LA AUTORIDAD DE LAS ESCRITURAS

 

Hay muchos libros hoy que dicen ser la Palabra de Dios. El Corán, el libro sagrado del Islam, dice ser la Palabra de Dios. El Libro de Mormón dice ser la Palabra de Dios. Los hindúes creen que el Bhagavad Gita es la fuente de verdad eterna. Karl Marx, con su cosmovisión atea, decía que su escrito, El Manifiesto Comunista, era la verdad última.

Nosotros, cristianos, creemos que la Biblia es la Palabra de Dios y la fuente eterna de verdad por la cual vivimos. En dos sentidos hacemos tal afirmación: En primer lugar, en las Escrituras existen citas exactas de palabras que Dios directamente pronunció. Por ejemplo, para comenzar, los Diez Mandamientos. En otras muchas ocasiones también Dios se comunicó por palabras, sea por medio de ángeles, profecías o sueños, en que literalmente sus palabras fueron transmitidas. O sea, eran palabras de Dios. En este primer sentido se puede decir que la Biblia contiene las palabras de Dios.

Empero, la mayor parte del texto de las Escrituras no representa expresiones directamente de parte de Dios, sino son relatos históricos, una colección de dichos populares, citas de otras fuentes literarias, hasta se registran palabras habladas por Satanás, que seguramente no son palabras de Dios. Sin embargo, en un segundo sentido llamamos la Biblia la Palabra de Dios porque el conjunto de las palabras habladas por Dios más estos otros relatos y citas de hombres y diablos constituye el gran mensaje de parte de Dios para toda la humanidad. (En el griego, el vocablo palabra significa también mensaje.) Esto es reforzado por el hecho de que todo el texto bíblico, en su redacción original, fue realizado bajo la guía, o sea, bajo la inspiración del Espíritu. Así que decimos popular, pero acertadamente, que la Biblia es la Palabra de Dios.

¿Cómo sabemos que Biblia es la Palabra de Dios? ¿Podemos realmente estar seguros de que la Biblia es verdaderamente la Palabra de Dios? La respuesta es sí. Básicamente, nuestra convicción nace de la realidad del testimonio interior que recibimos del Espíritu Santo. Para los que han nacido de nuevo, existe una fuerte afinidad espiritual con las sagradas Escrituras. Es que el mismo Espíritu que inspiró a los autores originales a redactar su material, es el que está en nosotros. No podemos probar científicamente a los no nacidos de nuevo que las Escrituras fueron inspiradas por Dios, pero el pueblo de Dios goza de esta certidumbre. Los argumentos que siguen nos confirman aun más en nuestra convicción espiritual acerca de la Biblia.

 

1. Evidencia interna de la autoridad de las Escrituras

Veremos la evidencia interna, es decir lo que la Biblia dice en cuanto a su propia autoridad, en dos elementos:

 

1.1 Las enseñanzas de Jesús

La razón esencial por la cual la iglesia se somete a la autoridad de las Escrituras es que Jesús mismo lo hizo.

Jesús afirmó la autoridad del Antiguo Testamento (AT) por sus enseñanzas sobre el mismo y por el lugar que tenía en su vida y ministerio. Al mismo tiempo, sentó las bases de la autoridad del Nuevo Testamento (NT) preparando el terreno para que fuera escrito a través de la verdad entregada como especial tesoro a los apóstoles.

1.1.1 El Antiguo Testamento
En primer lugar veamos que durante el ministerio de Jesús el NT no estaba escrito todavía, así que cada vez que los evangelios -y concretamente Jesús- hacen referencia a "las Escrituras", se refiere obviamente al AT.

Pasajes como Mt. 5:17 y Lc. 16:16, entre muchos otros, muestran que para esta época se pensaba en las Escrituras divididas en dos grandes secciones: la Ley y los Profetas (y según Lc. 24:44 también se reconocía hasta una tercera sección, los salmos). Dios mismo respaldó la autoridad básica de estas dos secciones al permitir que Moisés y Elías -representantes de una y otra parte- se encontraran con Jesús en el monte de la transfiguración (Lc. 9:30) para hablar "de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén", lo cual, dicho sea de paso, nos va mostrando hacia adonde apuntan la Ley, los profetas y en realidad toda la Biblia.

A pesar de esta división general que se hacía de las Escrituras, Jesús y los discípulos disponían de todo el AT prácticamente como lo tenemos ahora, y prueba de ello es la gran cantidad de menciones a casi todos los libros del AT que hace el nuevo.

Jesús respetaba de tal manera la autoridad del AT que dijo que ni una jota ni una tilde (la letra y partecita más pequeñas del alfabeto hebreo) quedarían sin cumplimiento (Mt. 5:18). De igual manera afirmó en Jn. 10:35 que la Escritura "no puede ser quebrantada". La sumisión de Jesús a las Escrituras del Antiguo Testamento se manifiesta en tres esferas: su conducta, su misión, y cómo utilizó las Escrituras en las confrontaciones religiosas.

a. En su conducta y moral
Jesús, a pesar de no haber pecado, enfrentó las tentaciones como un hombre, lo mismo que nosotros, y al hacerlo se ayudó de las Escrituras, afirmando así la autoridad de las mismas.

Este aspecto se percibe claramente cuando fue tentado por Satanás. Jesús enfrentó cada tentación con una cita muy adecuada del AT. Las tres citas corresponden a Deuteronomio 3 y 8, lo que muestra que Jesús había estado meditando sobre esos pasajes. En todos los casos Jesús dijo que "estaba escrito...", y eso era suficiente; no había nada que discutir, pues las Escrituras ya habían sentenciado al respecto.

b. En su misión
No sabemos precisamente a qué edad ni en que forma llegó Jesús a tener conciencia de cuál era su misión. Seguramente la revelación del Espíritu Santo habrá sido fundamental, pero también lo fue el entendimiento de las Escrituras.

Veamos Lc. 4:18,19, en el cual Jesús reconoce que el mismo Espíritu le guió para -y este para señala entonces su misión- dar buenas nuevas a los pobres... etc. Aquí vemos estos dos elementos: la dirección del Espíritu pero también la dirección de las Escrituras, pues Jesús no está haciendo más que repetir Is. 61:1,2, texto que en algún momento entendió que se refería a si mismo.

De ahí en más, siempre hizo referencia a lo necesario que era que su misión se ajustase a las Escrituras. Por eso afirmó: "A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de él" (Mr. 14:21).

En el huerto de Getsemaní, cuando Pedro sacó su espada para defender a Jesús, éste le ordenó guardarla, y dijo: "¿Pero cómo entonces se cumplirán las Escrituras, de que es necesario que así se haga?" (Mt. 26:54).

Luego de su resurrección, Jesús dijo también "Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos". (Lc. 24:44).

c. En los enfrentamientos con los escribas, fariseos y saduceos
Los fariseos le habían adicionado a la Escritura un sin fin de reglamentos, y los saduceos le habían quitado a las Escrituras, negando que la resurrección fuese real. Contra ambos grupos se opuso Jesús, tomando como base las Escrituras, y apoyando así su autoridad.

A los fariseos les decía siempre "¿No han leído?", "¿Qué está escrito en la ley?", "¿Cómo leen ustedes?", o "¿Cuál es el primer mandamiento?" Por ejemplo Mt. 12:3 "¿No habéis leído lo que hizo David ...?", y luego en 12:5 "¿O no habéis leído en la ley, ...?".

A los saduceos les dijo: les dijo: "Erráis porque no conocéis las Escrituras, ni tampoco el poder de Dios" (Mt. 22:29).


1.1.2 El Nuevo Testamento
Jesús no dejó nada escrito, pero encomendó la verdad a los apóstoles, a quienes escogió para que "estuviesen con él y para enviarlos a predicar" (Mr. 3:14). La última frase denota la delegación del mensaje, y en la Gran Comisión se percibe el mismo mandato de custodiar la verdad, cuando les encarga que enseñen a los discípulos que "guarden todas las cosas que os he mandado". Jesús dejó así preparado el terreno para que el Nuevo Testamento fuese escrito.

Con esto en mente, los apóstoles habrían luego de escribir el Nuevo Testamento o supervisarlo. Marcos escribió bajo la guía de Pedro, y Lucas con la anuencia de Pablo.

Más adelante, textos como 2Ped 3:2 y Judas 1:17 muestran que se reconocía dentro de la iglesia primitiva que el mensaje y las palabras de Jesús habían sido guardadas por los apóstoles.

 

1.2 Lo que la Biblia dice de sí misma.

Más allá del hecho importantísimo de que el mismo Jesús haya respaldado la autoridad de las Escrituras, debemos señalar que en muchos textos la misma Biblia reclama la autoridad de ser la Palabra de Dios.

Moisés afirma que registra las palabras mismas del Señor (Ex. 24:4), y el resto del Antiguo Testamento declara que lo que contiene no es obra de hombres sino que es la "ley de Jehová" (Sal 119:1)

Los escritores del NT afirman ser guiados por el Espíritu Santo: " Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, que decía: Escribe en un libro lo que ves, y envíalo..." Ap. 1:10,11

Son conscientes de que trasmiten la Palabra de Dios misma: "Por esta razón, nosotros también damos gracias a Dios sin cesar; porque cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de parte nuestra, la aceptasteis, no como palabra de hombres, sino como lo que es de veras, la palabra de Dios quien obra en vosotros los que creéis." 1Tes 2:13.

Pablo dice que "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2Tim 3:16).

Pedro cita los escritos de Pablo como literatura inspirada (2Pedro 3:16).