Israel. El salmista dice de él: “Afligieron sus pies con grillos; en cárcel fue puesta su persona. Hasta la hora que se cumplió su palabra, el dicho de Jehová le probó. Envió el rey, y le soltó; el señor de los pueblos, y le dejó ir libre. Lo puso por señor de su casa, y por gobernador de todas sus posesiones, para que reprimiera a sus grandes como él quisiese, y a sus ancianos enseñara sabiduría” (Sal. 105:17-22; ver Gén. 39:21).

Faraón le dijo a José: “Sin ti ninguno alzará su mano ni su pie en toda la tierra de Egipto” (Gén. 41:44). Ved un hebreo, recién salido de la cárcel, puesto en eminencia ¿no es asombroso? Bien dijo Faraón: “¿Acaso hallaremos a otro hombre como éste, en quien esté el espíritu de Dios?” (Gén. 41:38). No se fija el Faraón en su apostura, ni en su inteligencia, sino en la gracia que se le había concedido: el Espíritu de Dios. Luego, ved a José, ataviado con la pompa real, sobre el carro del rey y con solemne pregón delante de él: “¡Doblad la rodilla!”, como si fuese una deidad.

Pero el siervo que ha sido objeto de la misericordia, es también misericordioso. Al darse a conocer a sus hermanos, les dice: “Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros” (Gén. 45:5). ¿Y los ricos dones enviados a su padre, y los carros para llevarlo a Egipto? Y sus cuidados postreros, ¿no son expresión de la misericordia de Dios manifestada a causa de su aflicción?

Luego de muerto su padre, los hermanos temen un desquite; pero José les dice: “No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón” (Gén. 50:19-21). La ternura de su carácter, la limpieza de su proceder, ¿no son admirables? Este no es el carácter de un esclavo, ni tampoco el de un hijo de Jacob.

La figura de José es todo un paralelo tipológico de la vida y el carácter del Señor Jesucristo. Es la más completa alegoría de Cristo en todo el Antiguo Testamento. ¿No es una gracia grande haber anticipado el aborrecimiento de que fue objeto por sus hermanos, sus tentaciones sin pecado, sus sufrimientos en manos de la injusticia, su humillación y su gloria (futura) ante todas las naciones? Gracia incomparable para un hombre nacido de mujer.

Moisés. Moisés, siendo niño, fue rescatado de la muerte. Muchos otros niños murieron, pero él “fue agradable a Dios” (o “hermoso para Dios”, Hch. 7:20), y fue salvado de las aguas. Su propia madre lo crió, como nodriza de la hija de Faraón, y le inculcó el amor por su Dios y por su pueblo. ¡Qué dicha la de Amram y Jocabed! ¡Su hijo, despreciado por el Faraón, criado en su mismo palacio, y en brazos de la hija del rey!

Una vez hecho hombre, Moisés pensaba que su formación egipcia y su rango social le daban el derecho de erigirse como libertador de su pueblo. En vez de ello, se convierte en homicida, y debe huir a Madián. Moisés ha fracasado. Cuarenta años –es decir, un tercio de su vida– necesitará para perder toda confianza en sí mismo, y poder servir a Dios en el espíritu. Pero Dios no se olvidó de él. Cuando todos le habían olvidado (porque ni los israelitas, ni el Faraón le reconocieron en su regreso), Dios no le olvidó.

El encuentro de Moisés con Dios en la zarza ardiente es revelador del resultado de los tratos de Dios con este hombre. Dios escogió una zarza –el más vil de los arbustos– para manifestarse a Moisés, porque Él desciende hasta el hombre, al pecador y al asesino. Entonces Moisés presenta cinco objeciones al llamamiento de Dios, pero Dios insiste. Él le quería ocupar precisamente porque se sabía inútil (Éx. 3,4). A partir de esta visión –de la grandeza de Dios y de su propia pequeñez–, Moisés estará en condiciones de conducir al pueblo de Dios, y de ver que los portentos en el desierto no eran del hombre ni por causa del hombre, sino de Dios y por causa de Dios.

Dos

LA MISERICORDIA DE DIOS DURANTE LA LEY

Para que la gracia de Dios pueda manifestarse ha de estar presente la fe. Y como la ley no es de fe, la gracia es anulada . La carrera de Israel bajo la ley es una carrera de fracasos, en la cual, sin embargo, no estuvo ausente la misericordia. La misericordia se expresa en el socorro de Dios para su pueblo afligido. Sus actos de misericordia son innumerables. A veces brillan muy alto, como en los días de Moisés, de Josué, de David, Salomón, Josafat y Josías. Veamos algunas muestras de su misericordia.

En el desierto. A poco andar de la salida de Egipto, Israel comienza a darle problemas a Dios: ellos echan de menos la comida egipcia y quieren volver. Luego, reclaman por el agua, y se atemorizan por el informe de los espías. Ellos se rebelan. Dios les recuerda que ya le han tentado diez veces y no han oído su voz. Dios decide dejar esa generación en el desierto, y ser glorificado en los pequeños. “Generación contumaz y rebelde; generación que no dispuso su corazón, ni fue fiel para con Dios su espíritu”, dirá Asaf años después. Cuando toda la congregación se rebela, y Dios, en justicia, decide exterminarlos, Él mismo se suscita un intercesor –Moisés– quien interpreta el deseo de su corazón y ordena a Aarón que corra con el incensario a favor del pueblo. (Núm. 16:46).

No obstante, después de esto, la rebelión sigue su curso, y Dios envía serpientes ardientes que causan mortandad entre el pueblo. Pero, ¿quién lo podría creer? El mismo que, en un momento de ira las envía como justo castigo por la rebelión, envía en seguida el remedio. Y se levanta, por orden suya, la serpiente de metal –tipo precioso del Hijo de Dios– que es el feliz remedio para la mordedura de las serpientes. (Núm. 21: 4-9; Jn. 3:14).

Es una larga historia de fracasos y rebeldías, pero también de la gracia y de la paciencia de Dios, porque nunca cesó de defenderlos, sino que “extendió una nube por cubierta, y fuego para alumbrar la noche” (Sal. 105:39). Nunca se envejeció su vestido ni sus pies se hincharon por el largo camino. Ellos “hablaron contra Dios diciendo: ¿Podrá poner mesa en el desierto?” (Sal. 78:19b). “Pidieron, e hizo venir codornices; y los sació de pan del cielo. Abrió la peña, y fluyeron aguas; corrieron por los sequedales como un río” (Sal. 105:40-41).

¿Y no es emocionante aquella escena en Beer? El pueblo se reúne. Mientras Moisés y los príncipes dan golpes en la tierra con sus báculos, ellos cantan: “Sube, oh pozo” (Núm. 21:17-18). Entonces comienza a manar por entre la arena y las piedras el agua de vida, ante el regocijo de todos.

No importaba cuán fiera era la rebelión, ni cuán injusta la murmuración contra Dios o contra Moisés su siervo, Dios proveía su cuidado, porque eran su pueblo.

Balaam. El pueblo de Israel se acerca a la tierra prometida. Ya están en tierras de Moab. A la sazón, Balac era rey de Moab. Angustiado Balac por el peligro que significaba la presencia de israelitas, manda a buscar a Balaam con dádivas de adivinación, para que los maldijera.

Balaam se resiste, pero Balac insiste. Autorizado por Dios (Dios le autoriza, pero contrariado, porque conocía que su camino era perverso), Balaam acude, e inspirado por el Señor, dice de Israel a Balac y sus príncipes: “¿Por qué maldeciré yo al que Dios no maldijo? ¿Y por qué he de execrar al que Jehová no ha execrado? ... he aquí un pueblo que habitará confiado ...”. Balaam no puede maldecir a quien Dios no ha maldecido; en cambio, declara la elección de Israel, su separación para Dios, y su rectitud.

Por segunda vez, Balac insiste en la maldición y de nuevo Dios pone en la boca de Balaam palabras de bendición: “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta ... No ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel. Jehová su Dios está con él ... Dios los ha sacado de Egipto; tiene fuerzas como de búfalo. Porque contra Jacob no hay agüero, ni adivinación contra Israel. Como ahora, será dicho de Jacob y de Israel: ¡Lo que ha hecho Dios! He aquí el pueblo que como león se levantará, y como león se erguirá ...”. La justicia de Dios cubre las faltas de su pueblo. Tal como Él ve a su Hijo, nos ve a nosotros, porque de Cristo estamos revestidos (Gál. 3:27). Cuando los hombres vieran a Israel dirían: ¡Esta es obra de Dios! Nadie pensará ni remotamente que el mérito es de ellos, porque habrán visto su indignidad, y la salvación de Dios para con ellos.

La tercera vez, le dice Balac a Balaam: “Ya que no lo maldices, tampoco lo bendigas”. Sin embargo, Balaam dijo: “¡Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob, tus habitaciones, oh Israel! Como arroyos están extendidas, como huertos junto al río, como áloes plantados por Jehová, como cedros junto a las aguas ... Benditos los que te bendijeren, y malditos los que te maldijeren.” Dios se queda extasiado mirando las tiendas de su pueblo que acampa en el valle junto al Jordán. Anuncia su fecundidad y su poder. Y da a conocer su amor por ese pueblo, que es para Él “como la niña de su ojo” (Dt. 32:10).

La cuarta vez, Balaam profetiza nada menos que del Señor Jesucristo: “Lo veré más no ahora; ... saldrá ESTRELLA de Jacob, y se levantará cetro de Israel ...” (Núm. 24:17).

Las palabras de Balaam son de las más preciosas de toda la Escritura. Sus palabras encierran una visión que no es humana. El pueblo venía pecando, y seguiría después pecando, no obstante, las palabras de Balaam ignoran todo ello, y muestran la visión de un pueblo justo, santo, perfecto. Pero no sólo las palabras –en su contraste con lo que el pueblo demuestra ser en los hechos– muestran la gracia de Dios, sino también el hombre usado para emitirlas. Este es un profeta caído (24:16b), cuyo camino es perverso. Poco después de este episodio incitará a Israel a pecar en Baal–peor (Núm. 31:16); sin embargo, y por eso mismo tal vez, sus palabras permiten ver más claramente al Dios que las inspiró.

En tierras de Moab. Antes de cruzar el Jordán, Dios habla al pueblo por medio de Moisés, diciendo: “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra” (Dt. 7:6). Sin embargo, luego les dice: “Oye Israel: tú vas hoy a pasar el Jordán, para entrar a desposeer a naciones más numerosas y más poderosas que tú ... Entiende, pues, hoy, que es Jehová tu Dios el que pasa delante de ti como fuego consumidor, que los destruirá y humillará delante de ti ... No por tu justicia, ni por la rectitud de tu corazón entras a poseer la tierra de ellos, sino por la impiedad de estas naciones ... porque pueblo duro de cerviz eres tú” (9:1,3,5a-6b).

En este pasaje queda en claro que la elección de Israel no es por obras sino que es por gracia. No es por su justicia ni por su rectitud. Había razones en otros, pero no las había en Israel. En ellos no había méritos, sino sólo deméritos. Rebelde y de dura cerviz, lo único que habían hecho bien en el trayecto por el desierto era provocar a ira al Señor.

Moisés, en su cántico final, deja testimonio de ello al decir: “Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto. La corrupción no es suya; de sus hijos es la mancha, generación torcida y perversa. ¿Así pagáis a Jehová, pueblo loco e ignorante?.” Y más adelante agrega: “Porque son nación privada de consejos, y no hay en ellos entendimiento” (Dt. 32:4b-6;28). Sin embargo, era el pueblo de su elección. ¡Gloria a Dios por su elección, porque es buena, es sabia y porque permite que su gracia brille en abundancia!

La conquista. Ahora están frente a la tierra y comienza la conquista. ¿Cómo pasarán el Jordán? ¿Hay puentes, balsas, vados? Nada de eso. Los sacerdotes, con el arca sobre sus hombros, tocan el borde de las aguas, las cuales se detienen para que el pueblo pase en seco. Luego, la toma de Jericó. Rodean la ciudad por siete días, el séptimo siete veces y caen los muros. La lanza extendida de Josué provoca la caída de Hai. Luego la derrota de los cinco reyes, con las piedras que Jehová arrojó desde el cielo; el sol que se detiene en Gabaón y la luna en Ajalón. En total, treinta y un reyes cayeron delante de Josué e Israel. ¿Qué estrategias de guerra son estas?

Bien podrían cantar después los hijos de Coré: “Porque no se apoderaron de la tierra por su espada, ni su brazo los libró; sino tu diestra, y tu brazo, y la luz de tu rostro, porque te complaciste en ellos” (Sal. 44:3). Y Asaf decir: “Los trajo ... a las fronteras de su tierra santa, a este monte que ganó su mano derecha” (Sal. 78:54).

No obstante, de nuevo el pueblo desobedece. Se apropia rápidamente de sus heredades y, llevado por la comodidad, no concluye la conquista de la tierra. Muchos cananeos quedaron con vida, y comenzaron a convivir con ellos. Sus familias se mezclaron, sus costumbres se transmitieron y sus dioses adoraron. Tras la muerte de Josué viene el caos y la apostasía.

Comienza, entonces, el oscuro período de los jueces: que es, sin embargo, uno de los más brillantes, por la gracia de Dios que es desplegada.

Publicado el 15-09-2003 | 12:30 am



Los Jueces. Los jueces no son individuos sobresalientes. Ellos surgen como una reacción de Dios al clamor del pueblo agobiado. Ellos no son figuras descollantes que surjan en medio de la normalidad, sino que son figuras entresacadas de lo vil, con todo el sello del deterioro y la anormalidad.

Ahí tenemos, por ejemplo, a Samgar que mató a seiscientos hombres con una aguijada de bueyes; a Débora, una mujer; a Barac, un hombre falto de carácter; a Jefté, hijo de una ramera; a Sansón, de escasa moralidad y conducta pueril. Sus armas son risibles, como una aguijada de bueyes, trompetas, cántaros y antorchas, o la quijada de un asno. En medio de todo esto, la gracia de Dios se hace generosa para salvar a su pueblo apóstata e idólatra.

El caso de Gedeón. Mención especial merece Gedeón, cuya victoria sobre los madianitas es un modelo de las batallas espirituales. Dios utilizó a Gedeón para una gran victoria. Sin embargo, antes de ella, Dios se aseguró de que quedara claro que la victoria era suya y no de ellos. Por eso dijo a Gedeón: “El pueblo que está contigo es mucho para que yo entregue a los madianitas en su mano, no sea que se alabe Israel contra mí diciendo: Mi mano me ha salvado” (Juec.7:2).

Luego que fueron seleccionados sólo trescientos, Gedeón dispuso el orden de batalla: formó con sus hombres tres escuadrones, les dio trompetas en sus manos y cántaros vacíos con teas ardiendo dentro de ellos. Luego debían hacer sonar sus trompetas, quebrar los cántaros y tomar en la mano izquierda las teas ardiendo, y gritar: “¡Por la espada de Jehová y de Gedeón!”.

Las armas de Gedeón no eran aptas para la batalla que él daba. Esas eran armas representativas. La trompeta es la Palabra de Dios, anunciadora de victoria. Las teas ardiendo son los corazones encendidos por el Espíritu Santo. Y los cántaros que habían de romper es la carne, el yo, que debe ser quebrantado para que brille la tea ardiendo. Eran las armas del Espíritu, concedidas en gracia.

Entonces ellos vieron la salvación de Dios. “Y se mantuvieron firmes cada uno en su puesto en derredor del campamento; entonces todo el ejército (enemigo) echó a correr dando gritos y huyendo. Y los trescientos tocaban las trompetas; y Jehová puso la espada de cada uno contra su compañero en todo el campamento” (7:21-22). ¡Qué recurso más precioso es la gracia de Dios! ¡Qué invaluable don, qué regalo más alto nos ha sido dado! Brilla, majestuosa, en nuestra pequeñez y en nuestra indefensión.

Samuel. La historia de este hombre de Dios ha de partir, indefectiblemente, por su madre (y no precisamente por razones naturales). Lo primero que encontramos al abrir el libro de Samuel es la tribulación de Ana, sus lágrimas y las vejaciones de que era objeto por parte de su rival. Ana era una mujer “atribulada de espíritu” que derramaba su alma delante del Señor. Ella pide un hijo al Señor, para luego dedicárselo.

Al tiempo, lo recibió, y lo entregó al Señor. Y del Señor recibió –la estéril– cinco hijos. Bien podía ella decir después: “Él levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor” (1 Sam.2:8).

Dios, que se goza en vencer las imposibilidades del hombre, halló en esta mujer ocasión para expresar su gloria. Y luego, con este hombre, creó las condiciones para el establecimiento de un reino sempiterno.

En las postrimerías de Samuel, Israel, desobedeciendo a Dios, quiso tener rey, igual que las demás naciones. Dios les concedió lo que pidieron; pero cuando ellos debieron haber recibido, en retribución a su necedad y porfía, puros Saúles, he aquí que Dios, en su gracia, les dio también Davides.

Tres

LA MISERICORDIA DE DIOS BAJO LOS REYES

El período de los reyes muestra cómo operan los principios del gobierno de Dios con su pueblo, tal como aparecen en Éxodo 34:6-7: el primero, que el Señor es misericordioso y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; el segundo, que no tendrá por inocente al malvado; y el tercero, que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.

No obstante, en todo momento, vemos que la misericordia de Dios excede todas estas cosas, porque cuando se alza un grito de auxilio, aunque sea del más perverso de los reyes, Dios envía prontamente su socorro.

David y el proceder de Dios

¿No era David el menor de la casa de su padre, y menospreciado? Cuando fue Samuel a ungirle, él estaba solo en el campo, sufriendo el rigor del frío y el peligro de las fieras que amenazaban su rebaño. No era el favorito de su padre –como lo era José para su padre Jacob–; sin embargo, Dios “eligió a David su siervo, y lo tomó de las majadas de las ovejas; de tras las paridas lo trajo, para que apacentase a Jacob su pueblo” (Sal. 78:70-71).

Cuando él fue al frente de batalla, todos le menospreciaron, y su hermano mayor le reprendió. ¿Cómo pudo un muchacho delicado vencer con honda y piedra al gigante Goliat, a quien hizo exclamar: “¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos?” El mismo David lo explica en su arenga: “Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos ... él os entregará en nuestras manos” (1 S. 17:45,47b).

Luego, en sus largos años de prueba mientras huía de Saúl, ¿cuántas veces sintió que apenas había un paso entre él y la muerte? (1 S.20:3). Pero Dios le hizo rey, y un rey conforme a su corazón (1 S. 13:14;16:7). Más aún: Dios hace con David un pacto eterno, bajo juramento. Dios dijo: “Hallé a David mi siervo; lo ungí con mi santa unción ... Su descendencia será para siempre, y su trono como el sol delante de mí.” (Sal. 89:20,36). Estas palabras son asombrosas. ¡Dios comprometiéndose así con un hombre de carne! Al final de ese pacto y de esa descendencia ¡está el Señor Jesucristo y su trono sempiterno!

Cuando David se entera de esto, fue y se postró delante de Dios, diciendo: “Señor Jehová, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí? Y aun te ha parecido poco esto, Señor Jehová, pues también has hablado de la casa de tu siervo en lo por venir. ¿Es así como procede el hombre, Señor Jehová? ¿Y qué más puede añadir David hablando contigo?” (2 S. 7:18-20).

Lo que a David más le desconcierta es que el don de Dios guarde tan poca relación con el receptor. Entonces él pregunta: “¿Es así como procede el hombre, Señor Jehová? “ (o, “¿Es ese el modo de obrar del hombre, Señor Jehová?”, versión 1909). Naturalmente, el hombre no obra así.

Poco después vendría el triste episodio de Betsabé, la mujer de Urías. Urías era uno de los valientes de David (2 S. 23:39), que estaba por ese tiempo en la guerra. El procedimiento que siguió David para deshacerse de él y poder tomar su mujer muestra – a la par – la maldad de David y la rectitud de Urías. Sin embargo, es Dios quien escoge a quién Él quiere, y Él escogió a David.

David dice, después del vergonzoso episodio: “Tu benignidad me ha engrandecido” y “Él salva gloriosamente a su rey, y usa de misericordia para con su ungido” (2 S. 22:36b; 51a).

Casi al final de sus días, David incurre en una nueva falta, en lo relativo al censo, y cuando debió optar por un castigo en manos de Dios o en manos de los hombres, dijo: “En grande angustia estoy; caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas, mas no caiga yo en manos de hombres” (2 S. 24:14). Esto sólo lo podía decir uno que conocía de verdad a Dios.

¿Quién mejor que David podía decir: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad” (Sal. 32:1-2a), y “¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas” (Sal. 36:7-8).

El pacto de Dios para con David se cumplió generación tras generación, hasta el cautiverio. El largo y accidentado itinerario del reino tras su muerte deja constancia a cada paso de “las misericordias fieles a David”. Porque, por malvado que fuera el rey de turno, Dios le sostenía por amor a su siervo David: “Jehová no quiso destruir a Judá, por amor a David su siervo, porque había prometido darle lámpara a él y a sus hijos perpetuamente” (2 R. 8:19; ver tb. 1 R. 11:36; 15:4).

Salomón

La gracia de Dios se manifestó para Salomón desde muy temprano. Antes de que él naciera, Dios le dijo a David, su padre: “Tú has hecho grandes guerras; no edificarás casa a mi nombre ... He aquí te nacerá un hijo, el cual será varón de paz ... su nombre será Salomón.... El edificará casa a mi nombre, y él me será a mí por hijo, y yo le seré por padre ...” (1 Cr. 22:8-10).

Luego, cuando nace el hijo de Betsabé, Dios le hace saber a David que ese hijo es amado de Él, por lo cual David le llama “Jedidías”, y no Salomón. David no pensó en un comienzo que un hijo dado por la mujer del pecado, fuese el hijo del cual Dios le había hablado para bien. Finalmente, siendo así confirmado, le pone ese nombre y así Salomón fue el heredero del trono, pese a que no era el mayor (1 Cr. 28:4-5; 2 S. 5:14). Luego la Escritura dice de él en tono solemne: “Y se sentó Salomón por rey en el trono de Jehová en lugar de David su padre” (1 Cr. 29:23).

David profetiza, en el salmo 72, acerca de Salomón, y da la clave de su reinado pacífico: “Vivirá, y se le dará del oro de Sabá, se orará por él continuamente; todo el día se le bendecirá” (v.15). En la ceremonia de asunción, David le dice: “Mira, pues, ahora, que Jehová te ha elegido para que edifiques casa para el santuario; esfuérzate, y hazla” (2 C. 28:10; Hch. 7:47). Dios escogió a Salomón no sólo para que heredase el trono de David, sino también para que le edificara casa.

Su apostasía final no pudo borrar las misericordias de Dios para con él; porque fue usado por Dios para mostrar anticipadamente, en su matrimonio con la hija de Faraón, la inclusión de los gentiles en el reino de Cristo; para escribir la preciosa alegoría de Cristo y la iglesia en “El Cantar de los Cantares”; para mostrar figuradamente secretos de la eternidad del Padre y el Hijo, entre otras riquezas, en el libro de los Proverbios, y, sobre todo, para que expresase las glorias del reino de Jesucristo.

A la muerte de Salomón, el reino se dividió en manos de Roboam su hijo, quien conservó sólo las tribus de Judá y Benjamín. Jeroboam, por su parte, se queda con las diez tribus del norte, y establece su capital en Samaria.

El Reino dividido:

Israel

Así surge el reino de Israel, el que, sumido en la idolatría desde los días de Jeroboam, apura su triste fin en sus poco más de doscientos años. ¿Cuántos pecados se amontonaron en su desgraciada historia? En 2 Reyes 17:7-23 encontramos un compendio de esa historia, y las causas de su caída. El desglose de ellos es una larga retahíla de ofensas a Dios.

El primero de sus impíos reyes es quien introduce reformas en el culto, que tuvieron repercusiones desastrosas. Hace instalar dos becerros de oro, levanta sacerdotes que no eran de la tribu de Leví, e instituye fiestas solemnes en fechas inventadas de su propio corazón (1 R. 12:33; 13:33).

Después de él hubo 18 reyes en Israel. De 16 de ellos se dice que anduvieron en los pecados de Jeroboam. ¡Triste ejemplo el de Jeroboam, que introduce al pueblo en la senda de la apostasía! Si la misericordia de Dios dependiese de las obras, estos reyes hubieran sido destruidos prontamente. Pero, lo que asombra es ver cómo, pese a sus injusticias y espantosas idolatrías, Dios los socorre una y otra vez.

Nadab, Baasa, Ela, Zimri, Omri fueron los primeros reyes. Tristes nombres, que culminaron en el aún más triste de Acab, el peor de todos (1 R. 16:30-31;21:25). Tomó por mujer a Jezabel, hija del rey sidonio, y sirvió a Baal, construyéndole un templo en Samaria.

Cuando Acab fue atacado por Ben-adad, rey de Siria, Dios le envió un profeta para decirle: “Así ha dicho Jehová: ¿Has visto esta gran multitud? He aquí yo te la entregaré hoy en tu mano, para que conozcas que yo soy Jehová” (1 R. 20:13). Dios le dio victoria, pero le advirtió que dentro de un año el enemigo volvería. Transcurrido el plazo, el Señor le envía un profeta para decirle que los entregaría nuevamente en su mano. Sin embargo, Acab, en vez de atacarlos, hace alianza con el rey sirio. El Señor le manda a decir: “Así ha dicho Jehová: Por cuanto soltaste de la mano el hombre de mi anatema, tu vida será por la suya, y tu pueblo por el suyo” (1 R. 20:42). Acab tuvo la oportunidad de obedecer y disfrutar de las bendiciones de Dios, pero rehusó hacerlo.

Joacaz fue otro rey que hizo lo malo ante los ojos de Dios, por lo cual lo entregó bajo el dominio de Hazael, rey de Siria. “Mas Joacaz oró en presencia de Jehová, y Jehová lo oyó; porque miró la aflicción de Israel, pues el rey de Siria los afligía. Y dio Jehová salvador a Israel, y salieron del poder de los sirios; y habitaron los hijos de Israel en sus tiendas, como antes ...” (2 R. 13:4-6).

Joás tampoco se apartó de los pecados de Jeroboam. Sin embargo, cuando el profeta Eliseo estaba enfermo de muerte, él lo fue a visitar, y Eliseo le concedió tres victorias sobre los sirios. ¿Qué diremos de la paciente espera de Dios bajo los reinados de Jeroboam II, que llegó a tener una gran bonanza económica y poderío militar, de Zacarías, su hijo, y de todos los reyes restantes?

Sin embargo, es en este mismo oscuro período, que Dios envía, por medio del profeta Oseas, la más hermosa promesa dada al pueblo de Dios en tiempos de los reyes.

“Los amaré de pura gracia”

El mensaje de Oseas tiene dos tonos. Por un lado, anuncia la suerte definitiva de Israel, luego de su apostasía creciente e insalvable, declarando que Israel se llamará desde entonces “Lo-ammi” (“No pueblo mío”) , porque “vosotros –les dice Dios– no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios” (1:9). El régimen de la ley ha producido su fruto de muerte. El hombre, al ser hecho responsable delante de Dios, muestra su impotencia, y es desechado. Al ser puesto en una carrera en que debía avanzar por las obras, fracasa. El libro de Oseas es el postrer grito de angustia de Dios por una nación apóstata que ha fallado en sus intentos por agradarle.

Sin embargo, en el último capítulo vemos una salida al gran problema de Israel. No será una solución para esos días, sino para los nuestros hoy –como gentiles– y para los judíos, en un futuro próximo. El Señor, por medio de Oseas, llama al pueblo a volverse a Él, no con una promesa, sino con una confesión. Ellos deberán decir: “No nos librará el asirio; no montaremos en caballos, ni nunca más diremos a la obra de nuestras manos: Dioses nuestros; porque en ti el huérfano alcanzará misericordia” (14:3).

La solución que el pueblo había hallado en ocasiones anteriores luego de sus apostasías, era el compromiso y la promesa de cumplir la ley. (Aún en días de Nehemías, unos 300 años después, todavía habría de ocurrir eso, pues el pueblo, bajo firma habría de comprometerse en un vano pacto con Dios (9:38-10:1). Pero todas las veces había fracasado y fracasaría aún.

Más adelante ellos verán, en un tiempo todavía futuro, el camino correcto. La verdad entonces será manifestada, dejando al descubierto su real condición. Llegarán a ver que no pueden cumplir la ley, ni agradar a Dios de esta forma, que se equivocaron cuando echaron mano del asirio, cuando se proveyeron de los mejores caballos de Egipto, y cuando recurrieron a las obras de sus manos. Entonces estarán desvalidos como un huérfano, y, en esa condición, vendrán a Él para hallar misericordia, y la hallarán. Entonces sí conocerán la salvación de Dios.

El Señor les dice: “Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia; porque mi ira se apartó de ellos” (14:4). Es la gracia de Dios, que se revela en el fracaso del pueblo, y más aún, en el reconocimiento de ese fracaso, la que producirá el cambio definitivo. La gracia de Dios será como rocío, refrescante y vivificante. Entonces Israel florecerá como lirio, su gloria será como la del olivo, y perfumará como el Líbano, será vivificado como trigo, florecerá como la vid, su olor será como el vino del Líbano. Entonces Israel podrá abandonar al fin los ídolos que le habían impedido agradar a Dios (ver Os. 4:17).

Luego el Señor pregunta: “¿Quién es sabio para que entienda esto, y prudente para que lo sepa? Porque los caminos de Jehová son rectos, y los justos andarán por ellos; mas los rebeldes caerán en ellos.” Se necesitaría de sabiduría y prudencia de Dios para saber cómo podría ser hecho esto. En los días de Oseas no fue entendido. Sería en un tiempo posterior, después de la ley, tal como lo fue antes de la ley, en días de Abraham.

Llegaría el día en que Jesucristo, el Autor de la gracia y la verdad, se habría de manifestar a Israel, y luego –rechazado por los suyos–, a los gentiles.

El reino de Judá

El reino de Judá conservó siempre (salvo una leve interrupción de seis años) un descendiente de David sobre el trono. Ellos tenían a Jerusalén (la ciudad que el Señor escogió para poner en ella su nombre), el templo, y el sacerdocio; sin embargo, también levantaron altares a dioses ajenos, y profanaron el templo y el sacerdocio con elementos extraños.

A la muerte de Salomón, Roboam heredó el trono. Los primeros tres años de su reinado anduvo en el camino de sus padres, atrayendo a los fieles de otros lugares para una adoración verdadera; sin embargo, una vez consolidado el reino, dejó al Señor y todo el pueblo con él. Mas cuando se humilló, se apartó de él el juicio de Dios para no destruirle como merecían sus pecados (2 Cr. 12:12-13).

Su hijo Abiam (o Abías) reinó apenas 3 años, pero recibió fuerzas de Dios para sostener la verdad de Dios. Y Dios le dio una victoria resonante sobre Jeroboam, porque “clamaron a Jehová” y “se apoyaron en Jehová el Dios de sus padres” (2 Cr. 13).

Josafat dispuso su corazón para buscar a Dios, y Dios le bendijo con riquezas y gloria; sin embargo, él contrajo parentesco con el malvado rey Acab. Sus alianzas con Acab provocaron la ruina de su hijo Joram y de su nieto Ocozías. Sin embargo, Josafat es el rey que presenció uno de los mayores despliegues de la gracia y el poder de Dios.

En sus días, el reino es atacado por los moabitas y los amonitas. Entonces Josafat convoca al pueblo delante del Señor, y hace una oración implorando misericordia. En parte de esa oración dice: “¡Oh Dios nuestro! ¿No los juzgarás tú? Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos” (20:12).

Entonces Dios le envía una profecía diciendo que no temieran “porque no es vuestra la guerra, sino de Dios” (20:15), y agrega: “No habrá para qué peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jehová con vosotros.” Al día siguiente, que era el día de la batalla, el rey puso cantores, vestidos con los ornamentos sagrados, y les dijo: “Glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre” (20:21). “Y cuando comenzaron a entonar cantos de alabanza, Jehová puso contra los hijos de Amón, de Moab y del monte de Seir, las emboscadas de ellos mismos que venían contra Judá, y se mataron los unos a los otros” (20:22).

La victoria fue resonante, y se obtuvo sin que ni una sola espada del ejército de Josafat entrase en la batalla. Las riquezas obtenidas fueron tales, que “tres días estuvieron recogiendo el botín, porque era mucho.” Esta es una de las victorias más espectaculares de ejército alguno en la Biblia. Y se alcanzó cuando ellos desconfiaron de sí mismos y confiaron en el poder de Dios.

Acaz anduvo en los caminos de los reyes de Israel, hizo imágenes de Baal e hizo pasar a su hijo por el fuego. Subieron sus enemigos, quienes llevaron prisioneros a Damasco e hicieron gran matanza entre sus valientes. Isaías procuró en vano ayudar a Acaz en lo peor de sus crisis, a fin de que confiara en el Señor. No obstante, por la paciencia del Señor, reinó cincuenta y dos años.

Durante el reinado de Ezequías, Judá experimentó un retorno al Señor. Apenas iniciado su reinado, restableció el servicio de los sacerdotes y levitas, y también el servicio de los músicos y cantores. Se celebró la pascua en Jerusalén, y se destruyeron los ídolos por todo el país.

Cuando Senaquerib, rey asirio, invadió Judá con intención de conquistarla, Ezequías se humilló delante de Dios, pidió que el profeta Isaías intercediese, y se preparó para resistir, diciendo al pueblo: “Más hay con nosotros que con él. Con él está el brazo de carne, mas con nosotros está Jehová nuestro Dios para ayudarnos a pelear nuestras batallas” (2 Cr. 32:7-8). El Señor “envió un ángel, el cual destruyó a todo valiente y esforzado, y a los jefes y capitanes en el campamento del rey de Asiria”. Senaquerib se volvió avergonzado a su tierra, donde fue asesinado por sus propios hijos.

El largo reinado de Manasés resume la suerte del reino de Judá, por cuanto probó anticipadamente el cautiverio en Babilonia, después de lo cual, sin embargo, se humilló, y fue restaurado a su trono. Manasés cayó en el extremo de la maldad, porque “hizo extraviarse a Judá y a los moradores de Jerusalén, para hacer más mal que las naciones que Jehová destruyó delante de los hijos de Israel” (2 Cr. 33:9). Además, “derramó mucha sangre inocente en gran manera, hasta llenar a Jerusalén de extremo a extremo” (2 R. 21:16). Pero luego de su cautiverio, derribó los ídolos, restauró el servicio de la casa de Dios y “mandó a Judá que sirviesen a Jehová Dios de Israel” (2 Cr. 33:16). ¡Final misericordioso para uno de los reyes más malvados de Israel!

Las historias de Joacaz, de Joacim y Joaquín y Sedequías es el triste epílogo de una nación infiel. Sin embargo, en estos días, el Señor tuvo misericordia de Daniel y sus amigos, de Jeremías, Ezequías, y del pequeño remanente fiel. Así concluye la historia de los reyes de Judá.

Por boca de Isaías, el Señor hace un recuento de sus misericordias para con Israel, y lamenta su apostasía: “En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad. Mas ellos fueron rebeldes ...” (63:9-10a).

El cautiverio y el retorno

El cautiverio en Babilonia fue el azote de Dios para su pueblo que por largo tiempo (más de trescientos años) no quiso oír sus palabras. Pero, aun allí, Dios tuvo misericordia de ellos.

Antes del cautiverio, El Señor había dicho: “He aquí que yo los arrancaré de su tierra ... y después que los haya arrancado, volveré y tendré misericordia de ellos, y los haré volver cada uno a su heredad y cada uno a su tierra” (Jer. 12:14-15); ellos reedificarían la ciudad de Jerusalén y el templo (Jer. 30:18), y tendrían días de alegría (Jer. 31:4). Y así fue: Durante los 70 años de cautividad, el Señor “hizo ... que tuviesen de ellos misericordia todos los que los tenían cautivos” (Sal. 106:46). En efecto, Ester llegó a ser reina de Persia. Nehemías fue copero de Artajerjes. Daniel llegó a tener gran autoridad bajo el reinado de todos los reyes en tiempos del cautiverio.

Esdras, en su oración de confesión reconoce que “en nuestra servidumbre no nos ha desamparado nuestro Dios, sino que inclinó sobre nosotros su misericordia delante de los reyes de Persia, para que se nos diese vida para levantar la casa de nuestro Dios y restaurar sus ruinas, y darnos protección en Judá y en Jerusalén” (Esd. 9:9). Nehemías, entretanto, hablando con el Señor, dice: “Por tus muchas misericordias no los consumiste, ni los desamparaste; porque eres Dios clemente y misericordioso” (Neh. 9:31).

Una vez cumplido el tiempo, Dios despierta el espíritu de Daniel para que interceda por su pueblo (Dn. 9). También despierta el espíritu de Ciro, rey de Persia, el de Zorobabel, el de Josué y el de todo el pueblo para que suban a Jerusalén, y reedifiquen la casa de Dios.

Una vez llegados a Judá, ponen los cimientos del templo con gran regocijo, y cantando: “Porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia sobre Israel”. Después de perdida la gloria por tantos años, parecía un sueño poder recuperarla. Por eso, “no podía distinguir el pueblo el clamor de los gritos de alegría, de la voz del lloro; porque clamaba el pueblo con gran júbilo, y se oía el ruido hasta de lejos” (3:13).

Sin embargo, los enemigos de Israel se ponen en movimiento y logran detener la obra por unos 15 años. En ese tiempo, muchos se olvidaron de su misión y se dedicaron a construir para sí hermosas casas artesonadas. Pero Dios no se estuvo quieto. Hageo y Zacarías profetizaron “en el nombre del Dios de Israel quien estaba sobre ellos” (Esd. 5:1). Entonces se levantaron Zorobabel y Jesúa y comenzaron a reedificar la casa de Dios.

Los libros de Hageo y Zacarías están llenos de palabras de exhortación y aliento a un pueblo que se desanima con facilidad y que no tiene su corazón enteramente comprometido con el Señor. Pero Él todavía tiene paciencia y extiende su misericordia. El Señor parece no cansarse de su pueblo. “Aún rebosarán mis ciudades con la abundancia del bien, y aún consolará Jehová a Sion, y escogerá todavía a Jerusalén” (Zac. 1:17).

Tras cuatro años y tres meses, la Casa es restaurada. Más tarde, el Señor despierta el espíritu de Nehemías, quien reedifica el muro de Jerusalén.

Luego de algunos años de prosperidad, habrían de venir varias centurias de silencio. Pero la mayor Gloria ya venía, y algunos privilegiados –los pobres en espíritu– estarían esperándole.

4ª Parte

LA ABUNDANCIA DE LA GRACIA: LA GRACIA EN EL NUEVO TESTAMENTO

Uno

LA GRACIA VIVIENTE

¿Cómo encontró el Señor a su pueblo?

Cuando terminamos la lectura del Antiguo Testamento, dejamos al pueblo de Dios en Jerusalén, con la ciudad reedificada, el templo restaurado y el culto en manos de quienes corresponde. Es verdad que Malaquías tiene variadas quejas de parte de Dios para el pueblo, pero siempre hay la esperanza de días mejores, especialmente luego de la cautividad en Babilonia.

Ahora volteamos un par de páginas y nos adentramos en la lectura del Nuevo Testamento. Si miramos, por un momento, la condición del pueblo de Israel, ¿qué hallamos?

Lo primero que encontramos es que gobierna sobre ellos un rey impío –Herodes–, que no es israelita. En seguida hallamos el cumplimiento de la profecía de Isaías, sobre Galilea: un pueblo “asentado en tinieblas”, una región sumida en las “sombras de la muerte” (Mt. 4:16). ¡Triste condición! Pero no sólo Galilea estaba en tinieblas. Dice Juan que las tinieblas llenaban la tierra (1:5).

Había dicho Isaías también que el Señor Jesucristo no quebraría la caña cascada, y no apagaría el pábilo que humea (Mt. 12:20). ¿Qué significaba eso? Significaba que las gentes que el Señor halló eran como una “caña cascada” y como un “pábilo que humea”. Una “caña cascada” es una pajita enclenque, quebradiza. Por su parte, el “pábilo” es la mecha de la vela. El pábilo que humea es el que está a punto de quemarse. Ya no tiene llama, y su fin es inminente.

El pueblo de Israel estaba en la máxima debilidad. Tanto en lo social como –principalmente– en su devoción al Señor. Los arrestos libertadores de los Macabeos un par de siglos atrás eran un glorioso pero inútil recuerdo. El Mesías prometido se tardaba más de lo esperado. El culto se había tornado en mero formalismo, y los fariseos y saduceos habían ocupado con sus doctrinas acomodaticias los espacios que debía ocupar una sana piedad.

Pero eso no es todo. Isaías había dicho también: “El Espíritu del Señor ... me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos ....” Como sabemos, un día el Señor va a Nazaret y lee en la sinagoga este pasaje, diciendo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lc. 4:18-21). Esto significaba que el Mesías había llegado, cumpliendo así las profecías; pero no sólo eso, sino que también se cumplía la contraparte, es decir, la condición del pueblo al cual el Mesías venía: estaban ahí los pobres, los quebrantados de corazón, los cautivos, los ciegos y los oprimidos. Y sabemos que esto no es pobreza material, ni cautiverio político, ni opresión social. Estas palabras retratan la condición espiritual de Israel.

Por eso, cuando vemos al Señor Jesús relacionarse con la gente, notamos que se llenó de compasión por ellos. “Compasión” (“splagchnizesthai”), en griego, denota un sentimiento profundo en que las entrañas se conmueven. “Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mt. 9:36), “y sanó a los que de ellos estaban enfermos” (Mt. 14:14). Cuando dos ciegos gritaron al Señor pidiendo misericordia, Él “compadecido, les tocó los ojos, y en seguida recibieron la vista” (Mt. 20:34). En Naín, cuando vio a la viuda que iba a enterrar a su unigénito muerto, “se compadeció de ella”, y resucitó a su hijo (Lc. 7:13-15).

La condición de hoy no es diferente de la del Israel de aquel tiempo. Basta con echar una pequeña mirada alrededor para darse cuenta de la extrema necesidad que padecen los hombres. Hoy también muchos están paralíticos: no pueden caminar hacia Dios; muchos están leprosos: el pecado ha envenenado su alma; muchos están mudos: no tienen voz para hablarle a Dios; muchos hay sordos: ellos no pueden oír la palabra de Dios. Todos los enfermos que el Señor sanó nos dan una radiografía de la condición espiritual de nuestra generación. Todavía ellos son esclavos del pecado (Jn. 8:34); están destituidos de la gloria de Dios (Rom. 3:23), y expuestos a la condenación eterna (Heb. 10:27). Sin embargo, el Señor los quiere salvar. En estas circunstancias, el corazón de los hijos de Dios ha de estar lleno de amor y misericordia hacia los pecadores.

Era tanta la compasión que el Señor sintió por la gente, y tanta urgencia por ayudarles, que Él preparó y envió a los apóstoles, y después a otros setenta de sus discípulos con ese fin (Mt. 10:7-8). El Señor dijo “El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10). “Perdidos” es, exactamente, la condición en que nos encontró el Señor.

Lleno de gracia

Juan dice del Señor Jesús: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14). La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo (mejor, “fueron hechas” por Jesucristo). Primero está la gracia, luego la verdad. Dios nos ama, y en su amor, nos levanta, nos redime por la sangre de su Hijo. Entonces, recibimos luz para ver a Aquel que es la Verdad. Y al ver la Verdad vemos también nuestra verdad, es decir, nuestra destitución, nuestra extrema precariedad, y nuestra necesidad de un Salvador. Pero ahora, en Cristo, somos bendecidos de tal manera que la gracia abunda sobre todas ellas.

La gracia de Dios se manifestó en Jesús de dos maneras: en sus palabras y en sus obras.

Sus palabras de gracia

Los hijos de Coré, inspirados por el Espíritu Santo, dijeron del Señor Jesús, varios siglos antes de su nacimiento: “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios” (Sal. 45:2). Lucas da testimonio de lo mismo, diciendo: “Y todos ... estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca” (4:22). Tanto era así, que las multitudes acudían de todos los lugares, y, oyéndole, se olvidaban incluso de comer. ¿Cuál fue su palabra? La palabra “gracia” no está ninguna vez en sus labios, sin embargo, sus palabras rezumaban la más pura gracia de Dios.

El Señor trajo el evangelio (que es “buena noticia”); aún más, Él mismo es el evangelio, la buena noticia de Dios. Es la buena noticia de salvación, que comienza, en sus labios, con las palabras: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt. 4:17). El reino de Dios se ha puesto al alcance de todo hombre. No de los judíos solamente, sino de todo hombre; no de los sacerdotes o levitas solamente, sino de todo hombre. Para cogerlo, no será necesario ni subir al cielo, ni descender al abismo, porque está muy cerca: “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón ... si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Rom. 10: 8-9).

La Escritura dice: “Cercano está el Señor a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras” (Sal. 145:18), y, “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo” (Rom. 10:13). Todos los que llaman o acuden al Señor, son salvos. El Espíritu Santo ha sido derramado sobre toda la humanidad y está cerca del pecador cuando le invoca. En cuanto haya un clamor del corazón hacia Dios, el Espíritu entrará y realizará su obra de convicción, arrepentimiento y fe, es decir, el milagro del nuevo nacimiento.

Este evangelio trastrocó todos los parámetros del pensamiento humano. Porque demostró que los pensamientos y caminos de Dios son más altos que los pensamientos y caminos de los hombres. Declara bienaventurados a los que, en la sociedad, son despreciados: los menesterosos, los débiles, los sufrientes, los que lloran. Restó toda importancia a las riquezas (“el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza”), y a todo lo que el hombre tiene por sublime, para centrar, en cambio, la atención en el corazón del hombre.

Enseñó con su vida que el amor es la forma de ser de Dios, y que también ha de ser la forma de ser de los que le siguen. El amor fue mucho más que palabras en su boca.

Su palabra era suave y delicada. “No contenderá, ni voceará, ni nadie oirá en las calles su voz.” (Mt. 12:19). De sus labios amorosos, la mujer pecadora escuchó palabra de perdón, la viuda doliente escuchó palabras de consuelo, la mujer samaritana escuchó palabras de salvación. ¿Cuántos oyeron estas hermosas palabras: “Tus pecados te son perdonados”, o “Tu fe te ha salvado”? ¿Cuántos que pidieron sanidad escucharon de sus labios el “Quiero” que los sanaba?

Su atención estaba centrada en los pequeños, de los cuales los niños eran un ejemplo. Enseñó que el mejor es el que sirve, y que el más pequeño es verdaderamente grande; que a los pequeños no se les debe hacer tropezar, que si se alejan, hay que recuperarlos, que si ofenden, hay que perdonarlos, que si se acercan, hay que recibirlos.

Sacó a luz las hipocresías de los seudo religiosos, que se complacían en el formalismo, pero que habían dejado de lado la justicia y el amor. Dijo, citando al profeta: “Misericordia quiero, y no sacrificio”, y: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí.” Los sacrificios pueden transformarse en un ritual externo, vacío de toda piedad; en cambio, la compasión toca a lo profundo del corazón. Los labios pueden perfectamente decir lo que el corazón no siente.

Enseñó, además, que el juicio debe estar en manos de Dios, quien es el único capaz de hacer un juicio justo, y que la misericordia triunfa sobre el juicio. Dijo que son declarados justos por Dios, no los que juzgan a otros, sino los que se juzgan a sí mismos.

Luego, en la cruz, en el máximo de su debilidad, tuvo palabras de salvación y de perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” El malhechor le oyó decir: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Sus obras de gracia

La gracia de Dios se desplegó, abundante, en la persona del Señor, y en sus hechos magníficos. Su caminar en la tierra fue el cumplimiento de su propia palabra: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch. 20:35). Sus detractores le acusaban de ser “amigo de publicanos y pecadores” (Mt. 11:19). Pero esto, que ellos proferían como una ofensa, era, en verdad, una maravilloso rasgo de su carácter. Él vino a ponerse al alcance de los pecadores.

Así fue con los judíos, y también con los gentiles. El Señor dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37b). Pero aún más, el mismo Señor fue al encuentro de las personas. Fue así con la mujer encorvada (Lc. 13:12), el paralítico de Betesda (Jn. 5:6); con la mujer samaritana (Jn. 4:6-42).

Los que venían a Él podían venir tal como eran, incluso, dudando. Así fue con el padre del niño enfermo, a quien el Señor le dijo: “Si puedes creer, al que cree todo lo es posible”. Entonces, “el padre del muchacho, clamando, dijo con lágrimas: ¡Creo, Señor; ayuda mi incredulidad!” (Mr. 9:23-24, VM). Él nunca rechazó a aquellos que se acercaron a Él, aunque vinieran con una fe prestada (Mr. 2:5).

Uno de los dos ladrones, en el Calvario, tuvo un pequeño deseo sincero, se lo dijo al Señor y fue salvo. El publicano era también un hombre deshonesto, pero con sinceridad reconoció su pecado y obtuvo del Señor misericordia para ser declarado justo. El Señor no exige ni siquiera la fe de los pecadores para salvarlos (exigir tal cosa sería poner una valla imposible de saltar). Basta un corazón sincero.

Era tanta la gracia que desplegaba el Señor, que la gente era sanada con sólo tocar el borde de su manto. Así ocurrió con la mujer enferma de flujo de sangre (Mt. 9:20-22), y con una multitud en Genesaret (Mt. 14:36). Basta que un pecador toque “el borde de su manto” y es salvo. Basta entrar en contacto con Él, con su persona. No importa no saber teología, ni la Biblia, ni saber orar. ¡Oh, sólo importa tocarle a Él, y ya el pecador es salvo!. Por tocarle, cuantos tenían plagas caían sobre él, para que se cumpliesen las palabras del profeta: “Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.”

La hez de la sociedad fue favorecida por su poder: los leprosos, los endemoniados de Gadara, los ciegos de junto al camino. Los afligidos por largas y penosas enfermedades: la mujer con flujo de sangre, el hombre de la mano seca, el muchacho lunático. ¡Cuánto amor derramado! ¡Cuánta gracia! ¡Oh, amoroso y bendito Señor!

Pero, ¿qué diremos de la más grande de sus obras, sin la cual las demás no hubiesen bastado para redimir a los hombres y sacarlos de la condenación? ¡Su muerte en la cruz, el justo por los injustos para llevarnos a Dios! ¡Su muerte para reconciliarnos con Dios, y –aún más– para reconciliar todas las cosas con Dios! Es esta una obra de tan vastos alcances que en la presente era no estamos en condiciones de percibirla cabalmente.

Luego, su resurrección gloriosa y su gracia al incluirnos a nosotros en ella; su victoria sobre la muerte, que es la base de todas nuestras victorias presentes y futuras. ¡Oh amor dulce, oh vindicación plena de la raza humana, de su caída edénica, de su postración milenaria!

Dos

LA GRACIA EXPLICADA

La obra realizada por el Señor Jesús en su ministerio terrenal tiene alcances que trascienden lo realizado públicamente, y que los evangelios no refieren. En los evangelios vemos al Señor moverse entre los hombres, realizando obras de gracia y hablando palabras de gracia. Sin embargo, allí está aún como escondida la obra más trascendente de Cristo.

Esta obra tiene relación tanto con lo ocurrido antes del tiempo en los lugares celestiales, como con lo ocurrido en el tiempo, con la encarnación del Hijo de Dios, el significado y alcances de su muerte, el significado y alcances de su resurrección y el significado y alcances de su entronización a la diestra del Padre, su venida y su reino; y, finalmente, tiene relación con lo que ocurrirá después del tiempo, es decir, los eventos referidos a la eternidad futura.

Para revelar este misterio que estaba aún oculto, Dios se escogió a ciertos hombres –los apóstoles y profetas– y en especial a uno: Pablo. De ello nos hablan el libro de los Hechos, las epístolas y el Apocalipsis.

La elección y el llamamiento

Romanos 8:30 resume la secuencia de la obra de Dios a favor nuestro en Cristo: “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.” Los dos primeros son anteriores al tiempo, los otros dos, en el tiempo. Sus consecuencias, sin embargo, trascienden el tiempo.

La sabiduría de Dios nos lleva, en Efesios, a lo que fue nuestra predestinación. Allí, en los lugares celestiales, y en ese tiempo auroral, Dios nos escogió en Cristo, es decir, nos predestinó, para “alabanza de la gloria de su gracia”. Tiempos misteriosos aún para nosotros, en los cuales ya estábamos en el corazón de Dios.

Luego, nos conduce a 1ª Timoteo para mostrarnos nuestro llamamiento. Allí en los lugares celestiales y “antes de los tiempos de los siglos”, “nos llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús” (2ª Tim. 1:9).

De modo que antes de Génesis 1 ya nuestros nombres estaban inscritos en el libro de la vida (Ap. 17:8), escogidos y llamados. Veamos lo que viene en seguida.

¿Cómo se justificará el hombre para con Dios?

Job, en la antigüedad, clamaba, con angustia: “¿Y cómo se justificará el hombre con Dios? Si quisiere contender con él, no le podrá responder una cosa entre mil” (Job 9:2-3). Por su parte Elifaz decía: “¿Qué cosa es el hombre para que sea limpio, y para que se justifique el nacido de mujer? He aquí, en sus santos no confía, ni aun los cielos son limpios delante de sus ojos; cuánto menos el hombre abominable y vil, que bebe la iniquidad como agua?” (Job 15:15-16). Bildad confirma lo mismo, diciendo: “¿Cómo, pues, se justificará el hombre para con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer? He aquí que ni aun la misma luna será resplandeciente, ni las estrellas son limpias delante de sus ojos; ¿cuánto menos el hombre, que es un gusano, y el hijo del hombre, también gusano?” (Job 25:3-6).

En Romanos 3:24 se da una respuesta clara a las acuciantes preguntas de los antiguos: “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”. La palabra gratuitamente aquí es la misma que se usa en Juan 15:25: “Sin causa me aborrecieron.” Es decir, “gratuitamente, sin motivo”.

El Señor fue aborrecido sin motivo (¿O había acaso en él algo que justificara su muerte ignominiosa?), así también nosotros somos salvos sin un motivo en nosotros que explique tal salvación. El fue aborrecido y murió sin motivo (sin que hubiera motivo en Él). Y nosotros fuimos justificados sin que hubiera motivo (en nosotros). Sabemos que fuimos justificados por lo que Él es en gracia, y que Él murió por lo que nosotros éramos (en nuestra desgracia). El motivo de ambas acciones es el amor de Dios que permitió que el justo muriera por los injustos para que los injustos, hechos justos, pudieran presentarse ante Dios.

Bien decían los hijos de Coré: “Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás) ...” (Sal. 49:6-8). Pero lo que los bienes ni las riquezas pueden, lo ha podido hacer la sangre de Jesucristo.

Pedro lo dice hermosamente: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir ... no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1ª Ped. 1:18-19). ¡Bendito es el Cordero de Dios que quitó, levantó y llevó consigo nuestros pecados! (Jn.1:29).

En el pasaje de Romanos 5:12-21 nosotros vemos que somos hechos, tanto pecadores (en Adán), como justos (en Cristo) sin motivo alguno en nosotros. Nosotros recibimos los efectos de uno y otro hecho sin haber siquiera nacido, ni haber hecho bien ni mal, sino como meros espectadores de lo que hizo Adán y lo que hizo el Señor Jesús. Pero he aquí que somos justos. Esto es gracia.

Glorificación

La glorificación de los creyentes es un asunto aún pendiente. La Escritura habla en pasado, porque a los ojos de Dios son cosas consumadas, decretadas. Pero en el tiempo, esto es aún una esperanza: “...y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Rom. 8:17). Cuando el Señor se manifieste, entonces seremos tal como Él es, y entonces nuestra gloria, que hoy está restringida en nuestro cuerpo de humillación, será manifestada juntamente con Él (1ª Jn. 3:2).

Esto no significa, sin embargo, que hoy no disfrutemos de su gloria, en la intimidad, en Su maravillosa presencia, por el Espíritu Santo que nos fue dado. El Señor dijo: “La gloria que me diste, yo les he dado”. Hay gloria de Dios en nosotros y también entre nosotros, en medio de la iglesia.

El pacto de gracia

Toda esta obra de Dios a favor nuestro, Dios la selló con un Pacto. Como si no bastase su sola Palabra y su solo Nombre. Pero he aquí que se trata de un pacto muy especial. Para apreciar su valor, iremos por un momento a la etimología de la palabra “pacto”, en griego.

Los griegos usaban la palabra “suntheke” para referirse a los pactos que solían hacer en la vida ordinaria, ya sea en los negocios, en el matrimonio, en las relaciones diplomáticas, etc. “Suntheke” significa “un acuerdo hecho en igualdad de condiciones, que cualquiera de las dos partes puede alterar”. Este es también el significado que tiene la palabra “pacto” para nosotros hoy. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, nunca se utiliza la palabra “suntheke” para referirse al Nuevo Pacto.

Lo que hay es otra palabra: “Diatheke”. Y ésta alude a un tipo muy peculiar de pacto, que no es un convenio con otro, sino que es hecho mediante algo (ese es el significado del prefijo ‘diá’), en este caso, mediante una sangre. En este pacto, Dios es el Pactante, y el hombre no es la contraparte, ¡sino el beneficiario!. Este pacto se formaliza mediante la sangre de una víctima: “Porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt. 26:28). El significado literal de Hebreos 9:17a en griego es: “Pues el pacto es fuerte, o sea, tiene fuerza, celebrado sobre animales muertos.” En este caso, la Víctima es Jesucristo, cuya sangre ha sellado eternamente este Pacto.

La firmeza del Nuevo Pacto radica, precisamente, en que no depende de la contraparte, porque no existe tal contraparte. Es Dios y sólo Dios el garante (o fiador) de este pacto. Dios da, y el hombre simplemente recibe. Nosotros entramos en relación con Dios, no por derecho propio, ni según nuestras estipulaciones; este pacto no depende de nuestra firmeza o fidelidad. Un hermano ha dicho, refiriéndose a este Pacto: “Es un símbolo de la gracia que Dios sitúa entre sí mismo (que es quien la ofrece), y el hombre (que es quien la recibe)”.

El Antiguo Pacto fue establecido según el modelo de un “suntheke”; en cambio, el Nuevo, es un “diatheke”.

En Hebreos 8:8-12 se puede ver claramente esto. Respecto al Antiguo Pacto dice: “Porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor” (9b). Aquí el problema es causado, naturalmente, por el hombre. Como el pueblo no permaneció en el pacto (una de las partes contrayentes), el Señor se desentendió de ellos (la otra Parte contrayente), así que el pacto fue anulado.

Pero cuando se habla del Nuevo Pacto, se mencionan cuatro hechos de Dios, e independientes de los beneficiarios:

a. “Pondré mis leyes en la mente de ellos”, es decir, Dios daría a su pueblo un nuevo pensar.

b. “Y sobre su corazón las escribiré”, es decir, Dios escribirá sobre “tablas” de carne, no de piedra, y les daría un nuevo sentir.

c. “Porque todos me conocerán”. Este conocimiento es el más alto, es la gloria del hombre (Jer. 9:23-24). Es un hecho espiritual, porque es conocimiento de Dios, e imposible de alcanzar por el hombre.

d. “Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados.” Este es el perdón de los pecados por al preciosa Sangre de Jesús.

¿Dónde está aquí el hombre? No está por ningún lado, porque estos son los hechos de Dios ¿Qué hace el hombre aquí? Nada, simplemente recibir “la abundancia de la gracia y del don de la justicia” (Rom. 5:17).

Más atrás hemos dicho que el pensar y el sentir de Dios nos eran desconocidos antes de que Él se nos revelara a través de Jesucristo. Ahora, al revisar las características del Nuevo Pacto, encontramos que Dios es conocido por nosotros, porque Él nos mudó la forma de pensar y de sentir para que pudiésemos conocer cómo Él piensa y siente. Todo ello se resume en la expresión: “Porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos.”

“Pacto” es también “Testamento”

El “diatheke” del Nuevo Testamento, por sus peculiares características, se parece mucho más a un testamento que a un pacto. En efecto, la palabra “diatheke” significa también “testamento”, y como nosotros sabemos, en un testamento no interviene la voluntad o el parecer de los herederos, sino que es de absoluta responsabilidad del testador.

El testamento es un documento de un valor muy especial, especialmente para los herederos. Es un momento muy formal y solemne aquél cuando el albacea lee el testamento, y los herederos, expectantes, esperan saber lo que han heredado.

Nosotros sabemos que nuestro Dios dio todas las cosas las dio en herencia a su Unigénito, de lo cual es figura Abraham, quien dio todo cuanto tenía a su hijo Isaac. (Gén.25:5). Sin embargo, la gracia de Dios es aún más grande para con nosotros, porque el Señor Jesús ha querido compartir esa herencia con nosotros. Romanos 8:16-17a dice: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo ...”. El ser coherederos con Cristo tiene profundas implicancias, las cuales no estamos todavía en condiciones de dimensionar.

¿Qué significa ser heredero de un multimillonario en la tierra? Seguramente mucho. ¿Qué significa ser heredero de un rey sobre la tierra? Seguramente mucho. Pero, ¿qué es eso comparado con ser heredero del Dueño de todos los mundos, de la vida inmarcesible, de la gloria venidera, de los poderes más supereminentes? Esto es demasiado grande como para que lo podamos vislumbrar siquiera ahora. “Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara.” En aquel día hallaremos que nuestras lágrimas de hoy no eran nada comparadas con la herencia incorruptible que habremos recibido.

Pablo en Efesios 1:15-23 ora por los creyentes para que el Padre les dé espíritu de sabiduría y de revelación, y sepan acerca de la esperanza, de la herencia y del poder que tienen en Cristo. Y dice que esta herencia tiene “riquezas de gloria ... en los santos”. Se trata, entonces, de riquezas que poseemos aquí y ahora. Riquezas que nos han sido dadas y que no conocemos en su real dimensión, porque para conocerlas se requiere de “espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él”.

Tres

LO QUE SOMOS Y TENEMOS POR GRACIA

Lo que somos

La mayor riqueza de la herencia recibida por la gracia de Dios consiste en que nos ha hecho ser algo que no éramos. Éramos incircuncisos, y extranjeros, aun éramos enemigos de Dios en la vanidad de nuestra mente. No podíamos mirar a Dios, ni conocerle. Éramos la hez de la tierra, pero ¡aleluya! ahora somos algo muy diferente, y a Dios le es manifiesto lo que somos.

La palabra de Dios es sabia. El Espíritu Santo descubre primero ante nuestros ojos y establece en nuestro corazón una realidad espiritual, para luego pasar revista a las conductas deseables en conformidad a esa realidad espiritual.

De manera que primero es lo que somos, y consecuentemente con eso, se nos señalan cursos de acción. La Ley no obra así. La ley demanda conductas sin un cambio de naturaleza, sin que haya una realidad espiritual que haga posible la realización de ellas. Por eso las demandas en el Nuevo Pacto difieren tanto de las demandas de la Ley. Éstas apelan a la capacidad del hombre. En cambio, aquéllas siempre apelan a la obra que la gracia de Dios ha efectuado ya en el corazón de los creyentes.

Pues bien, ¿qué somos de Dios y para Dios? Y ¿de qué manera eso que somos compromete lo que hacemos?

En nuestro Testamento (de verdad es nuestro) dice que somos “ciertas cosas”. Esas cosas son una metáfora de nuestra nueva condición de hijos de Dios. Por causa de nuestra limitada capacidad de asimilar lo inefable, Dios nos enseña mediante algunos ejemplos, figuras o metáforas. Ellas ilustran de manera sencilla nuestra forma de ser y nos permiten visualizar nuestras formas de hacer. Veamos algunas de ellas.

1. Sal. “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres” (Mt.5:13).

Es interesante ver cuál es la traducción literal de las expresiones: “si la sal se desvaneciere” (“si la sal se vuelve necia”), y “no sirve más para nada” (“para nada tiene fuerza”).

Nosotros sabemos que la razón de ser de la sal es salar, dar sabor. La comida desabrida es casi tan mala como la comida tibia, que se arroja de la boca. Pero no es sólo eso: la razón de ser de la sal es, sobre todo, preservar.

Si el mundo no se corrompe aún hasta el extremo, es porque hay sal en la tierra. Si el mal aún no impera sin contrapeso, es porque hay sal en la tierra. Si aún tiene oposición el padre de la mentira y de toda corrupción, es porque hay sal en la tierra.

La sal resiste la descomposición y detiene el deterioro. ¡Qué favor más grande le hacen los cristianos al mundo y éste ni siquiera toma nota de ello! El día que sean quitados de la tierra todo el mundo lo sabrá, porque muchas cosas aquí abajo comenzarán a heder. No sólo hederá lo que es intrínsecamente malo, sino aún aquello que parece bueno. Porque las cosas tomarán el color de la maldad, y ofrecerán, al fin, su verdadero aspecto de muerte.

“Ustedes son la sal de la tierra”, dijo el Señor. Y es éste, también, un llamado a no desvanecerse, a no volverse necios. Los cristianos pierden su sabor cuando se asimilan al mundo al cual debieran salar. Cuando se acomodan a los estereotipos y modelos mundanos y dejan de marcar en el mundo las señales de Cristo. Cuando eso ocurre, pierden su poder espiritual y ya no sirven para nada.

En tal caso, los cristianos, que no son hábiles acomodándose al mundo, son echados fuera y pisoteados por los hombres. Este rechazo no es el mismo que se recibe por causa de la justicia, sino que es el menosprecio del mundo hacia los cristianos que se han desnaturalizado. Es el menosprecio a los que, siendo una cosa, viven como si fueran otra.

2. Luz. “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt.5:14-16).

Al decirnos estas palabras, el Señor nos está confiriendo un inmerecido honor, porque nos hizo lo mismo que Él era. (Jn.8:12). De Juan el Bautista se dice en el evangelio que no era la luz, sino que era uno que había venido a dar testimonio de la luz. Sin embargo, de nosotros se dice lo que Juan nunca fue.

La luz en las tinieblas resplandece. Cuando la luz ilumina, las tinieblas huyen. Las tinieblas pueden resistir una luz pequeña, pero si la luz es potente, entonces, las tinieblas, por muy densas que sean, no pueden prevalecer contra ella. La Biblia dice que las tinieblas no prevalecieron contra la Luz, que es Cristo.

Esta afirmación respecto de Cristo es para los discípulos motivo de gozo y bienaventuranza, porque si las tinieblas no pudieron contra Él, entonces tampoco pueden prevalecer contra ellos, porque llevan aquella misma luz adentro. Sin embargo, esta palabra es también desafío y alerta, porque si la luz se pone debajo de un almud, entonces no alumbra a nadie y es como si las tinieblas prevalecieran. Su efecto se anula, sus ondas no alcanzan a quienes debieran, y las tinieblas actúan libremente.

La luz que alumbra en el mundo es la vida de los cristianos. “En Él (Cristo) estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Las tinieblas (la maldad) de los hombres son puestas en evidencia por la luz (la vida); porque la luz (la vida) es lo que manifiesta todo (Ef.5:13). Esta luz (la vida) ha de alumbrar delante de los hombres, para que los demás vean las buenas obras de los hijos de Dios y glorifiquen al Padre que está en los cielos. La luz es visible; la vida también lo es.

3. Vestido nuevo: “Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura” (Mt.9:16).

El Señor compara aquí al hombre natural con un vestido viejo y el nuevo hombre con un vestido nuevo. No se puede poner remiendos espirituales al hombre viejo, porque está viciado y su fin es la muerte. La voluntad de Dios con el hombre no es remendar la naturaleza caída (Adán), sino dar al hombre una nueva naturaleza (Cristo). De manera que los que han nacido de nuevo poseen esta nueva naturaleza, ellos son un vestido nuevo.

Cuando el hijo pródigo regresó a la casa de su padre, vestía groseros harapos. El padre no ordenó parcharle el vestido, sino que dijo: “Sacad el mejor vestido, y vestidle” (Lc.15:22). Esto es, precisamente, lo que el Padre ha hecho con nosotros.

El Señor nos dice: “Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo ...” (Mt.6:28). El Padre se encarga de darnos el vestido que necesitamos. No son las “vestiduras delicadas” de quienes están en los palacios, y viven en deleites (Lc.7:25), sino que son los vestidos “resplandecientes, muy blancos” (Mr.9:3), no de esta creación. Estos no se envejecerán, porque son inmaculados y perennes.

4. Odres nuevos: “Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden, pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente” (Mt.9:17).

El vino nuevo fue derramado en Pentecostés. Los que se burlaban ese día decían: “Están llenos de mosto”. Curiosamente, la palabra “mosto” en griego es “vino dulce”, que la Versión Moderna traduce como “vino nuevo”. Pedro dijo: “Estos no están ebrios, como vosotros suponéis.” Es verdad que no estaban ebrios de vino de uva, pero sí de mosto espiritual: el vino nuevo había sido derramado sobre los primeros odres nuevos.

Los odres viejos, al igual que los vestidos viejos, son el hombre natural, caído, con toda la herencia de Adán. Los odres nuevos, al igual que el vestido nuevo, es nuestra naturaleza espiritual, el nuevo hombre nacido según Dios.

Los odres viejos no admiten el vino nuevo porque se rompen. Así también el hombre natural no puede recibir el Espíritu Santo. El único que puede recibirlo es el odre nuevo, es decir, nuestra nueva naturaleza. No hay correspondencia entre el vino nuevo y los odres viejos. No hay relación entre las cosas espirituales y los hombres naturales: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios ...” Por eso Dios nos dio una nueva naturaleza, para que conozcamos las cosas que Dios nos ha concedido.

5. Pámpanos: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn.15:5).

El Señor se compara aquí con una vid, y nos compara a nosotros con los pámpanos, con sus pámpanos. La unidad de la vid y sus pámpanos es perfecta, simple y efectiva. El hecho de ser pámpanos, les permite participar de toda la riqueza de la vid. Toda la savia, el vigor y la salud le vienen a los pámpanos por el hecho de serlo, no de desearlo como si fuese una aspiración.

Sin embargo, al decir “el que permanece en mí ...” está señalando que no todos los pámpanos permanecen en Él. La realidad del pámpano es innegable, pero sólo se hace efectivo su fruto si permanece en la vid. Dice: “el que permanece en mí (la vid), y yo en él (pámpano), éste (y no otro) lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.”

Las realidades espirituales pasan a ser experiencia en nosotros cuando hay revelación de Dios. La revelación de Dios producirá, a su vez, fe de Dios, y cuando hay fe de Dios viene la experiencia.

El hermano Hudson Taylor cuenta que él entró en la vida cristiana victoriosa cuando vio la realidad espiritual que contiene este pasaje. Leerlo simplemente no nos hará apropiarnos de lo que espiritualmente significa; es un asunto de revelación, y una revelación tan gloriosa, que puede transformar la vida de un cristiano.

6. Vasos. “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de vosotros” (2ª Cor.4:7).

Hace mucho tiempo el Señor le mostró a Jeremías que la casa de Israel era, en sus manos, como una vasija en la mano del alfarero. Luego le dijo que Él podía para hacer una vasija diferente de aquella que se había echado a perder. Pablo en Romanos 9 dice que el alfarero tiene potestad sobre el barro para hacer, de una misma masa, vasos para honra y para deshonra, vasos de ira y vasos de misericordia.

La casa de Israel fue una casa de deshonra, que, por su pecado, fue objeto de juicio; pero he aquí que nosotros, los agraciados por Dios para creer en su Hijo, hemos sido hechos vasos de misericordia, es decir, vasos que reciben misericordia y que hacen misericordia.

Ahora bien, la calidad del vaso no ha mejorado en su estructura exterior. Aún es de barro; sin embargo, la diferencia está en su interior. Adentro hay un tesoro que los judíos nunca tuvieron: la vida de Dios.

La voluntad de Dios no es, sin embargo, que este tesoro esté escondido dentro de nosotros. Su deseo es que el tesoro se escurra hacia fuera para bendecir a otros. ¿Cómo puede ser hecho esto?

La mujer que ungió al Señor tenía su perfume en un vaso de alabastro. Para poder ungirle, ella tuvo que quebrar el vaso; y entonces hasta la casa se llenó del olor del perfume. Este es el secreto para que el olor de Cristo sea percibido. Nuestros vasos han de ser quebrados; es decir, nuestro cuerpo y nuestra alma han de ser quebrantados, puestos en sujeción para que el suave olor del Espíritu sea irradiado. De poco sirve preservar el vaso, y menos aún acicalarlo por fuera; lo único que permitirá que Dios cumpla su propósito con nosotros es que nuestro vaso sea quebrado.

El vaso también ha de estar limpio. Dice Pablo a Timoteo: “En una casa grande, hay no solamente vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro: y algunos son para honra, y otros para deshonra. Si pues se purificare alguno de éstos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena” (2ª Tim.2:20-21, VM). La iglesia es vista aquí en su ruina, porque no hay solamente vasos de honra, sino también de deshonra. Aquí se muestra la condición de la cristiandad que tiene una profesión nominal, en cuyo seno ha cundido la cizaña.

En tal situación, la responsabilidad es personal. Por eso se hace descansar sobre cada creyente la responsabilidad de ser o no un vaso de honra. No hay aquí, en cuanto a esto, una predestinación divina. Aquí está nuestra responsabilidad para ser una cosa u otra. “Si pues se purificare alguno de éstos ...” La diferencia está dada por la purificación. De hecho, no son muchos los que se purifican, por eso habla de alguno (como el alguno del Señor a Laodicea, en Ap.3:20). Sin embargo, dada nuestra alta vocación, y asistidos por la Palabra de vida que nos lava y nos fortalece, nos purificamos, porque esperamos la manifestación del Señor Jesucristo desde los cielos (1ª Jn.3:3).

7. Labranza. “Vosotros sois labranza de Dios” (1ª Cor.3:9).

Toda labranza involucra varios factores, entre ellos: tierra, siembra, riego, crecimiento y fruto. La tierra somos nosotros, es nuestro corazón. La plantación la hicieron quienes nos evangelizaron, el riego lo hicieron quienes nos edificaron, el crecimiento lo da el Señor, y el fruto es la consecuencia de todo lo anterior, pero fundamentalmente depende de la tierra.

Por eso, el Espíritu Santo consigna estas admonitorias palabras: “Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada” (Heb.6:7-8).

Aquí la responsabilidad es de la tierra, no de quienes la labran; no del riego, porque hay lluvia; no de la siembra, porque es capaz de dar “hierba provechosa”. Pudo habernos plantado en la fe el mismísimo Pablo, y habernos regado el elocuente Apolos, pero de nada valdrá eso si el corazón, que es nuestra responsabilidad, cual Demas, está endurecido o mezclado.

El problema es del corazón del hombre que, habiendo recibido las mismas bendiciones que la tierra buena, albergó espinos y abrojos, que produjeron fruto de muerte. Y por ello su fin inminente es el ser maldecida y quemada.

8. Nueva Masa. “Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por vosotros” (1ª Cor.5:7).

De este precioso versículo quisiéramos destacar lo siguiente: “ ... para que seáis nueva masa, sin levadura como sois ...” Estas dos expresiones en cursiva son extraordinariamente hermosas. Lo que Pablo demanda a los corintios, lo demanda sobre la base de lo que ellos son. Aun más, él puede demandar que sean una nueva masa, porque ya son una masa, sin levadura. Pablo, por la fe, ve la obra de Cristo consumada en los creyentes. Sabiendo Pablo lo que ellos son, puede demandarles que lo sean. Sabiendo ellos que son algo para Dios, pueden actuar en consecuencia.

Los hermanos de Corinto tenían algunos problemas de conducta. Algunos de ellos estaban cometiendo inmoralidades. Entonces Pablo les hace ver que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, etc., heredarán el reino de Dios. Y a renglón seguido, añade: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1ª Cor.6:11).

Es un lenguaje extraño el de la fe, pero es precioso, porque ni condena, ni carga, ni asfixia. Simplemente dice: “Ustedes tienen que ser esto y aquello ... ¡porque ya lo son!” Y entonces sentimos el poder de la gracia que nos capacita para ser (en la práctica) aquello que somos (de Dios y para Dios).

La levadura es la malicia y la maldad; la masa nueva es la sinceridad y la verdad (1ª Cor.5:8). ¿Cómo podemos estar libres de la levadura? Pablo dice: “Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.” No hay razón para tener todavía levadura. Cristo ya murió por nosotros y quitó nuestros pecados, y aún nos limpia de toda maldad (1ª Jn.1:9). v 9. Grato olor. “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida” (2ª Cor.2:14-16).

En el Antiguo Pacto, el Señor se agradaba en el olor de las ofrendas que se le ofrecían. Ese olor era producto de la inmolación de una víctima y de su ofrecimiento sobre el altar, al fuego.

En el Nuevo Pacto, este grato olor también surge de una víctima sacrificada. No se trata de un macho cabrío o un becerro, sino de los creyentes que exhalan, con su muerte, grato olor de Cristo. No es muerte física necesariamente (aunque bien puede implicarla), es sobre todo la muerte del alma, de sus deseos y afectos. No es tampoco el olor del creyente mismo el que agrada a Dios, sino es el grato olor de Cristo, cuya vida es liberada en cada creyente. En verdad, la única ofrenda que agrada a Dios es Cristo, el cual “nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef.5:2).

De manera que somos grato olor para Dios primeramente, en Cristo, pero también lo somos para los demás: porque el creyente “manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento”, tal como aquel perfume de nardo puro en casa de Lázaro (Jn.12:3).

10. Carta. “¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O tenemos necesidad, como algunos, de cartas de recomendación para vosotros, o de recomendación de vosotros? Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón” (2ª Cor.3:1-3).

Una carta se escribe para ser leída. Es verdad que una carta particular se echa en un sobre para resguardar así su privacidad, pero una carta abierta se publica para que todos la lean.

Nuestra realidad es ser una carta de Cristo, escrita por Él mismo mediante el Espíritu Santo en nuestros corazones. Sea cual sea la lectura que estemos dando de nosotros mismos, esa es nuestra realidad. ¿Está legible la letra en nosotros, o está borrosa? ¿Hemos mantenido o hemos cambiado el mensaje que el Señor escribió en nosotros?

Hebreos dice que el Señor ha puesto sus leyes en nuestra mente, y las ha escrito sobre nuestro corazón (8:10). No como Moisés que lo hizo en tablas de piedra, duras y frías, ajenas al calor del corazón del hombre. El Nuevo Pacto nos convierte a nosotros en tablas de carne, para que vayamos por todo lugar mostrando la ley escrita en nuestros corazones.

Que el Dios de toda gracia, que nos ha hecho ser lo que antes no éramos, permita que seamos en todo nuestro caminar consecuentes con esta vocación celestial, para que en todo lugar su nombre sea glorificado por causa de nosotros.

Lo que tenemos

No sólo hemos llegado a ser algo para Dios, sino que, además, el Señor nos ha dado dádivas, preciosas dádivas que adornan nuestra vida. Si el ser algo es un regalo maravilloso, el tener cosas de Dios, nos hace doblemente bienaventurados. Y he aquí que las cosas de Dios que nos son dadas en gracia son más altas que las de los hombres. He aquí algunas de ellas.

Tenemos, en primer lugar, la palabra de Dios. No es esta meramente la palabra escrita (el logos griego) –tesoro también invaluable–, sino la palabra hablada de Dios (el rhema), que tiene la capacidad de producir las cosas que dice, sea fe, sea esperanza, sea amor, sea libertad, sea victoria, etc. Es por esta palabra hablada de Dios que Él creó y sustenta todas las cosas (Heb.1:3;11:3); es la que produce el oír, que a su vez, genera la fe (Rom.10:17); es aquella con la que Señor santifica y lava a la iglesia (Ef.5:26), es aquella que es espíritu y vida (Jn.6:63). ¡Gracias a Dios por su Palabra!

También tenemos la fe. Cierta vez los discípulos, impresionados por los portentos realizados por el Señor, le dijeron: “Auméntanos la fe”. El Señor no les responde directamente, sino que les dice: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicómoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería” (Lc.17:5-6). Ellos no estaban en condiciones de entender esto. Más tarde, el apóstol Pablo se encargaría de enseñar que: “Así que la fe es (o viene) por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Rom.10:17).

El Señor tenía esa fe, no sólo porque era el Hijo de Dios, sino porque, en cuanto hombre, Él había hecho suya la palabra de Deuteronomio 8:3, que dice: “No sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”. La oración del Salmo 119 seguramente la había dicho muchas veces en la intimidad de su silencio. Sus largos retiros a los desiertos, en los días de su ministerio, y aun en los años previos, fueron invertidos en el estudio diligente de la Palabra de Dios. Sus ágiles y agudas respuestas a sus adversarios dan cuenta de un conocimiento profundo de las Escrituras.

Hoy a nosotros nos es dado entender cuál es el camino para una fe templada y poderosa. La fe no es un asunto de fabricación humana. La fe se nutre con las palabras de la fe (1ª Tim.4:6). El Señor les dijo a los discípulos en otra ocasión: “Tened fe en Dios” (Mr.11:22). Pero, en realidad, la traducción exacta es: “Tened fe de Dios”. Es la fe de Dios la única verdadera fe. Es esta la que, como dice Marcos 11:24, cree la cosas como ya hechas, para que lleguen a ser. Por eso, en varios pasajes se habla de la fe de Jesucristo y no de la fe en Jesucristo (Rom.3:22,26; Gál.2:16;2:20;3:22; Ef.3:12; Fil.3:9).

Otras de las cosas que nos han sido dadas en Cristo es el amor de Dios, el cual ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (Rom.5:5). El amor es el que nos hace uno con el Padre y el Hijo, y es el que hace uno a los diversos miembros del cuerpo que es la iglesia.

Y también está la esperanza. Nosotros antes no teníamos esperanza, pero ahora tenemos una esperanza que no avergüenza. Nuestro Dios es Dios de esperanza, quien nos hace abundar en ella por el poder del Espíritu Santo (Rom.15: 33). Nuestra esperanza es Cristo mismo (Col.1:27; 1ª Tim.1:1).

A su bendita Palabra, y a estas tres excelsas virtudes del Espíritu Santo que nos han sido dadas, debemos agregar en nuestra cuenta otras innumerables riquezas. Aunque vivimos como no teniendo nada, en realidad lo posemos todo (2ª Cor.6:10b).

Lo primero que tenemos es al Padre, por lo cual podemos decir: “¡Abba, Padre!” (Rom.8:15); tenemos también al Hijo y tenemos la vida (1ª Jn.5:12); “tenemos la Unción del Santo, y conocemos todas las cosas (1ª Jn.2:20); “tenemos las primicias del Espíritu” (Rom.8:23); en Cristo “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Ef.1:7); tenemos justicia y paz para con Dios (Rom.5:1).

Tenemos –por Cristo– “entrada al Padre (Ef.2:18), y a esta gracia en la cual estamos firmes” (Rom.5:1-2); tenemos abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1ª Jn.2:1); tenemos “un gran sumo sacerdote que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos” (Heb.4:14; 8:1); tenemos seguridad y acceso con confianza al Padre (Ef.3:12); tenemos libertad para entrar en el lugar santísimo por la sangre de Jesucristo” (Heb.10:19); por creer en Cristo tenemos vida eterna (Jn.5:24); En Él también tenemos herencia en los cielos” (Ef.1:11; Heb.10:34); Tenemos libertad en Cristo Jesús (Gál.2:4).

“Tenemos conocimiento” de Dios (1ª Cor.8:1); “Tenemos la mente de Cristo” (1ª Cor.2:16); tenemos en nosotros el testimonio que Dios ha dado respecto de su Hijo (1ª Jn.5:10); tenemos fe para la preservación del alma (Heb.10:39); tenemos un altar, del cual no tiene derecho de comer los que sirven al tabernáculo (Heb.13:10); tenemos el nombre de Jesús, por el cual se operan milagros y prodigios (Hch.3:6); tenemos esperanza en su retorno desde los cielos (1ª Jn.3:3); tenemos las peticiones que le hayamos hecho (1ª Jn.5:14-15); “tenemos de Dios una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” (2ª Cor.5:1); tenemos “preciosas y grandísimas promesas” (2ª Ped.1:4); y aún “tenemos abundancia”, y “en todas las cosas todo lo suficiente” (Fil.4:18; 2ª Cor.9:8).

Ahora bien, estas riquezas nos comprometen, así que hemos de darle el mejor uso: “Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado” (Mt.13:12). Y lo que tenemos, hemos de retenerlo hasta que él venga, para que ninguno tome nuestra corona (Ap.3:11).

Cuatro

LA OPERACIÓN DE LA GRACIA EN LOS CREYENTES

La gracia nos saca de la muerte una y otra vez

La gracia de Dios actúa desde nuestra muerte. Ella operó en nosotros cuando estábamos muertos, para que recibiésemos vida. Luego, hoy, actúa en nosotros los creyentes cuando aceptamos la muerte de nuestra alma. El apóstol Pablo nos enseña claramente que al ser incluidos en la muerte de Cristo, somos librados de nuestra antigua naturaleza llena de fracasos, y somos introducidos en la vida de resurrección en Cristo Jesús. Todo esto es por gracia. Para un creyente, la muerte de su alma se opera al aceptar la cruz, lo que significa aceptar el juicio de Dios sobre todo lo que procede de su vieja naturaleza. Entonces la gracia, a partir de la cruz, produce en nosotros un grato olor de Cristo (2ª Cor.2:15).

Cuando podemos ver lo inútiles que somos, es cuando estamos dispuestos a aceptar la sentencia de Dios sobre nosotros, que es el lugar de nuestra muerte en la cruz. Cada vez que bajamos, por decirlo así, a la muerte, damos lugar a Dios para que nos resucite. Abraham tuvo que bajar a la muerte de sus cien años para que pudiera nacer Isaac. Sara tuvo que bajar a la muerte de sus noventa años de esterilidad para que pudiera concebir según la promesa. Y luego, Isaac mismo tuvo que bajar a la muerte en Moriah, para que pudiese ser recibido en resurrección.

Toda vez que Dios quiere actuar en alguien y a través de alguien, debe llevarlo a la muerte primero. Entonces, y sólo entonces, podrán manifestarse las abundantes riquezas de su gracia. La muerte es el máximo de la debilidad. Nosotros, vez tras vez, somos llevados a la muerte en alguna área de nuestra vida, para que desde allí estemos dispuestos a depender exclusivamente de la gracia de Dios. Una vez será una cosa, y otra vez será otra, pero indefectiblemente fracasaremos hasta el límite de nuestras fuerzas, para que estemos dispuestos a decir: “Señor, si no me salvas, me muero”.

La gracia y la fe

La gracia es el regalo inmerecido de Dios concedido al hombre. Es el don ofrecido no en virtud de mérito alguno, sino en virtud del carácter de quien lo ofrece. No es por el merecimiento de quien lo recibe sino por la generosidad de quien lo da. La gracia es la mano extendida de Dios hacia el hombre para bendecir. (“Les das, recogen; abres tu mano, se sacian de bien”, Sal.105: 28). La fe, entretanto, es la mano del hombre alzada hacia Dios –flaca, débil, titubeante– que recibe la abundancia que se escurre de la mano generosa de Dios, como la miel dulce, como la mirra fragante.

La gracia simplemente se recibe

Pablo dice a los corintios: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1ª Cor.7:7). El Bautista dijo: “No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo” (Jn.3:27). Todas las cosas las hemos recibido, y de gracia. En Romanos 5 dice que la gracia de Dios fue manifestada por medio de Jesucristo, y que fue abundante (15); tanto, que hace posible que los que la reciban reinen en vida (17). ¿Qué quiere decir con esto?

En este pasaje se reúnen dos regalos de Dios: “la abundancia de la gracia” y “el don de la justicia”. De modo que los que reciben estos regalos reinan en vida. Ellos se mueven en esta vida como reyes, por cuanto les ha sido imputado gratuitamente el carácter justo de Dios (“la justicia de Dios”). Ellos reinan por el omnipotente poder de la gracia de Dios. Ellos pueden vivir una vida victoriosa, porque son reyes. Ellos ocupan un lugar de privilegio, porque han recibido el regalo abundante de Dios. Pero no son ellos, sino la gracia de Dios con ellos (1 Cor.15:10; Rom.15:18).

Romanos 5:17 es muy importante, porque nos aclara que la gracia de Dios se recibe. Y para ello es necesario reconocer nuestra incapacidad. Un hermano ha dicho que del mismo modo que una copa invertida no puede recibir agua, ninguna persona orgullosa puede recibir la gracia de Dios.

Pedro y Santiago dicen, citando a Proverbios: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”, y Santiago añade que a éstos (los humildes) “da mayor gracia” (1ª, 5:5b; y 4:6, respectivamente). Alguno pudiera haber que la recibe, pero de una manera tal, que es como si no la recibiese. Entonces, es como recibirla en vano, porque no da frutos (2ª Cor.6:1).

Moisés sobre el collado

Sin embargo, no es que la gracia sea mérito de Dios y la fe sea mérito del hombre, porque aun la fe es un regalo de Dios (Ef.2:9). De modo que no hay colaboración del hombre en esto. La mano del hombre se alza y se mantiene alzada por la gracia de Dios. Esto se asemeja al episodio de Moisés sobre el monte en la batalla contra Amalec (Ex.17:8-13).

Dios quiso que la batalla fuera ganada si Moisés sostenía sus manos en alto. Pero Moisés no puso sostener sus manos en alto por mucho tiempo. Fue necesario que otros se las sostuvieran, y que aun Moisés mismo fuera sostenido. Así que Moisés tuvo que sentarse (sobre una piedra), y sus manos fueron sostenidas por Aarón y Hur. Nada de Moisés estaba en ejercicio entonces, todo su ser descansaba mientras Israel vencía.

La fe que aplica la gracia a nuestra necesidad particular se apoya en la Roca, que es Cristo, y es sostenida en alto en medio de la asamblea de los santos. Nuestros hermanos son nuestros Aarón y Hur. Nosotros también colaboramos para que otros sostengan su fe en alto. Pero todo lo recibimos de Dios.

Gracia más fe = triunfo y gloria

En Juan 1:16 dice: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.” La vida cristiana consiste en esto: “gracia sobre gracia”. Para salir de nuestra estado caído –la muerte– fue necesaria la gracia de Dios. Para seguir sobreviviendo en la fe, en este Camino, es necesario recibirla de nuevo, una y otra vez.

En el Señor Jesús hay plenitud de gracia, y de esa plenitud tomamos todos. La gracia de este Hombre nos basta (Rom.5:15b). No hay gracia sino en Él; y ella no tiene límites. De modo que todas nuestras necesidades están suplidas de antemano por la gracia de Dios. Todo lo honesto, todo lo puro, todo lo que es de buen nombre es provisto por la gracia abundante de nuestro Señor.

La gracia es necesaria cada día. Una nueva porción cada día. Hebreos 12:14-15, nos enseña que el seguir la paz con todos y la santidad (sin la cual nadie verá al Señor), son necesarios para alcanzar la porción de gracia que necesitamos cada día. Sin ellas, surgirá la amargura de espíritu, que puede estorbarnos a nosotros, contaminar a otros, e impedirnos a todos echar mano a la provisión de Dios.

Cada porción de nueva gracia hace necesaria una nueva porción de fe. Así como se renueva la gracia cada mañana, se ha de renovar la fe cada mañana. Así se cumple Romanos 1:17 que dice: “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”. La expresión por fe y para fe puede ser traducido también como de fe en fe. La justicia de Dios se va revelando en un proceso continuo que requiere fe y más fe.

Luego dice: “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento” (2ª Cor.2:14). Así como la gracia sigue a la gracia, la fe sigue a la fe. Y así como la fe sigue a la fe, el triunfo sigue al triunfo. A la gracia, la fe; y a la fe, el triunfo, y esto, una y otra vez, en este orden. Un hombre de fe es un hombre de triunfos. Pero todo esto es por la gracia de Dios, que se renueva cada mañana, como la misericordia (Lam.3:22-23).

En 2ª Corintios 3:18 dice: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria, en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” La secuencia no acaba con el triunfo, porque aún el triunfo es un asunto que podría quedarse en la esfera de lo nuestro. Pero tenemos todavía la gloria. La gloria –sabemos– sólo le pertenece al Señor, de modo que en este punto, Dios recibe lo que a Él le pertenece.

Esta secuencia, que comienza con la gracia acaba con la gloria. La gracia que nos viene de Dios y la gloria que se dirige a Dios. Sólo lo que comienza en Dios puede traerle gloria a su nombre (ver 1ª Tim.3:16). De manera que la gracia y la fe traen consigo el triunfo, y también la gloria para el Señor, que es lo que en definitiva importa.

No bajo la ley, sino bajo la gracia

En Romanos 6 se habla muchas veces de “muerte”, “muerto” y “morir”. Pero ¡gracias a Dios! también se habla mucho de “resurrección”. La vida nueva no se introduce sino después que la antigua vida ha cesado. La resurrección no es posible sin que haya muerte primero. En Dios, por su gracia, cada vez que hay muerte, hay luego resurrección. Cristo murió y resucitó. Nosotros morimos y también resucitamos. Para que nazca el hombre nuevo, primero hubo de morir el hombre viejo.

Nuestro viejo hombre, que estuvo bajo la ley, fue crucificado, y sigue estando en la cruz. Pero en nosotros ha nacido otro, que vive por la gracia de Dios. Este hombre nuevo no puede ser tocado por el pecado, ni por la muerte, porque no es alcanzado por la ley. La ley decreta la muerte del pecador, y ya cumplió su fin en el hombre viejo. Pero el nuevo no muere más, porque la muerte no se enseñorea de él. El pecado va siempre antes de la muerte. De modo que si ya no muere, es porque ya no peca más.

El cristiano no está bajo la ley, sino bajo la gracia. ¿Qué significa esto? Un cristiano bajo la ley dice (bien que implícitamente): “Yo puedo, así que no necesito de Ti.” En cambio, un cristiano que está en la gracia dice: “Señor, yo necesito de Ti, porque no puedo”. Cuando el cristiano dice: “No puedo”, entonces el Señor dice: “Yo puedo”. Cuando el cristiano dice: “Yo puedo”, entonces el Señor guarda silencio, a la espera de que se le dé la oportunidad de intervenir.

El que está bajo la ley, cumple los mandamientos (o, más bien, trata) y luego se sienta a esperar su salario, como si fuese una deuda que Dios tiene con él. El que está en la gracia ya tiene su salario como de gracia, el cual es tenerle a Él como su Sostén y Gloria, y suficiente Ayudador.

En Lucas 17:7-9, el Señor cuenta el caso de un siervo (esclavo) que hace todo lo que se le ha mandado, al cual no se le da gracia (aquí, en griego, es “khárin”, es decir, “gracia”, no “gracias”). El siervo cumplió con todo lo que el amo le pidió, por tanto, él no necesita gracia, sino el salario. Este siervo está bajo la ley de la esclavitud, por eso ni siquiera recibe salario por sus obras (¿qué esclavo lo recibe?). Así también, todo el que hace obras no espera en la gracia, sino que espera el salario que cree que merecen sus obras, salario que, en realidad, no recibirá, porque sus obras son de muerte. “Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Rom.4:4-5). Nosotros no vinimos a Dios como el esclavo reclamando un vano salario de muerte por nuestras obras, sino que vinimos buscando un salario de gracia, el cual es la bendita justicia de Dios, que justifica al impío.

El que está en la gracia apega su corazón a Dios todo el tiempo para no caer en la maldición de sus propias obras, viciadas por su corazón rebelde. Sabe que, teniendo sus manos extendidas hacia Dios como un niño destetado (Sal.131:2), como los centinelas a la mañana (Sal.130:6), como los ojos de los siervos miran a la mano de sus señores (Sal.123:2), no caerá.

El fracaso del yo

Romanos capítulo 7 es la porción del Nuevo Testamento en que más se repite la palabra “yo”, “mí” y “me”. Y es aquí precisamente donde el yo muestra todo su fracaso e impotencia para agradar a Dios: “No hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”, “Yo sé que en mí ... no mora el bien ...” “el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” “... el mal está en mí”. Es el panorama más oscuro en todo el Nuevo Testamento, porque aquí y hasta el versículo 24, no interviene Dios, a no ser para introducir la ley, con sus sabidas consecuencias.

El fin es el mismo que tuvo Nabucodonosor, quien, en su necedad, decía: “¿No es esta la Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad” (Dn.4:30). Es el hombre natural quien presume de su poder y de su grandeza, para luego del juicio de Dios caer en la más abyecta postración (Dn.4:33). Y Nabucodonosor no se pudo levantar por sí mismo.

Lo mismo ocurre en Romanos 7, donde el creyente, mediante sus fracasos, llega a comprobar la impotencia de la carne para agradar a Dios. En el creyente, ese fracaso es el umbral de la victoria, porque luego viene el descubrimiento de que Dios, en su gracia, ha provisto una poderosa ley, la del espíritu de vida en Cristo Jesús, que le libra de la ley del pecado y de la muerte. Todo hombre es un Nabucodonosor caído al que tiene que levantar Dios; si no, no se levanta. Cuando las cosas se centran en el hombre, hay ruina. Cuando Dios está fuera, entonces no hay esperanza. Pero, ¡gracias a Dios! que no está fuera, sino muy cerca, muy dentro de nosotros, para darnos la victoria cada día.

El poder de la gracia

En griego, lo mismo que en castellano, la palabra “gracia” y la palabra “gracias” son muy parecidas, porque, en el caso del griego, ambas derivan de “kháris”. Sin embargo, hay diferencias. Por ejemplo, en Filipenses 1:3 dice: “Doy gracias (“eukharisto”) a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros.” En Colosenses 1:3 dice: “Siempre orando por vosotros, damos gracias (“eukharistoimen”) a Dios ...”; Filemón 4 dice: “Doy gracias (“eukharisto”) a mi Dios, haciendo siempre memoria de ti en mis oraciones.”

Sin embargo, hay otras expresiones de gratitud en el Nuevo Testamento en las que no se usa “eukharisto” sino “kháris” (gracia), y esto tiene, a nuestro entender, una profunda significación, porque van ubicadas en lugares muy estratégicos.

La primera está ubicada en Romanos 6:17. En todo el capítulo 6 el apóstol ha estado exponiendo cómo el Señor ha hecho para liberarnos del pecado, incluyéndonos en su muerte y en su resurrección, para que ya no sirvamos al pecado. Al llegar el versículo 17, el apóstol prorrumpe en alabanza por la gracia de Dios, que ha provisto tal salida al problema del pecado. La versión Reina-Valera, como otras, lo traduce así: “Pero gracias (kháris) a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido ... y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Rom.6:17-18).

En Romanos 7:7-24 el apóstol discurre acerca de la impotencia de la carne para cumplir la ley y agradar a Dios. Entonces, luego de exclamar: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte!”, agrega: “Gracias (kháris) doy a Dios” por Jesucristo Señor nuestro” (7:25).

En 1ª Corintios 15 se habla de la resurrección de los muertos, y al finalizar el capítulo, Pablo exclama: “Mas gracias (kháris) sean dadas a Dios” que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (57).

En 2ª Corintios, el apóstol está hablando de la tribulación y angustia, de la desazón que le produjo el no haber hallado al hermano Tito. Entonces exclama: “Mas a Dios gracias (kháris), el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús ...” (2:14).

En 2ª Corintios capítulos 8 y 9, el apóstol cuenta acerca de las ofrendas que los hermanos de Macedonia han preparado para los santos pobres de Jerusalén y de cómo los corintios pueden hacerse partícipes de esta gracia. Entonces, al concluir, Pablo exclama: “¡Gracias (kháris) a Dios por su don inefable!” (9:15).

En 1ª Timoteo, Pablo comienza a advertir a Timoteo acerca de las falsas doctrinas, y exclama: “Doy gracias (kháris) a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel ...” (1:12).

En 2ª Timoteo 1:3 dice: “Doy gracias (kháris) a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia ...”

En todos estos versículos, el Nuevo Testamento Interlineal de Francisco Lacueva traduce la expresión “kháris” con la palabra gracia, con la s entre paréntesis: “Mas gracia(s) ...” etc. ¿Qué significa este “gracia(s)”? Es que aquí no se trata meramente de una acción de gracias (en tal caso habría usado “eukharistos”), sino que es por la gracia de Dios que se han recibido las bendiciones de las cuales se habla. No es una mera acción de gracias, sino una invocación exultante a la gracia de Dios, por la cual, una y otra vez, se recibe socorro de lo alto para suplir toda necesidad.

¡De modo que debemos dar gracias a Dios por la abundante gracia que nos ha sido dada en Cristo, esto es, el poder de Dios a nuestra disposición!

“Bástate mi gracia”

Pablo tenía una debilidad en su cuerpo, y él pidió para que el Señor se la quitara. El no quería ser débil, no quería llevar en su cuerpo esa marca de humillación. Pablo era el apóstol que había recibido las revelaciones más grandes, entonces él no quería arrastrar con un peso de muerte en su cuerpo. Tres veces oró por ello y entonces tuvo una respuesta del Señor. La respuesta fue clara: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.” Esta es la mejor definición de la gracia actuante: el poder de Dios perfeccionándose en la debilidad del hombre. Esto significaba que en Pablo deberían coexistir la debilidad y el poder.

La gracia de Dios encuentra en la debilidad del cristiano ocasión para manifestarse. Pablo quería ser un cristiano poderoso. Pablo quería ser un apóstol lleno del Espíritu (por dentro) y lleno de gloria (por fuera). Quería tener el tesoro adentro y también afuera. Pero él tuvo que aceptar que el tesoro tiene que ir en un vaso de barro. El quería tener la riqueza de Cristo adentro y también asomándose afuera en un cuerpo perfecto y sin flaquezas. Pero él debería conformarse con la gracia de Dios, la cual se manifiesta en la debilidad del alma y del cuerpo.

La estampa no hace a un siervo de Dios. El Señor no la tuvo, Pablo no la tuvo, y ningún cristiano necesita tenerla.

El trono de la gracia

Hebreos 4:15-16 dice: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” Resulta, por lo menos, extraña la expresión “trono de la gracia”. “Trono” es símbolo de poder, y “gracia” es el favor inmerecido de Dios. Entonces, trono de gracia reúne dos elementos bien distintos – aun contrarios –, pero que de alguna manera y por alguna razón están juntos.

Lo primero que tenemos que ver aquí es que hay un rey. Si hay un trono entonces hay un rey. Y este es, precisamente, el trono de Dios, establecido en la cima del universo. Luego, tenemos un sumo sacerdote, que es el mismo que está sentado en el trono, el Señor Jesucristo. Es, por tanto, un sacerdote-rey, un sacerdote que, a diferencia de los que eran establecidos en la ley de Moisés, tiene un sacerdocio inmutable, porque venció la muerte. Es un sacerdote no establecido según el orden de Leví (de la ley mosaica), sino según el orden de Melquisedec, y por el poder de una vida indestructible, que “puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb.7:25).

Ahora bien, siendo tan alto este sumo sacerdote y rey, no está lejano ni es insensible a nuestros problemas, porque Él fue hecho semejante a nosotros, y fue tentado en todo según nuestra semejanza. Él estuvo en un cuerpo de carne y sufrió nuestros dolores. Habiendo estado, entonces, en nuestra condición, pero siendo eterno, Él es fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere para salvarnos eternamente. Por eso Él está allí “viviendo siempre para interceder por ellos”. Por tanto, ¡aleluya! podemos acercarnos confiadamente a su trono de gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.

Nosotros estamos todavía en un cuerpo de carne, y, por tanto, padecemos necesidad, tenemos angustias y nos sentimos impotentes. Entonces necesitamos alcanzar misericordia. Por otro lado, nosotros también solemos pecar, y nos embargan entonces sentimientos de culpabilidad, y de impotencia para agradar a Dios. Entonces necesitamos hallar gracia para el oportuno socorro. Y es aquí que el Señor Jesucristo asume, además, el papel de un abogado.

En 1ª Juan 2:1 se nos dice que el Señor Jesucristo es nuestro Abogado para con el Padre. Como abogado es quien defiende nuestra causa día y noche. No sólo es rey y sumo sacerdote, sino que también es Abogado “si hubiéremos pecado”. Y un abogado es una persona que se pone a favor del culpable para interceder por él. No es como el fiscal que lo acusa (nosotros sabemos quién es el fiscal en este caso), sino que es quien utiliza todo su conocimiento en las leyes para favorecerlo.

¡Oh, bendito Señor nuestro, ayer en Galilea, un Siervo humilde, luego en la cruz, un Cordero sufriente, y hoy, entronizado, exaltado Rey, pero también Sumo Sacerdote nuestro y Abogado, atento a nuestros dolores y necesidades! ¿Podremos dudar en acudir cada vez que lo necesitemos, al trono de la gracia, si tenemos allí a Uno que nos ama así? Su amor no ha variado desde aquel día que decidió beber la copa amarga por causa de nosotros. El mismo amor derramado en la cruz es el que hoy expone nuestra causa delante del Juez justo. No importan cuáles sean nuestras debilidades, ni cuáles nuestros pecados; no importa cuántas veces le hayamos fallado ni hasta qué punto. Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Él es fiel y justo para fortalecernos con el poder de su fuerza. Él es fiel y justo para sostenernos en el día malo. ¡Aleluya!

Guardados por la gracia

Hay un aspecto formal en las epístolas que llama la atención. Sin duda alguna, es más que un aspecto formal, porque tiene un profundo sentido espiritual. Y es que prácticamente todas las epístolas comienzan y terminan con deseos de gracia (sólo se exceptúan Santiago, 1ª y 3ª de Juan). En estos saludos y despedidas el vocablo que aparece todas las veces es gracia (35 veces), luego está paz (18 veces), y amor (2 veces). ¿Qué significa la reiteración de la palabra “gracia”?

Tal como Pablo encomienda a los hermanos recién convertidos a la gracia de Dios, y a los ancianos de Éfeso a la palabra de su gracia para ser edificados (Hech. 20:32), así también los escritores de estas epístolas encomendaban a los hermanos a la gracia de Dios, expresándolo como un buen deseo, en realidad, como el mejor buen deseo. Sabían que, a menos que la gracia de Dios los guardase, ellos podían ser confundidos, y desestabilizados de la fe.

Hoy nosotros precisamos orar unos por otros para que la gracia sea con nosotros, y más aun, que nos sea multiplicada, y que nos guarde. Vivimos tiempos peligrosos y en éstos se hace imprescindible echar mano a la provisión de Dios, sin descuidarnos en ningún momento.

Cinco

VIVIENDO LA GRACIA

La gracia de Dios nos ha favorecido, y el propósito de esto es que otros también sean favorecidos con ella a través de nosotros.

¿Cómo se ha de reflejar en nosotros la gracia de Dios? Habiendo recibido tales dones de nuestro Dios, ¿cómo ellos trascienden a nuestro caminar diario? ¿Qué tipo de conducta se espera de quienes han alcanzado la gracia de Dios?

Hemos de dejar establecido que la conducta que se demanda de los creyentes es de alta calidad. Es una conducta semejante a la que el Señor tuvo en la tierra. “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1ª Jn.2:6). Toda conducta es consecuencia de lo que el hombre es. Por tanto la calidad de ella dependerá de la calidad de la vida que cada uno ha recibido. La vida natural está muy por debajo de la calidad de la vida de Dios, de manera que, habitando Dios por su Espíritu en nuestros corazones, es inevitable vivir este otro tipo de vida.

Pero también hemos de dejar claro que este nivel de conducta no es producto humano. No es fruto del esfuerzo ni siquiera de los renacidos. Necesariamente es el fruto de la vida eterna que tienen en su interior los cristianos.

El problema, entonces, es cómo hacer para que Dios viva su vida en nosotros. Dios actúa sólo cuando nosotros se lo permitimos. Este es el primer punto. Dios es la Persona más respetuosa del universo. Él respeta nuestra voluntad y nuestros afectos. De manera que si queremos vivir este tipo de vida hemos de pedírselo a Dios y hemos de dar lugar para que Él lo haga. De hecho, Él lo quiere hacer, pero no lo hará si no se lo permitimos.

Si no estamos viviendo este tipo de vida, es porque nosotros hemos sido remisos a aceptar que Él actúe en nosotros. De manera que si no estamos viviendo así, no está la causa en Dios sino en nosotros. Somos responsables de lo que somos hoy. Dios no es responsable de lo poco que somos hoy o de lo mucho que somos. Lo somos nosotros, porque la gracia de Dios ya fue derramada; sus dones de poder, amor y dominio propio ya están en nuestro corazón. Estamos equipados para dar la batalla. Dios hizo todo lo que debía hacer. Ahora nos corresponde a nosotros.

Veremos, pues, algunos rasgos de esta vida que Dios ha derramado en nosotros, y cómo se expresa en la conducta de un creyente.

Ágape

En el griego hay cuatro palabras para expresar amor. Ellas son: eros, storge, philía y ágape. Para la comprensión de lo que es verdaderamente el amor como virtud cristiana, haremos una breve reseña del significado de cada una.

Eros denota principalmente el amor entre los sexos, más una pasión que amor verdadero. Esta palabra no aparece en el Nuevo Testamento. Storge tiene que ver especialmente con los afectos familiares. Esta palabra tampoco se encuentra en el Nuevo Testamento, excepto un adjetivo derivado: “philostorgos”, que se traduce como “afecto sincero” (Rom. 12:10, VM). Philía encierra la idea de afectuoso reconocimiento y puede usarse respecto del amor entre amigos y esposos. La mejor traducción para esta palabra es “aprecio”.

En realidad, no hay ninguna virtud en amar de estas tres maneras, porque es un afecto natural, y que no excede a aquellos que están comprendidos en nuestro círculo más íntimo. Pero el ágape va más allá.

Ágape es la palabra más común en el Nuevo Testamento e indica el amor cristiano, es decir, el amor que se extiende hasta el prójimo, sea amigo o enemigo, y aún al mundo entero. Ágape no es una mera emoción o sentimiento, porque abarca principalmente nuestra mente y nuestra voluntad.

El ágape no es posible para el hombre natural; es necesariamente fruto del Espíritu Santo (Gál.5:22). Es el amor que nos puede hacer perfectos como Dios es perfecto (Mt.5:43-48). Este es el amor de Dios, expresión de su gracia admirable, y que une al Padre y al Hijo, y a nosotros con ellos. Es un amor que va hasta el sacrificio, que es inmerecido, misericordioso, y que también nos disciplina.

Pero es también el amor que se manifiesta entre los creyentes, y que envuelve todas las relaciones de los hijos de Dios. Este amor es vivido en el hogar y es percibido aún desde afuera. Abarca al prójimo, y aun a los enemigos. La más perfecta descripción de este amor está dada en 1ª Corintios 13:1-13.

De manera que la primera y gran característica de la vida de Dios en la conducta de un creyente es el amor “ágape”.

Éleos

“Éleos” es traducida normalmente como misericordia. Nosotros somos un pueblo que alcanzó misericordia (1ª Ped.2: 10), y que cada día continúa alcanzando misericordia (Heb.4:16). Por tanto, ella también ha de regir nuestra conducta. Un padre tiene amor por su hijo, pero también tiene misericordia, es decir, compasión por él. Lo ve débil, indefenso y necesitado, entonces busca apoyarle. Eso es misericordia. Pero este mismo padre puede ver a hijos de otros padres estar en una situación similar a la de su hijo y no sentir misericordia. Eso ocurre porque la misericordia es un afecto natural. Sin embargo, la misericordia que nosotros hemos recibido es proveniente del cielo, y, por tanto, superior a toda otra misericordia.

En Romanos 12 se mencionan los dones de gracia, y entre ellos está el hacer misericordia. De manera que no es un asunto menor el que nos ocupemos de esto. Si hemos recibido misericordia, estamos en condiciones de darla.

La misericordia, como hemos dicho más atrás, es la compasión que se manifiesta hacia quien tiene necesidad y sufre por ello. En Romanos 12:8 dice: “El que hace misericordia, con alegría”. El hacer misericordia podría hacer sentir a quien la da como superior a quien la recibe. De hecho, es así con respecto a Dios y nosotros. Cuando Dios ha tenido misericordia de nosotros su misericordia ha seguido una dirección de verticalidad, desde arriba hacia abajo. Porque Él es Dios arriba y nosotros somos hombres aquí abajo. Pero esto no es así entre los hijos de Dios.

Dios nunca podría ser objeto de nuestra misericordia, pero nosotros todos, aún el que menos necesita, podría llegar a ser objeto de misericordia. Por eso la palabra dice: “con alegría”. No es con actitud de suficiencia, ni de superioridad, sino con alegría, porque Dios ha querido que tú puedas servir a tu hermano necesitado, y porque el dar es más bienaventurado que el recibir. Pero cuidando de ti mismo, no envaneciéndote, no sea que mañana tú mismo necesites del hermano al cual hoy estás sirviendo.

En Colosenses 3:12, la misericordia es “entrañable misericordia”. Las entrañas entran en juego cuando un afecto es profundo, cuando no es una mera profesión de labios. Se da cuando en él está involucrado todo el ser.

En este pasaje, la misericordia va seguida de otras virtudes muy afines a ella: la benignidad, la humildad, la mansedumbre y la paciencia. La misericordia debe ser complementada, y todas estas virtudes dan cuenta de un carácter que ha probado la cruz, en el cual el hombre natural está bajo control. La benignidad es la bondad, la indulgencia, es el trato suave. La humildad es la virtud que resulta de la conciencia de nuestra bajeza. La mansedumbre es la docilidad de quien ha sido domado, y la paciencia es la que soporta la espera y sobrelleva el sufrimiento.

La misericordia posee otra cualidad que tiene que ver con el juicio: “La misericordia triunfa sobre el juicio” (Stgo.2:13b). La misericordia vence al juicio, porque se compadece de quien está siendo objeto de juicio. Y cuando es necesario aplicar juicio (porque es necesario que lo haya en la casa de Dios), la misericordia suaviza el juicio. Esta es una misericordia con temor, porque no podemos contaminarnos con los pecados ajenos, y porque nosotros también podemos llegar a ser objeto de esa misma misericordia. “El que piensa estar firme, mire que no caiga” (1ª Cor.10:12).

Epieikes

Hay una forma de conducta que la gracia de Dios realiza en nosotros, y que en el Nuevo Testamento griego se encierra en el vocablo “epieikes”. Este vocablo aparece en los siguientes versículos: “Yo Pablo os ruego por la mansedumbre y ternura de Cristo ... “ (2ª Cor.10:1a); “Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres” (Fil.4:5); “... no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible ...” (1ª Tim.3:3); “Que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres” (Tit.3:2). Estas cuatro palabras (en cursiva) son traducción del “epieikes” griego, y reflejan un cierto tipo de conducta cristiana. Otras versiones la traducen como “dulzura”, “mansedumbre”, “apacible” (dos veces) (VM); o como “benignidad”, “mesura”, “moderado”, “apacible” (BJ).

En el mundo no existe “epieikes”. En nosotros mismos tampoco. Es sólo en Cristo que nosotros la tenemos. Ese carácter dulce, manso, apacible, no es de factura humana, por eso mismo ¡cuán deseable es! Un hijo de Dios, que camina delante de Dios, puede conducirse así, no sólo con los de trato afable, sino también con los de trato difícil.

El mundo corre desesperado, y en su miseria espiritual no tiene gestos de nobleza. Una sonrisa amable, una respuesta apacible, una reacción mansa, son especialmente gratas en el convulsionado mundo en que vivimos, y los que tenemos al Señor podemos darlas. ¿No son ellos hechura de Dios, y sin embargo, ¡tan desdichados al no conocerle!? ¿No son dignos de compasión y de que sobrellevemos sus violencias verbales, sus gestos adustos, y de que a cambio de ellos les mostremos “epieikes”?

Gracia para el servicio en la casa de Dios

Pablo fue objeto de la gracia de Dios y así lo reconoce una y otra vez. Fue constituido apóstol por la gracia de Dios: “Por la gracia que de Dios me es dada para ser ministro de Jesucristo a los gentiles” (Rom.15:15-16), “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia ...” (Gál.1:15). Esta gracia ha hecho de él un perito arquitecto para la obra de Dios (1ª Cor.3:10). “Digo, pues, por la gracia que me es dada ...” (Rom.12:3), Pablo, al resumir en una sola expresión cuál ha sido la clave de su servicio, dijo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos (los otros apóstoles); pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1ª Cor.15:10). Los apóstoles, en Jerusalén, reconocieron la gracia que le había sido dada a Pablo (Gál.2:9).

En el momento de explicar el origen de su sabiduría, Pablo se remite a la “gracia de Dios que me dada para con vosotros”, “al don de la gracia de Dios” (Ef.3:2,7). Ello también le ha capacitado para ser anunciador de esa gracia, vocero, heraldo (Ef.3:8). La gracia de Dios regía también su caminar en el mundo, el cual era con sencillez y sinceridad de Dios (2ª Cor.1:12).

Cuando vio amenazada la gracia de Dios en las iglesias de Galacia, escribió con mucha vehemencia la epístola que todos conocemos. Es ella la que irradia más fuerza que todas, porque estaba en juego la doctrina angular de la vida cristiana. “¡No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces, por demás murió Cristo!”, exclama categórico (Gál.2:21).

Sin la gracia de Dios no hay estas cosas. Pablo fue encomendado a la gracia de Dios para su obra apostólica (Hch.14:26; 15:40), y Pablo mismo encomienda a la palabra de la gracia a los ancianos de Efeso (Hch.20:32). Los hermanos de Antioquía (de Pisidia) fueron persuadidos por los apóstoles “a que perseverasen en la gracia de Dios” (Hch. 13:43).

La gracia de Dios se ha manifestado también en dones para el servicio. En unos para profetizar, en otros para servir, en otros para enseñar, en otros para exhortar, en otros para repartir, para presidir, para hacer misericordia (Rom.12:6-8). Como la gracia de Dios se ha expresado en dones, entonces es preciso ministrar esos dones a los hermanos “como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguna habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da; para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo ...” (1ª Ped.4:10-11).

De modo que la gracia no fue concedida para desempeñar un ministerio especial, como a Pablo, por ser un siervo escogido. No; es también para todos nosotros. A los filipenses, Pablo decía: “Todos vosotros sois participantes conmigo de la gracia” (1:7). A los efesios también les dice: “Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo” (Ef.4:7). ¿El objetivo de esta gracia? Andar como es digno de la vocación con que fuimos llamados. Esto es, soportarnos con paciencia y en amor, guardar la unidad, y colaborar en la obra de Dios.

La gracia ha de regir nuestra conducta en medio de los santos. No maledicencias, ni malicia, ni truhanerías, ni palabras deshonestas, ni necedades, sino –como Pablo dice a los efesios– “la (palabra) que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Ef.4: 29). O, como dice a los colosenses: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” (4:6).

La gracia de los macedonios

En Malaquías 3:8-12 encontramos al Señor litigando con Israel por causa de los diezmos y ofrendas. Ellos no sólo se habían mostrado incapaces de cumplir la ley más alta, por decir así, los diez mandamientos, también se habían mostrado incapaces con respecto a las cosas prácticas. Y entonces, las palabras del Señor se vuelven duras, porque caen sobre corazones duros.

Sin embargo, en 2ª Corintios 8 y 9 vemos un lenguaje muy diferente. Aquí podemos comprobar cómo estos asuntos son tratados bajo la gracia.

En efecto, Pablo cuenta a los corintios acerca de la gracia de Dios se había dado a las iglesias vecinas de Macedonia, “que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad” (8:2). Ellos abundaban en muchas otras gracias, tales como la fe, la palabra, la ciencia, la solicitud, el amor hacia los apóstoles. Ahora ellos tienen la oportunidad de abundar en esta gracia particular que es el ofrendar (8:7).

Los hermanos de Macedonia habían recibido la gracia de ofrendar generosamente para los hermanos pobres que había en Jerusalén. Es tan notorio y asombroso esto, que Pablo dice: “Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas, pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos”(3-4).

El ejemplo es Cristo mismo: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.” El Señor dejó una posición de privilegio (“siendo rico”) para tomar forma de siervo (“se hizo pobre”). El mismo principio ha de aplicarse en nosotros cuando ofrendamos para los santos. No es que para otros deba haber holgura (riqueza) y para nosotros escasez (pobreza), sino para que la abundancia (riqueza) nuestra supla la escasez (pobreza) de otros, y para que –a la inversa– la abundancia de otros supla la escasez nuestra. El principio es la igualdad, para que se cumpla lo que está escrito: “El que recogió mucho no tuvo más; y el que poco, no tuvo menos” (8:15)

Podemos notar claramente el contraste entre Malaquías y 2ª Corintios. Allá está la ley, acá está la gracia (seis veces se menciona la palabra “gracia” en 2ª Cor.8 y 9). Allá había reprensión y maldición; aquí hay alabanza, generosidad y gozo. En Corintios no encontramos obligatoriedad, sino gracia. No hay ley, sino una exhortación para preparar la generosidad antes prometida. No la voluntad obligada, sino “la voluntad dispuesta” (8:12).

La entrega de los diezmos y ofrendas no es un asunto de solvencia económica. No es quien más tiene quien puede diezmar y ofrendar mejor, sino el que ha experimentado las riquezas de la gracia de Dios en este respecto. Los ricos pueden diezmar y ofrendar, y los pobres también pueden diezmar y ofrendar. Esta gracia hay que sumarla a las demás gracias ya recibidas, para “abundar en riquezas de generosidad”, y para que así se eleven muchas acciones de gracias a Dios (9:12).

La gracia para con los de afuera

La gracia conlleva, humanamente hablando, un elemento de injusticia, no porque dé menos de lo que debe, sino al contrario, porque da más de lo que uno merece. Es una injusticia que favorece más allá de los méritos de quien la recibe. Es así, como hemos visto, en la parábola de los obreros de la viña (Mt.20:1-15), donde la generosidad del padre de familia es la base de sus relaciones con los obreros. Es así también en la parábola del hijo pródigo, en que la acción final es producto de la gracia del padre hacia su hijo necio (Lc.15:11-32).

La gracia hace posible vivir un tipo de vida imposible para la carne. El Señor dice: “Pues si amáis a los que os aman ¿qué gracia tenéis? Porque los pecadores también aman a los que los aman a ellos. Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué gracia tenéis? Porque aun los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué gracia tenéis? Porque pecadores también prestan a pecadores, para volver a recibir otro tanto (Lc.6:32-34, VM). Estas tres acciones van mucho más allá que las acciones por conveniencia. Es amar a quien no nos puede amar y favorecer a quien no nos puede favorecer, lo cual es, en definitiva, lo mismo que hace Dios con nosotros. Afuera se vive bajo la ley de las reciprocidades y las conveniencias; pero los hijos de Dios viven bajo los principios de la gracia.

La gracia también nos capacita para sufrir las injusticias. En 1ª Pedro 2:19 dice: “Porque esto merece aprobación, si alguno a causa de la conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente.” (Literalmente: “Porque esto es gracia, si a causa de la conciencia de Dios soporta alguien molestias padeciendo injustamente”). Es decir, la gracia de Dios se manifiesta en nosotros cuando soportamos la injusticia.

Soportar una injusticia no es fácil, al contrario, es motivo de una furibunda y exaltada defensa. El hombre natural se duele profundamente con la injusticia, y no la puede soportar. Sin embargo, lo que es difícil para la carne es fácil para el creyente espiritual, porque cuenta con los recursos de la gracia. “Esto es gracia”, dice el apóstol, y ella debe regir nuestra conducta con los de afuera. En Filipenses 1:29 dice: “Pues a vosotros se os ha concedido la gracia de que por Cristo ... no sólo ... creáis en él, sino también que padezcáis por él.” (BJ).

La fuerza de la gracia

Pablo dice a Timoteo: “Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús” (2ª,2:1). Esta exhortación de Pablo pudiera parecer un llamado a la acción del hombre en sus fuerzas, como complementando la gracia de Dios. Sin embargo, y como para aclararnos su sentido, aún resuenan en nosotros aquellas palabras de Pablo: “He trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”.

¿Cuál es la mira del que trabaja en la gracia de Dios? Y ¿cuál es la mira del que trabaja confiando en sus fuerzas? Quien trabaja y se esfuerza en la gracia de Dios se sabe sólo instrumento y no dueño de la obra. No busca imponer sus ideas, sus métodos o estrategias, porque sabe que Dios puede obrar al margen de sus ideas, métodos y estrategias. Quien trabaja en la gracia de Dios ha abandonado toda justicia propia y toda confianza en la carne para servir a Dios en espíritu (Fil.3:3). ¿Cómo podría actuar independientemente de su Señor, después de haber fracasado una y otra vez?

Quien trabaja confiando en sus fuerzas tiene buena opinión de sí mismo, y piensa que todos deben abrirle paso porque tiene que hacer una obra que asombrará al mundo. Él tiene mucho que decir en la obra de Dios, y que nada será igual después que él actúe. Quien confía en sus fuerzas no busca los frutos eternos, invisibles al presente, en sencillez y modestia, sino que busca resultados concretos, estadísticas que exhibir y éxitos que enumerar.

Esforzarse en la gracia es ir detrás del Señor, adonde Él guíe, como Él quiera, en las circunstancias que Él decida, buscando el qué y el cómo de Dios con toda humildad. Sin cesar, pero sin arrogancia; sin aspavientos, pero con constante solicitud; sin astucias de la carne, antes bien, con armas de justicia a diestra y siniestra. Aceptando el oprobio, sufriendo el agravio, sobrellevando a los débiles. Esforzarse en la gracia es saber que los días son malos, y que hay que redimir el tiempo, que sólo se puede trabajar mientras el día dura, y que la noche se acerca en la cual nadie podrá obrar. Esforzarse en la gracia es vivir cada día como si fuese el último de nuestra vida.

5ª Parte

ADVERTENCIAS ACERCA DE LA GRACIA

La bondad y la severidad de Dios

Como hemos visto, Dios es bueno, infinitamente bueno, pero he aquí que también es severo. La bondad de Dios se manifiesta hacia aquellos que reconocen su pobreza y reciben las abundantes riquezas de su gracia. La severidad de Dios se manifiesta hacia aquellos que confían en sí mismos y creen poder agradar a Dios por medio de sus obras de muerte, que son las obras de la ley. A los únicos a quienes el Señor no pudo dar de su gracia fue a aquellos que, como el joven rico, tenían su propia justicia (Rom.11:22).

Las ramas del buen olivo fueron desgajadas por la incredulidad; las ramas del olivo silvestre fueron injertadas por la fe. Por fe recibieron las riquezas de Dios y por fe permanecen en la bondad de Dios.

La incredulidad tiene su asiento en un corazón de piedra. La fe, en cambio, tiene su asiento en un corazón hecho nuevo, un corazón de carne. Con el corazón no arrepentido, Dios es severo; con el corazón de carne, Dios es bondadoso. Al soberbio mira de lejos; al que se humilla, acoge en sus brazos.

Quienes desconfían de sí mismos y buscan agradar a Dios en las fuerzas de Él, permanecen en la bondad de Dios. En cambio, quienes se aman a sí mismos, y se glorían en sus esfuerzos, buscando establecer su propia justicia, permanecen en la severidad de Dios.

La gracia nos limpia de la justicia propia ...

La gracia de Dios hace evidente la inutilidad del hombre. La soberbia es abatida y la presunción es burlada. La tremenda capacidad del hombre para emprender cosas, para buscar solución por sí mismo a los problemas, para arreglárselas por sus medios, queda de lado. La inteligencia del hombre no le puede salvar, sus variados recursos tampoco. Así que no le queda otra opción que la de declararse torpe e inútil, vacío de toda competencia, y allegarse en busca del socorro de lo alto.

Luego, una vez salvos y recuperados para Dios, el saber que no podemos hacer nada separados de Él, que si podemos hacer una obra no es nuestra, sino de la gracia de Dios en nosotros, el comprobar que lo más propio de nuestra naturaleza es la muerte y no la vida, eso nos sigue humillando, y sigue haciendo vana toda gloria nuestra.

... Pero no nos exime de nuestra responsabilidad

La gracia nos limpia de la justicia propia, pero no nos exime de nuestra responsabilidad. Si no fuera el hombre responsable por sus actos, no abundarían en la Escritura las santas admoniciones para los hijos de Dios. Si el hombre no fuera responsable tampoco existiría tribunal, ni juicio, ni lago de fuego.

La gracia, junto con hacernos bienaventurados, y poner a nuestro alcances los recursos divinos, nos hace responsables del uso que hacemos de ellos. Romanos 11:29 dice que los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables. Sin embargo, eso no asegura que el uso que se haga de esos dones sea el correcto. Y tampoco asegura que el beneficiado con ellos no vaya a recibir, en aquel día, una fuerte reprensión, y tal vez muchos azotes por no haber hecho lo que el Señor quería. ¡Que el Señor tenga de nosotros misericordia para que hagamos de tal modo que la gracia recibida no nos sea motivo de lloro mañana!

Cayendo de la gracia

La gracia nos une a Cristo, en cambio la ley nos une a Moisés. “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Jn.1:17). Los judíos rechazaron a Cristo, en cambio, apreciaban a Moisés (Jn.9:28). Cuando nos volvemos a la ley, caemos de la gracia y nos desligamos de Cristo: “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gál.5:4). La ley no abarca sólo los diez mandamientos. La ley es todo un sistema de obras que se ampara en los esfuerzos del hombre para intentar aparecer justo delante de Dios. La ley hace nula la gracia de Dios. Si la ley fuese el camino perfecto, por demás habría muerto Cristo en la cruz. Sabemos que la ley fue apenas nuestro ayo que nos llevó a Cristo (Gál.3:24).

Muchos hay que aceptan la salvación de Dios por gracia y por la fe en Cristo. Reconocen que llegaron a Dios en el límite de sus fuerzas, y que en ese momento no tenían otra opción. Sin embargo, al recibir la vida de Dios, ellos comienzan a sentirse bien y suficientemente fuertes como para hacer las cosas sin necesidad de depender del todo de Dios. Ellos valoran la vida de Dios que tienen dentro, pero valoran también sus capacidades. Ambos –Dios y ellos– hacen una buena dupla, capaz de vencer los mayores obstáculos.

Sin embargo, después de un período –que puede ser breve o largo– ellos van llegando a la convicción, si es que han recibido alguna luz de parte de Dios para examinar sus obras, de que lo han echado todo a perder. Que cuando más esfuerzos han hecho por agradar a Dios, peores han sido los resultados. Sus obras son sin fruto espiritual, y entonces cunde el desaliento.

¿Cómo, si no, se explica que muchos cristianos vuelvan a caer en la vieja esclavitud, en sus antiguos deseos y pecados? Ellos han dejado la gracia de Dios y se han vuelto a sus vanos e inútiles esfuerzos.

Caer de la gracia es pensar que el pecado lo vencemos orando, ayunando, castigando nuestro cuerpo y poniendo anteojeras para no mirar al pecado. Sin embargo, el método de Dios no considera para nada los esfuerzos del hombre. Es, simplemente, un asunto de revelación, de ver que Dios nos ha dado todas las cosas en Cristo –también la liberación del pecado– en gracia y por fe.

Caer de la gracia es confiar en sí mismo, olvidando que el viejo hombre tiene sobre sí una sentencia de muerte, y que no tiene remedio. Caer de la gracia es separarse de Cristo para actuar por sí solo, olvidando las palabras del Señor: “Separados de mí nada podéis hacer”. Caer de la gracia es tener tanta confianza en sí mismo como orgullo, tanto que se puede ser capaz de endurecer el corazón y no reconocer el profundo fracaso de sus obras. En cambio, confiar en Jesucristo, en el poder de su vida dentro de nosotros, descansar en sus brazos, acogerse a su misericordia cada día, cada hora, cada minuto, es permanecer en la gracia de Dios.

La gracia que cae en desgracia

La gracia es un don de Dios que pesa infinitamente más que nuestros pecados delante de los ojos de Dios, como está escrito: “Mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rom.5:20). Cuando Pablo detalla sus pecados de otro tiempo, habiendo sido blasfemo, perseguidor e injuriador, concluye diciendo: “Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús” (1ª Tim.1:13-14). ¡Qué bondadoso fue Dios con Pablo! ¡Qué bondadoso es Dios con nosotros al recibirnos llenos de pecados, y perdonarnos! ¡Qué precioso es el sacrificio del Señor Jesucristo, el cual pagó el precio por nuestros pecados! El conocimiento de la gracia y de la verdad de Dios, como también de la verdad acerca de nosotros mismos, nos lleva a ofrecernos a Dios para el ejercicio de una santidad cada vez más perfecta.

Sin embargo, hay muchos contumaces, cuya condenación es justa, que razonan así: “Pequemos para ver si la gracia pesa tanto delante de Dios.” O: “Perseveremos en el pecado para que la gracia abunde”. Entonces la gracia en sus manos se desvirtúa, y sirve de tropiezo para los débiles, y de excusa para los legalistas, quienes encuentran la ocasión para introducir las obras de la carne. Ellos entonces dicen: “¿Ven? No puede ser tan fácil. No es que Dios lo haga todo. Tenemos que hacer obras.” Entonces, a la maravillosa gracia de Dios ellos le introducen las obras de muerte, y los sensuales la transforman en libertinaje para favorecer así su carne y alimentar sus malos deseos.



Ellos ignoran voluntariamente que la gracia de Dios tiene una enseñanza para nosotros. ¿Cuál es esa enseñanza? No es que, puesto que somos salvos, podemos hacer lo que queramos (lo que significaría volver a las antiguas pasiones y concupiscencias); ni es que, por cuanto la salvación está asegurada, somos libres respecto de Dios, pudiendo tener los ojos llenos de adulterio y el corazón lleno de inmundicia. ¿Cómo podría enseñarnos estas cosas la bendita gracia de Dios? Pero tal parece que algunos la hubieran oído hablar así.

En Tito 2:11-12 dice que ella (la gracia) nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, a vivir en este siglo sobria, justa y piadosamente, y también a esperar la venida del Señor Jesucristo. Quienes no aceptan esta enseñanza no han oído ni conocido “la gracia de Dios en verdad” (Col.1:6).

Respecto de esto, bien dice un hermano: “La gracia puede guardarnos, pero no juguemos con ella, y sobre todo no pensemos que puede servir de paliativo a nuestros deseos carnales y de cobertura al pecado. Apoyémonos en ella para ser sostenidos en el camino y guardados de caer; y si hemos sido bastante desdichados para abandonar un instante este apoyo, volvámonos rápidamente a ella para ser restaurados y encontrar la comunión perdida.”

Por lo demás, los que han conocido la gracia de Dios en verdad, ¿no han muerto acaso juntamente con Cristo? (Rom. 6:6); y los que han muerto juntamente con Cristo, ¿cómo vivirán aún en el pecado? (Rom.6:1). ¿No han crucificado acaso con Él sus pasiones y deseos? (Gál.5:24). ¿No han resucitado juntamente con Cristo para andar en novedad de vida? (Rom.6:4). ¿No están sentados en lugares celestiales con Cristo Jesús? (Ef.2:6). ¿No están escondidos con Cristo en Dios? (Col.3:3). ¿No permanecen en Cristo, y por lo tanto, no pecan? (1ª Jn.3:6). Oh, ¿de qué remedo de gracia hablan esos sensuales y contumaces, la cual les conduce al libertinaje? No hay otra gracia sino ésta que es santa y pura. Si la gracia les ha llevado a pecar, definitivamente no es la gracia de Dios, ¡sino su propia desgracia!

Judas, en su epístola, nos advierte acerca de esto: “Porque algunos hombres han entrado encubiertamente ... hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de Dios, y niegan al único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo” (v.4). Las palabras de Judas, escritas hacia el fin del primer siglo, son especialmente aplicables a los fines de esta dispensación.

En los postreros días, abundarán estos hombres impíos, sin temor de Dios, que “tienen por delicia el gozar de los deleites cada día. Estos son inmundicias y manchas ... Tienen los ojos llenos de adulterio, no se sacian de pecar, seducen e las almas inconstantes, tienen el corazón habituado a la codicia, y son hijos de maldición” (2ª Ped.2:13b-14). Quienes desvirtúan la gracia de Dios, retomando sus antiguos pecados, se hacen merecedores de un castigo mucho mayor que el de quienes violaban la ley de Moisés. Mayor castigo merece el que pisotea al Hijo de Dios y tiene por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado y hace afrenta al Espíritu de gracia (Heb.10:29). La advertencia es solemne, y el juicio cierto.

El tiempo de la gracia se acaba

La gracia de Dios ha regido los tratos de Dios con el hombre desde el Génesis. Hemos visto sus balbuceos en la creación, sus destellos en el Antiguo Testamento, y su despliegue abundante desde que el Señor Jesús vino. Tan importante es este asunto, que, hablando dispensacionalmente, ésta que vivimos es la dispensación de la gracia.

Pero esta dispensación se está acabando. Si nos asomamos un poco al libro de Apocalipsis podremos comprobarlo. En efecto, en Apocalipsis, la palabra gracia aparece sólo dos veces: en 1:4 y en 22:21, es decir, en el marco de la gran revelación, no en la revelación misma. La gracia está en boca de Juan, en su saludo y en su despedida, pero no en boca de Dios ni en los tratos de Dios según se pueden ver en este libro.

Incluso las palabras del Señor Jesucristo a las iglesias en los capítulos 2 y 3 contienen juicios, no gracia. Cada carta del Señor es una evaluación sobre la base de una justicia demandada, no de una justicia imputada. Es una evaluación de lo que cada iglesia ha hecho con la gracia de Dios, cómo se ha traducido en obras de fe y en trabajos de amor. El Señor examina los frutos que han rendido las iglesias a Dios, y no las dádivas de Dios entregadas a las iglesias.

Luego, en el desarrollo del libro, vemos con frecuencia las recompensas que corresponden a un determinado actuar de los hombres delante de Dios. Honra y gloria para los justos por sus acciones justas; condenación y muerte para los impíos por sus obras impías. De manera que la gracia de hoy, siendo un favor precioso, será mañana pesada en sus obras en la balanza del Santuario. Entonces sabremos si la hicimos fructificar para la gloria de Dios o si la hicimos nula, para vergüenza nuestra.

¡Que el Señor nos socorra, para que la gracia que hoy nos es concedida sea hallada llena de buenos frutos, para la gloria de Dios!
Amén.