Doctrina del Pecado

El pecado es "cualquier transgresión de la ley de Dios" (1 Juan 3:4), ya sea en el estado y el hábito internos del alma, tan bien como en la conducta exterior de la vida, sea por la omisión o la comisión (Rom 6:12-17; 7:5-24; Stgo. 4:17). Es no una violación mera de la ley de nuestra constitución, ni del sistema de cosas, pero de una ofensa contra un legislador personal y del gobernador moral del universo que justifica su ley con penas.

No existe una palabra hebrea que por sí sola pueda exhibir el concepto pleno que el AT tiene del pecado. La palabra más común para pecado es hattát, que significa "extravío, falta, pecado" El uso secular de su forma verbal se ilustra por Jue. 20:16, donde se afirma que la tribu de Benjamín tenía un grupo de guerreros zurdos que "tiraban una piedra con la honda a un cabello, y no erraban." Otras palabras que se usan a menudo en el AT son, resa, "impiedad, confusión", awón, "iniquidad, perversión, culpa"; pesa, "transgresión, rebelión".

Las palabras principales del NT son, hamartia, "no dar en el blanco"; adikia, "injusticia"; anomía "ilegalidad"; asebeia, "impiedad"; parabasis "transgresión"; paraptóma, "una caída," indicando que se rompe la correcta relación para con Dios; ponéria, "depravación"; epithymia, "deseo, concupiscencia"; apeitheia, "desobediencia."

La enseñanza bíblica

Las Escrituras nos enseñan que todo miembro de la raza humana que haya llegado a la responsabilidad propia es pecador por naturaleza y un transgresor voluntario. Que el pecado es universal se prueba con las siguientes citas de las Sagradas Escrituras: 1. Reyes 8:46, "Porque no hay hombre que no peque" (Sal. 143:2), "No entres en juicio con tu siervo, porque no se justificará delante de ti ningún viviente" (Prov. 20:9), "Quién podrá decir: yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?". (Ecl, 7:20), "Ciertamente que no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien. Y nunca peque". (Rom. 3:10-12), "Como está escrito: No hay justo, ni aun uno: No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios; todos se apartaron a una fueron hechos inútiles: no hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno". (Rom. 3:19-20),  Empero ya sabemos, que todo lo que la ley dice, a los que están bajo la ley lo dice; para que toda boca se tape, y que todo el mundo se tenga por reo delante de Dios. Por lo tanto, por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de él; porque por la ley es el conocimiento del pecado" (Rom. 3:23), "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios" 1. Juan 1:8 "Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros".

Es claro que las Escrituras enseñan la universalidad del pecado. Por ser universal el pecado, se da la necesidad de un salvador quien también sea universal. La misma experiencia y la historia testifican de la universalidad del pecado. No encontramos en ninguna parte del mundo a un pueblo que no tenga ideas de pecado, y por lo tanto encontramos también entre todos los pueblos, ideas de sacrificio y de un sacerdote para aplacar la ira de la divinidad según su idea de él. El Historiador Plutarco habla de los ojos llenos de lágrimas, de las caras pálidas y tristes que él veía junto a los altares públicos, que veía también a los hombres revolcándose en el cieno y haciendo otras cosas semejantes en la confusión de sus pecados.

 Dice que veía también entre la gente evidencias de un sentimiento de culpabilidad que no fue posible quitar ni por burlas ni de otra manera. Un proverbio entre los chinos es; "Hay solamente dos hombres buenos; uno está muerto y el otro todavía no ha nacido". Un misionero de la India dice: Solamente una vez en toda mi experiencia he oído a un hombre negar que fuera pecador. Una vez un Bracmán me interrumpió, y dijo: Yo niego sus Principios. No soy pecador. No tengo necesidad de ser mejor. Por un momento estuve confundido. Entonces dije: "¿Pero qué dicen vuestros vecinos de ti? -Luego uno gritó "Él me defraudó en un trueque de caballos". Otro: "Él defraudó a una viuda de su herencia". El Bracmán salió de la casa y nunca lo vi otra vez. Entre todas las razas y pueblos hay refranes y dichos que implican creencia en la universalidad del pecado como los siguientes: "Todo hombre tiene su lado débil". "No hay ningún hombre que no reciba su paga". En las partes más civilizadas y cristianizadas de la tierra se ven evidencias de esta creencia. Los hombres mantienen su dinero bien encerrado en cajas fuertes, las puertas de sus casas cerradas con chapas, candados, etc. Por todos lados hay evidencias de la falta de confianza en nuestros semejantes. La evidencia de que no amamos al prójimo como a nosotros mismos se ve en la falta de confianza que tenemos en los demás, aun en los de la misma familia. Hay negocios y secretos en los cuales no participan no más de uno o dos de la familia. El testimonio universal es que hay defectos e imperfecciones en todos. Los mejores y más piadosos cristianos son los primeros para testificar que son pecadores. El anciano apóstol Pablo después de haber peleado una larga batalla en contra del pecado dijo que era el primero de los pecadores (1 Tim. 1:15).

Pecado original

La revelación bíblica sobre la naturaleza del pecado se encuentra incrustada en la historia sagrada. En Génesis 3 se atribuye  la caída de Adán y Eva en Edén al pecado. Cinco cosas se pueden establecer de la narración: (1) que Dios no es el autor del pecado, sino que el pecado es propuesto, primero como sugerencia, después abiertamente por la serpiente, cosa que Eva abrazó libremente. Véase Stg. 1:13-15. (2) que el pecado de Eva empezó con la duda en cuanto a la justicia del mandamiento de Dios de no comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y el mal; (3) que el acto pecaminoso que resultó de un deseo racionalizado fue uno de directa y voluntaria desobediencia a un mandamiento expreso de Dios; (4) que el primer acto pecaminoso efectuado tanto por Adán como: por Eva, resultó en un sentimiento inmediato de vergüenza de la desnudez y con el intento subsecuente de esconderse de Dios; y (5) que al pecado le sigue la maldición divina sobre la serpiente, la mujer y el hombre, y la expulsión de la comunión con Dios en el Jardín. La pena de la muerte se impone sobre la raza humana que desciende de Adán y Eva (Gn. 4-6).

Esta corrupción moral heredada consiste: (1) De la pérdida de la justicia original; y (2) la presencia de un deseo constante al mal, que es la raíz y el origen de todo el pecado real. Se llama "pecado" (Rom 6:12, 14, 17; 7:5-17), las "obras de la carne" (Gál. 5:17, 24), el "cuerpo del pecado" (Rom 6:6). El pecado influencia y deprava al hombre entero, y su tendencia sigue siendo hacia abajo a una corrupción más profunda y más profunda. Es una depravación total, y también es heredado universalmente por todos los descendientes naturales de Adán (Rom 3:10-23; 5:12-21).

 

El primer pecado sucedió en el cielo.

La gran mayoría de obras de estudios sobre el pecado se quedan satisfechas con trazar el origen del pecado a partir de la caída del hombre en el Edén. Es cierto que el pecado humano comenzó allí; pero, Adán sólo volvió a cometer el pecado que ya había cometido en el cielo un ángel principal, el carácter esencial del pecado debe determinarse, en gran medida, tomando en cuenta el pecado de ese ángel, y no sólo mediante la reproducción que de ese pecado hizo el primer hombre. Hay una prueba convincente de que la Biblia es un libro sobrenatural. Se halla en el hecho de que ella descubre sin vacilación e incertidumbre las condiciones anteriores a la historia humana. Descorre el velo de las edades venideras y penetra en ellas. Su mensaje no se restringe al campo que está comprendido dentro de las observaciones humanas, sino que también trata con respecto a otras partes del universo en la misma forma familiar en que trata lo relativo a la tierra. Entre sus relaciones con respecto a otras esferas y al insondable tiempo pasado, nos ofrece una revelación de lo que parece ser el primer pecado que se cometió en el universo. Nos dice que ese pecado lo cometió en el cielo uno de los ángeles de más elevado rango; y, después de haber causado las más trágicas consecuencias en el ambiente angelical, se le sugirió al hombre de la creación de Dios en el jardín del Edén que también lo llevara a la práctica, y él lo hizo.

En romanos 5:12 se afirma que el "pecado entró en el mundo por un hombre." Así nos revela la verdad de que el hombre no fue el primero que pecó, sino que más bien fue el medio por el cual logró entrada en la tierra aquella forma de pecado que ya había sucedido en el cielo. El enfoque razonable para la comprensión de la verdad con respecto al primer pecado que se cometió en el cielo debe incluir: (a) la primera persona que pecó, y (b) la naturaleza del primer pecado.

a. La primera persona que pecó. El carácter sumamente perverso del primer pecado que se cometió en el universo se determina en gran parte por el carácter y la posición del primer ser que pecó. En la consideración de este ser y de las circunstancias en que pecó no nos presta ninguna ayuda el discernimiento natural del hombre. Es un asunto que corresponde por entero a la revelación. Esta revelación hace diferencias importantes entre el estado del hombre y el estado de los ángeles. Ante estas diferencias notamos que el método divino para establecer una raza de seres sobre la tierra consistió en crear un hombre y una mujer a los cuales Dios les dio instrucciones de que se multiplicaran y llenaran la tierra. En cambio, el método divino para llegar a tener incontables huestes de ángeles consistió en dar un decreto poderoso y creador. Sobre estos seres celestiales que fueron creados mediante ese decreto, Cristo indicó que nunca aumentan mediante procreación, ni disminuyen en número por causa de la muerte. Aunque los ángeles fueron evidentemente creados antes que las cosas materiales, puesto que parece que ellos observaron la obra creadora de Dios, no hay ninguna indicación con respecto al tiempo cuando ocurrió el primer pecado según el orden de los eventos. Se nos revela, sin embargo, la personalidad y la posición del ángel que lo cometió, y también la naturaleza precisa del pecado. Esta revelación se halla en el siguiente pasaje bíblico: "Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de hombre, levanta endechas sobre el rey de Tiro, y dile: Así ha dicho Jehová el Señor: Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura; de cornerina, topacio, jaspe, crisólito, berilo y ónice; de zafiro, carbunclo, esmeralda y oro; los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti el día de tu creación. Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad" (Ez. 28:11-15).

El personaje a quien este pasaje distingue con el título de "el rey de Tiro" es evidentemente de carácter angélico, o de un orden sobrenatural. Este hecho se nos revela completamente en el texto citado. Es posible que, en un sentido secundario, el pasaje se dirigió a cierto rey humano, el rey de Tiro; pero, puesto que casi todo lo que se le atribuye a este ser es sobrenatural, tiene que referirse primariamente a un ser de la creación angélica. Y entre los ángeles, esta peculiar descripción sólo puede referirse a uno: a aquel que por causa de este pecado, llegó a ser Satanás.

 De este ser se dice: que era el "sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura", y que él había estado en "Edén", y que se cubría con toda clase de piedras preciosas. Como Satanás realmente apareció en el huerto de Edén, según se nos narra en Génesis (lo cual no hizo nunca el rey de Tiro), si consideramos los detalles que se establecen en el pasaje de Ezequiel, llegamos a la conclusión de que es probable que se refiera a la gloria primitiva del Edén terrenal, antes que la tierra llegara a estar "desordenada y vacía". Continuando esta descripción, Jehová declara que dicho ser angelical fue creado con maravillosa capacidad, y que, según se puede imaginar por la descripción, era como una corona de pura alabanza para el Creador. También se nos dice que pertenecía al orden de los querubines, el cual parece estar encargado de la protección de la santa presencia de Dios (comp. Gn.3:24; Ex. 25:18-2121; 2 S. 6:2). Pero, con respecto a este ángel se nos dice que, como "querubín grande, protector", estaba colocado "en el santo monte de Dios", lo cual de acuerdo con el simbolismo del Antiguo Testamento, se refiere al asiento del gobierno del trono de Dios (comp. Is.6:1). El punto cumbre de este importante pasaje bíblico se ve cuando se hace la declaración de que este ser era perfecto en todos sus caminos, desde el día en que fue creado hasta el día en que se halló en él iniquidad. Así, este pasaje nos descubre el carácter exaltado de este ser celestial y nos indica el hecho de su pecado. El pasaje continúa agregando más luz con respecto al pecado en sí, y al juicio de Dios que tendría que venir sobre él.

La identificación de este ser se puede resumir así: El era el sello de la sabiduría, la perfección y la belleza. Había estado en Edén, el huerto de Dios. Se cubría con piedras preciosas. Los tamboriles y las flautas sonaron ante él desde el día de su creación. El pertenecía al orden de los querubines, y se le dio el cargo de guardián de Dios sobre el monte santo. Se paseaba en medio de las piedras de fuego. Había sido perfecto en todos sus caminos desde el día de su creación. Así se nos describe al más exaltado de todos los seres celestiales creados. Y del mismo modo se nos revela que llegó un día cuando se halló en él iniquidad. El hecho de que esta descripción, hasta donde llega la revelación, no se puede aplicar a ningún otro ser que no sea Satanás, es prueba de que este pasaje se refiere a él.

b. La naturaleza del primer pecado. El profeta Isaías, inspirado por el Espíritu de Dios, nos dice cuál fue la naturaleza de los detalles del pecado de Satanás. Así leemos: "¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré y seré semejante al Altísimo" (Is. 14:12-14).

Aquí tampoco es difícil la identificación. Las palabras se dirigen a uno que lleva el nombre de Lucero, hijo de la mañana. Este título lo relaciona con la más alta jerarquía de ángeles, y su grandeza y poder se nos revelan en el contexto. Allí se nos dice que el "debilitaba a las naciones." Y en el versículo 17 leemos: "que puso el mundo como un desierto, que asoló sus ciudades, que a sus presos nunca abrió la cárcel" (comp. Is.61:1). El hecho de que este pasaje declara que Lucero ha caído del cielo y que fue cortado por tierra indica que Isaías está contemplando las estupendas realizaciones de este ser al final de su carrera, cuando ocurrirá la completa manifestación del mal que Dios permite. Entonces le vendrá a Satanás el juicio que está previsto y que el no ha experimentado todavía (comp. Lc. 10:18; Ap. 20:7-10).

El pecado que cometió Lucero tiene varios aspectos que se expresan mediante las declaraciones de independencia de Dios. El conjugó todos los verbos de una manera impía en cada una de sus declaraciones: en primera persona de singular y en tiempo futuro, lo cual indica a la vez su egoísmo y sus planes, es decir, sus planes egoístas. Esa afirmación representaba una independencia completamente impropia de las criaturas. En el momento en que una pequeña criatura tenga un pequeño propósito mediante el cual se oponga a Dios o trate de independizarse de El, en ese momento se manifiesta en él la base de toda clase de pecado. Las palabras de Lucero fueron:

"Subiré al cielo; junto a las estrellas de Dios,… levantaré mi trono." Esta declaración de Lucero expresa el propósito que tenía de lograr el dominio sobre los ángeles. Es muy poco lo que podemos saber con respecto a todo lo que este propósito de Lucero envolvía o hasta dónde se extendía. Su ambición se ha cumplido hasta cierto punto, según la voluntad permisiva de Dios, pues Satanás es actualmente el jefe del reino de los espíritus malos (Mt. 12:26; 2 Cor. 4:4; Efe. 2:1-2).

"En el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte." algo oscura esta declaración de Lucero. La palabra monte es símbolo del trono de Dios; la palabra testimonio como que hace referencia a la verdad de Dios; la expresión los lados del norte, ha sido interpretada por algunos como la dirección del trono de Dios en el universo.

"Sobre las alturas de las nubes subiré." En esta declaración manifiesta la intención de conseguir algo de la gloria divina, pues nubes simbolizan constantemente esa gloria.

"Seré semejante al Altísimo." Era el supremo propósito de Lucero. Las declaraciones sólo sirvieron para preparar el camino de lo que iba a manifestar. En esta declaración se halla escondida toda la esencia pecado. En ella se descubre la acción separada de Dios y contra Él. De Satanás dijo Cristo que "no ha permanecido en la verdad" (Jn. 8:44), lo cual significa que apartarse de la voluntad de Dios es poner en práctica la mentira.

Lo que Lucero era y lo que pudo haber sido, si hacía la voluntad de Dios fue precisamente aquello en lo cual no permaneció. Lo que inventó Satanás fue la mentira: por tanto, se le reconoce como padre de ella. La mentira estaba oculta en su corazón desde el principio. Los juicios futuros que han de caer sobre el cosmos están predichos en las Escrituras, y también está predicho el fin trágico que le espera a Satanás y a todos sus ángeles. Su destino será el Lago de Fuego. Teniendo todas estas revelaciones en mente, es vano hablar de la posibilidad de que el cosmos se convierta. Sería como hablar de la conversión del diablo. Tanto el cosmos como el diablo tienen que llegar a su fin en la consumación de todas las cosas.

Nunca será exagerada la importancia que le concedamos al primer pecado de Lucero -esa voluntariosa ambición que se manifestó contra Dios y que se proponía lograr el dominio del sistema del cosmos- el cual es la norma de todo pecado. Todos los seres humanos que actúan independientemente y que no se preocupan de cumplir la voluntad de Dios están cometiendo el mismo pecado, y su destino ha de ser el mismo del diablo y de sus ángeles (Ap. 20:10-15). A menos que le echen mano a la gracia salvadora de Dios en Jesucristo.

 

 

Especulaciones humanas

Puesto que el pecado es un factor dominante en la experiencia humana a la vez que el tema principal de la Biblia, ha sido motivo de discusiones sin fin. Aquellos que rechazan la revelación escritural tienen con frecuencia conceptos inadecuados acerca del pecado. Una característica familiar del modo no bíblico de enfocar la cuestión es considerar el pecado hasta cierto punto como una ilusión, es decir, que el pecado es sólo un mal concepto basado sobre la falsa teoría de que existe el bien y el mal en el mundo. Por supuesto, esta teoría fracasa al enfrentarse a los hechos de la vida y a la maldad del pecado y niega la existencia de un Dios y principios morales.

Otro antiguo enfoque del problema del pecado es mirarlo como un principio inherente. Esto se encuentra en la filosofía oriental y también en el gnosticismo griego y es el trasfondo para la enseñanza de la negación de los deseos del cuerpo. El hecho, sin embargo, es que se niega que el hombre peque realmente y que sea responsable ante Dios. Un concepto común, aunque inadecuado, es que el pecado es nada más que egoísmo. Si bien es cierto que el pecado es a menudo egoísmo, este concepto no es aplicable a todos los casos, porque el hombre peca a veces contra sí mismo. Todas estas teorías no alcanzan el nivel bíblico y son una negación de la revelación bíblica del carácter y de la universalidad del pecado.

Reconociendo que hay varios pecados definidos en la Palabra de Dios, llegamos, a base de las Escrituras, a la conclusión de que el pecado es cualquier falta de conformidad al carácter de Dios, ya sea en obra u omisión. En la Palabra de Dios se definen varios pecados, como se ilustran, por ejemplo, en los Diez Mandamientos que Dios dio a Israel (Ex. 20:3-17). El pecado es tal porque es diferente de lo que Dios es, y Dios es eternamente Santo. El pecado siempre es contra Dios (Sal. 51:4; Lc. 15:18), aun cuando pueda ser dirigido contra seres humanos.

 

La naturaleza pecadora del hombre (Ro. 5:19; Ef. 2:3)

Es otro aspecto importante del pecado tal como se revela en la Biblia. El pecado inicial de Adán le llevó a la caída, y en la caída él se volvió un ser completamente diferente, depravado y degenerado y sólo capaz de engendrar seres caídos como él mismo. Por lo tanto, cada hijo de Adán es nacido con la naturaleza adámica, siempre está predispuesto a pecar, y aunque su naturaleza fue juzgada por Cristo en la cruz (Ro. 6:10), una fuerza vital y activa permanece en cada vida del cristiano. Nunca se dice que será quitada o erradicada en esta vida, pero para el cristiano hay poder vencedor provisto a través del Espíritu que mora en él (Ro. 8:4; Gá. 5:16-17).

Muchos pasajes bíblicos hacen alusión a este importante asunto. De acuerdo con Efesios 2:3, todos los hombres «éramos por naturaleza hijos de ira», y toda la naturaleza del hombre es depravada. El concepto de la total depravación no es que cada hombre es lo más malo posible que él pueda ser, sino más bien que el hombre, a través de su naturaleza, está corrompido por el pecado (Ro. 1:18; 3: 20). De acuerdo a ello, el hombre, en su voluntad (Ro. 1:28), su conciencia (1 Ti. 4:2) y su intelecto (Ro. 1:28; 2 Co. 4:4), está corrompido y depravado, y su corazón y entendimiento están cegados (Ef. 4:18).

Como se ha visto previamente, la razón por la cual los hombres tienen una naturaleza pecaminosa es porque les fue transmitida por sus padres. Ningún niño nacido en el mundo se ha visto libre de esta naturaleza de pecado excepto en el único caso del nacimiento de Cristo. No es que los hombres pequen y se conviertan en pecadores; más bien es que los hombres pecan porque tienen una naturaleza pecaminosa. El remedio para esto, así como para el pecado personal es, por supuesto, la redención, la cual es provista en la salvación en Cristo.

También se presenta en la Biblia el pecado como imputado en nuestra cuenta (Ro. 5:12-18). Como se vio en conexión con la caída del hombre anteriormente, hay tres imputaciones principales presentadas en las Escrituras: a) la imputación del pecado de Adán a su descendientes, en cuyo hecho se basa la doctrina del pecado original; b) la imputación del pecado del hombre a Cristo, en cuyo hecho está basada la doctrina de la salvación; y c) la imputación de la justicia de Dios en aquellos que creen en Cristo, en cuyo hecho se basa la doctrina de la justificación.

La imputación puede ser tanto a) actual, o b) judicial. La imputación actual es poner en la cuenta de alguien algo que originalmente ya pertenecía al deudor. (Luc. 23:41). La imputación judicial es cargar a la cuenta de alguien algo que no pertenece al deudor (Fil. 18).

Aunque ha habido desacuerdo en cuanto a si la imputación del pecado de Adán a cada miembro de la raza es actual o judicial, Romanos 5:12 declara claramente que la imputación es actual, pues cuando la cabeza representativa pecó; la descendencia de Adán pecó cuando él pecó.

¿Por qué surge el mal?

Si Dios es bueno, ¿de dónde surgió el mal? ¿Por qué creó Dios al hombre capaz de pecar? Y, en todo caso, ¿por qué fue tentado el hombre? ¿Es el mal coeterno con el bien? ¿Hay quizá dos deidades, como afirma el Zoroastrismo, que son eternas, una buena y otra mala en eterna lucha entre sí? En todo caso, si el mal tuvo un origen, en la caída de Lucifer o Satanás, ¿qué produjo esta caída? ¿Qué es lo que originó su caída y la primera entrada de mal en la creación de Dios? Y si es así, ¿por qué Dios lo permitió?

Se pueden añadir algunas preguntas más. También: ¿Por qué decidió Dios crear? ¿Acaso Dios se encontraba en soledad?

Todas esas son preguntas que surgen con frecuencia.

La respuesta cristiana acerca del origen del mal es satisfactoria. En primer lugar, NO se trata del origen de una entidad positiva que tuviera que aparecer de alguna manera por creación, se trata más bien, de la destrucción de una relación, de algo negativo.

La clave de la respuesta es el AMOR. Un ser creado no puede amar a no ser que voluntariamente y libremente dé su amor a alguien. No hay amor en los autómatas programados para una conducta determinada. Y esta es la razón de que Dios no hiciera santos al hombre ni a los ángeles, sino inocentes.

Dios hizo a los ángeles y a la primera pareja humana, que necesariamente dependen de Él, que es el Absoluto, el Ser que existe en Sí mismo. Él es el gran YHWH, YO SOY EL QUE SOY. En cambio, las criaturas, ángeles o humanos, han venido a ser. Antes no eran. Y podrían no haber sido. Son dependientes de Él para el pleno goce de todo el potencial y destino para el que Dios los ha creado.

Esto nos lleva a considerar los siguientes puntos:

1) Dios, en su Tri-Personalidad en un solo Ser, está totalmente autosatisfecho. No precisa de ningún ser fuera de Sí mismo para gozar de un grado infinito de amor, comunicación y comunión, por cuanto las Personas que subsisten en el seno de la única Deidad gozan de una tripartita satisfacción de amor y de comunión entre sí. Dios «no estaba solo», y más aun, su gozo y comunión eran plenamente satisfactorias en el seno de la Deidad (Juan 1:1; 17:5).

2) La decisión divina de crear fue, así, totalmente libre, fruto de una voluntad divina no condicionada por ninguna clase de necesidad. Él, el Infinito Personal Absoluto, quiso crear muchos seres, necesariamente finitos, pero a Su imagen y semejanza, para que tuvieran relación y comunión con Él. Cosa hecha posible también al dotarlos con el don del lenguaje, un reflejo de la naturaleza misma eterna de la Deidad (Juan 1:1).

Consecuencias del pecado

El pecado es acto y estado. En calidad de sublevación a las leyes de Dios, en un acto de la voluntad del hombre; como separación de Dios, se convierte en estado pecaminoso. El pecador se acarrea el mal sobre sí, por sus malas acciones, e incurre en culpabilidad ante Dios. Dos cosas, por lo tanto, deben distinguirse: las malas consecuencias que sirven al acto del pecado, y la pena que sufrirá en el juicio. Las Sagradas Escrituras describen dos efectos del pecado en las personas culpables: es seguido de consecuencias desastrosas para sus almas y acarreará sobre ellos el decreto positivo de la condenación de Dios.

1. Debilidad espiritual. Daño a la imagen divina. El hombre no perdió por completo la imagen divina, puesto que aún en su caída se lo considera como criatura hecha a la imagen de Dios (Gén. 9:6; Stgo. 3:9). Pero aunque no se ha perdido por completo, la imagen divina en el hombre ha sido gravemente dañada. El Señor Jesucristo vino al mundo para hacer posible para el hombre el reconquistar la imagen divina, al ser recreado en la imagen de Dios. Col 3:10.

2. Pecado original. Desventaja espiritual y moral bajo la cual todos los hombres nacen. Esta condición moral del alma es descrita de muchas formas: todos han pecado (Rom. 3:9); todos están bajo maldición (Gal. 3:10); el hombre natural es extraño a las cosas divinas (1Cor. 2:14), el corazón natural es engañoso y malvado (Jer. 17:9); la naturaleza mental y moral es corrupta (Gén. 6:5,12; 8:21; Rom. 1:19-31). La mente carnal es enemistad con Dios (Rom. 8:7,8); el pecador es esclavo del pecado (Rom. 6:17; 7:6); es controlado por el príncipe del poder del aire (Efe.2:2); está muerto en transgresiones y pecados (Efe. 2:1); y es hijo de la ira (Efe. 2:3).

3. Conflicto original. Dios creó al hombre del polvo de la tierra, luego le infundió vida. El propósito era que existiera armonía en el ser del hombre, que el cuerpo estuviera subordinado al alma. El pecado perturbó esta relación, de manera que el hombre se encontró dividido en sí mismo, parte de su ser en conflicto con la otra en una guerra interna entre su naturaleza superior e inferior.

4. Castigo positivo. (Gén. 2:17; Rom. 6:23). El hombre fue creado con la capacidad para la inmortalidad, es decir, no tenía que morir si obedecía las leyes de de Dios. La vida estaba así condicionada a la obediencia. Adán quebrantó el mandamiento de la vida, y se separó de Dios, la Fuente de la vida. La muerte comenzó desde ese momento y se consumó en la desorganización de la personalidad en la forma de separación del cuerpo y del alma. Por medio de Cristo la justicia es restaurada al alma, la cual, en la resurrección, se reúne con un cuerpo glorificado. La muerte en calidad de castigo no constituye la extinción de la personalidad, sino un medio de separación de Dios.

Hay tres fases en relación con esta muerte: muerte espiritual mientras vive el hombre en pecado (Ef. 2:1; 1 Tim. 5:6); muerte física (Heb. 9:27), y la segunda o muerte eterna (Apoc. 21:8; Juan 5:28,29; 2 Tes. 1:9; Mt. 25:41).

El asiento del pecado original.

Habiendo, considerado la naturaleza del pecado original, la siguiente cuestión se refiere a dónde se asienta. Según una teoría, es en el cuerpo. El único mal efecto del pecado de Adán sobre su posteridad que admiten algunos teólogos es el desorden de su naturaleza física, por la que los apetitos y las pasiones del cuerpo adquieren una indebida influencia. Apenas distinguible de esta teoría es la doctrina de que la naturaleza sensorial del hombre, en distinción a su razón y conciencia, es lo único que queda afectado por nuestra depravación hereditaria. Una tercera doctrina es que el corazón, considerado como el asiento de los afectos en distinción al entendimiento, es el asiento de la depravación natural. Esta doctrina está conectada con la idea de que todo pecado y santidad son formas de sentimiento o estados de los afectos. Y de ella se hace la base sobre la que se explican la naturaleza de la regeneración y de la conversión, la relación entre el arrepentimiento y la fe, y otros puntos de la teología práctica. Todo se hace depender de las inclinaciones o estado de los sentimientos. En lugar de que los afectos sigan al entendimiento, el entendimiento, se dice, sigue a los afectos. Un hombre comprende y recibe la verdad sólo cuando la ama. La regeneración es sencillamente un cambio en el estado de los afectos, y la única incapacidad bajo la que los pecadores laboran en cuanto a las cosas de Dios es una falta de inclinación a las mismas. En oposición -a todas estas doctrinas, el Agustinianismo, tal como lo mantienen las Iglesias Luterana y Reformadas, enseña que todo el hombre, alma y cuerpo, lo más alto así como lo más bajo, y las facultades intelectuales así como las emocionales del alma, esta afectado por la corrupción de nuestra naturaleza derivada de nuestros primeros padres.

Toda el alma es el asiento del pecado original.

La teoría de que los afectos (o, el corazón en el sentido limitado de la palabra), con exclusión de las facultades racionales, son lo único que queda afectado por el pecado original, es antiescrituraria, y la doctrina opuesta que hace de toda el alma el centro de la corrupción inherente es la doctrina de la Biblia, tal como queda evidente:

1. En Las Escrituras se habla de «los pensamientos del corazón», de «las imaginaciones del corazón» y de «los ojos del corazón», así como de sus emociones y afectos. Todo el principio inmaterial es designado en la Biblia como el alma, el espíritu, la mente, el corazón. Así, cuando habla del corazón, significa el hombre, el yo, aquello en lo que reside la individualidad personal. Si el corazón está corrompido, toda el alma está corrompida con todos sus poderes.

2. La doctrina opuesta supone que no hay nada moral en nuestras cogniciones o en nuestros juicios; que todo conocimiento es puramente especulativo. Mientras que, según la Escritura, los principales pecados de los hombres consisten en sus juicios erróneos, en pensar y creer que lo malo es bueno, y que lo bueno es malo. Éste es, en su forma más elevada, tal como nos lo enseña nuestro Señor, el pecado imperdonable, o la blasfemia contra el Espíritu Santo. Fue debido a que los fariseos pensaban que Cristo era malo, que Sus obras eran las obras de Satanás, que él declaró que jamás podrían ser perdonados. Fue porque Pablo no podía ver en Cristo hermosura para desearlo, y porque verdaderamente pensó que estaba haciendo un servicio a Dios al perseguir a los creyentes, que fue, y se declaró a sí mismo como siendo, el primero de los pecadores. Como la Biblia lo revela claramente, que los hombres estén perdidos se debe a que los hombres son ignorantes de Dios, y a que están ciegos a la manifestación de Su gloria en la persona de Su Hijo. Por otra parte, la más sublime forma de excelencia moral consiste en conocimiento. Conocer a Dios es vida eterna. Conocer a Cristo es ser como Cristo. El mundo, dice Él, no me ha conocido, pero éstos (los creyentes) me han conocido. La verdadera religión consiste en el conocimiento del Señor: «Todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande, dice Jehová.» A través de las Escrituras, la sabiduría es piedad, los sabios son los buenos; la insensatez es pecado, y los insensatos son los malvados. Nada puede ser más repugnante a la filosofía de la Biblia que la disociación del carácter moral del conocimiento, y nada más enfrentado a nuestra propia conciencia. Sabemos que cada afecto en una criatura racional incluye un ejercicio de las facultades cognoscitivas; y cada ejercicio de nuestras facultades cognoscitivas, en relación con temas morales y religiosos, incluye el ejercicio de nuestra naturaleza moral.

3. Un tercer argumento acerca de esta cuestión se saca del hecho de que toda la Biblia presenta al hombre natural o irregenerado como ciego o ignorante en cuanto a las cosas del Espíritu. Declara que no las puede conocer. Y la condición caída de la naturaleza humana es presentada como consistiendo primariamente en su ceguera mental. Los hombres están corrompidos, dice el Apóstol, por la ignorancia que está en ellos.

4. La conversión se afirma que consiste en la traslación desde las tinieblas a la luz. Se dice que Dios abre los ojos. Se afirma que los ojos del entendimiento (o corazón) son iluminados. Se declaran todos los creyentes como sujetos de una iluminación espiritual. Pablo describe su propia conversión diciendo que «Dios reveló a Su Hijo en mí». El le abrió los ojos para capacitarle para ver que Jesús era el Hijo de Dios, o Dios manifestado en carne. Con ello llegó a ser una nueva criatura, y toda su vida fue desde entonces dedicada al servicio de Aquel a quien antes aborrecía y perseguía.

5. Se afirma que el conocimiento es el efecto de la regeneración. Los hombres son renovados para poder conocer. Son traídos al conocimiento de la verdad; y son santificados por la verdad. En base de todas estas consideraciones, es evidente que todo el hombre es el sujeto del pecado original; que toda nuestra naturaleza está involucrada en la depravación; que en nuestro conocimiento, así como en nuestro amar y querer, estamos bajo la influencia y dominio del pecado.

 

Un poco de historia

La iglesia Cristiana ha sostenido por casi 1600 años que la tendencia hacia el mal es consecuencia de la caída de Adán en su desobediencia al claro mandamiento de Dios.  Y la doctrina sobre la cual se basa esa creencia es conocida como la doctrina del “Pecado Original”.  Esta doctrina tuvo su origen con este nombre con el Teólogo San Agustín.  Esta fue la conclusión de sus investigaciones teológicas en una disputa la cual tuvo con un monje Británico de la Iglesia Católica quien se llamaba Pelagio (Pelayo). 

Pelagianismo

Se cuenta que en cierta ocasión, mientras San Agustín oraba, dijo “Señor, concede lo que demandas y demanda lo que concedes”. Estas palabras sonaron horribles a los oídos de Pelagio quien ‘no era ni un infiel ni un hombre inmoral’ pero alguien quien sostenía que si Dios demandaba algo de los hombres es porque eso era posible, y que el hombre tenía la obligación de cumplirlo.  De esta manera comenzó la disputa entre Agustín y Pelagio quien en sus estudios concluyó con la doctrina la cual se conoce hoy como Pelagianismo.  El punto de comienzo de Pelagio fue que el hombre no podía ser hecho responsable por obedecer si este no era capaz de hacerlo.  Si Dios demandaba que los hombres hicieran el bien y se abstuvieran del mal, eso implicaba que tenían la habilidad innata para hacerlo. 

Pelagio mantenía que el pecado de Adán tuvo consecuencias solamente para él y nadie más y que los que nacen en el mundo como descendientes de Adán entran a la vida en el mismo estado de inocencia en el cual Adán lo hizo. Ellos como Adán son libres para obedecer o desobedecer. Los hombres son constituidos pecadores solamente por un acto de rebelión inteligente y activa contra Dios. Los hombres se Salvan,  cuando se reforman así mismos al hacer lo correcto. La Redención, como la Biblia lo describe, es por lo tanto innecesaria.  Por esto Pelagio fue condenado en el concilio de Cartago en A.D. 412, y otra vez en 428 A.D., esta decisión fue confirmada.  En el 431 A.D. la Iglesia Oriental se unió a la censura de los Pelagianos en el Concilio General de Efeso.

Semi Pelagianismo

Los Semi-Pelagianos fueron un grupo de Cristianos encabezados por Juan Cassiano quien no estando contento con las posiciones emitidas por San Agustín sobre el Pecado Original, y la necesidad de Gracia en la Redención, pero también estando en contra de los extremos de Pelagio, decidió buscar un terreno medio entre lo que Agustín creía y lo que Pelagio enseñó.  En este proceso, se desarrolló la teoría conocida como Semi-Pelagianismo.  Esta enseña que  la caída de Adán tuvo un efecto universal en todos los hombres resultando en un estado de debilidad (depravación parcial) y no de una depravación total, el hombre está totalmente depravado excepto su voluntad.  “El hombre está enfermo pero no muerto en sus pecados, no se puede sanar a sí mismo pero puede llamar al doctor”, y obtener la sanidad.  El hombre no puede ser salvo aparte de la Gracia de Dios. La Gracia de Dios, mediada a través del Sacrificio de Cristo es usualmente necesaria, pero no necesariamente siempre.

 

El castigo del pecado.

El pecado es un asunto muy serio, y Dios lo considera con severidad, aunque los hombres con frecuencia lo tratan con ligereza. No solamente es una transgresión de la ley de Dios, sino un ataque al mismo gran Legislador, una rebelión en contra de Dios. Es un quebrantamiento de la justicia inviolable de Dios que sirve de fundamento a su trono (Sal. 97:2), y un agravio a la inmaculada santidad de Dios que nos exige que seamos santos en toda nuestra manera de vivir (I Pedro 1:15, 16). En vista de esto no es sino natural que Dios dará al pecador su castigo. En una palabra de significado fundamental dice Dios: "Porque la paga del pecado es muerte; pero el don de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rom. 6:23).

Propósito del castigo.

La palabra "castigo" se deriva del vocablo latino poena que significa castigo, expiación o pena. Denota la pena o sufrimiento infligido por causa de alguna transgresión. El castigo tiene su origen en la rectitud, es decir la justicia y la santidad de Dios. Y ahora surge la pregunta respecto al objeto o propósito del castigo del pecado. Sobre este punto hay diferencia de opiniones. Los siguientes son los conceptos más importantes respecto al propósito del castigo.

1. Vindicar o vengar la justicia divina.

El Dr. Turretin dice: "Si hay un atributo como la justicia, que pertenezca a Dios, entonces el pecado debe recibir su paga que es el castigo". Tal ley requiere que el pecado sea castigado por causa de su natural maldad. Este principio encuentra aplicación en la administración tanto de las leyes humanas como de las divinas. La justicia requiere el castigo del transgresor. Detrás de la ley está Dios, y por tanto puede decirse que el castigo se dirige a la vindicación de la justicia y santidad del gran Legislador. La santidad de Dios necesariamente reacciona en contra del pecado y esta reacción se manifiesta en el castigo del pecado. Este principio es fundamental en todos aquellos pasajes de la Escritura que hablan de Dios como juez justo, que paga a cada hombre según lo que merece. "El es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en El; es justo y recto", Deut. 32:4. "Lejos esté de Dios la impiedad, y del Omnipotente la iniquidad. Porque él pagará al hombre según su obra., y le retribuirá conforme a su camino", Job 34:10, 11. "Y tuya, Señor, es la misericordia; porque tú pagas a cada uno conforme a su obra Sal. 62:12.

"Justo eres tú, oh Jehová, y rectos tus juicios", Sal. 119:137. "Yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra porque estas cosas quiero, dice Jehová", Jer. 9: 24. "Y si invocáis por Padre a aquel que sin excepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación", I Pedro 1 : 17. La vindicación de la justicia y santidad de Dios, y de aquella justa ley que es la expresión perfecta de su Ser, es ciertamente el propósito primario del castigo del pecado. Sin embargo, hay otros dos conceptos que erróneamente dan importancia a otra cosa.

2. La reforma del pecador.

La pena del pecado no procede del amor y de la misericordia del Legislador, sino de su justicia. Si a la imposición del castigo sigue la reforma, no se debe a la pena como tal, sino a alguna operación de la gracia de Dios que fructifica, y por medio de la cual El cambia aquello que en sí mismo es un mal para el pecador, en algo que le resultara benéfico. La diferencia entre disciplina y castigo debe acentuarse. La Biblia nos enseña, por una parte, que Dios ama y disciplina a sus hijos, Job 5:17; Sal. 6:1; Sal. 94:12; 118:18; Prov. 3:11; Isa. 26:16; Heb. 12:5-8; Apoc. 3:19; y por otra parte que El aborrece y castiga a los malhechores, Sal. 5:5; 7:11; Nahum 1:2; Rom. 1:18; 2:5, 6; 2 Tes. 1:6; Heb. 10:26, 27.

La pena actual del pecado.

El castigo con que Dios amenazó al hombre en el paraíso fue el de la muerte. El castigo fue ejecutado verdaderamente en el día en que el hombre pecó. De una manera que nada tiene de bíblica, algunos sostienen que la muerte física no debe considerarse como la pena del pecado, sino más bien como el resultado natural de la constitución física del hombre. Pero la Biblia no hace tal excepción. La Biblia nos da a conocer la amenaza del castigo que es muerte en el sentido amplio de la palabra, nos informa que la muerte entró al mundo por medio del pecado (Rom. 5:12) y que la paga del pecado es muerte (Rom. 6:23. El castigo del pecado verdaderamente incluye la muerte física, pero incluye mucho más que eso. Podemos decir que incluye lo siguiente:

1. La muerte espiritual.

El pecado separa al hombre de Dios, y eso quiere decir muerte, porque solamente en comunión con el Dios viviente puede el hombre vivir verdaderamente. En el estado de muerte que resulta de la entrada del pecado en el mundo quedamos cargados con la culpa del pecado, culpa que solamente puede ser quitada mediante la obra redentora de Jesucristo. Por lo tanto, estamos en la obligación de soportar los sufrimientos que resultan de la transgresión de la ley. El hombre natural lleva con él el sentido de la responsabilidad del castigo por donde quiera que vaya. La conciencia le recuerda constantemente su culpa y con frecuencia el temor del castigo le llena el corazón. La muerte espiritual no significa únicamente culpa sino también corrupción. El pecado es siempre una influencia corruptora en la vida. Somos por naturaleza no solamente injustos a la vista de Dios sino también impuros. Y esta impureza se manifiesta en nuestros pensamientos, en nuestras palabras y en nuestras acciones. La impureza siempre está activa dentro de nosotros como una fuente venenosa que corrompe las corrientes de la vida. Y si no fuera por la refrenante influencia de la gracia común de Dios el pecado haría que la vida social fuera enteramente imposible.

2. Los sufrimientos de la vida.

El pecado trajo el desorden a toda la vida del hombre. Su vida física se convirtió en presa de la debilidad y de la enfermedad que resultan en pesadumbres y con frecuencia en penas que llevan a la agonía; y su vida mental quedó sujeta a desesperantes disturbios, que con frecuencia lo despojan del gozo de la vida incapacitándolo para su trabajo diario y algunas veces destruyendo por completo su equilibrio mental. Su misma alma se ha convertido en el campo de batalla de contradictorios pensamientos, pasiones y deseos. La voluntad se niega a seguir el dictamen del intelecto, y las pasiones se entregan desordenadamente a los vicios y maldades, sin el control de una voluntad inteligente. La armonía verdadera de la vida queda destruida y abre camino a la maldición de una vida deshecha. El hombre llega a un estado tal de disolución que con frecuencia le trae los sufrimientos más punzantes. Y no solamente eso, sino que juntamente y por causa del hombre toda la creación quedó sujeta a vanidad y a su esclavitud de corrupción.

3. La muerte física.

La separación del cuerpo y del alma es también una parte del castigo del pecado. Que Dios daba a entender esto también, al amenazar con el castigo, es lo que se deduce muy claramente de las palabras, «pues polvo eres y al polvo volverás", Gén. 3:19. También se deduce de todo el argumento de Pablo en Rom. 5:12-21 y en 1 Cor. 15:12-23. La posición de la Iglesia siempre ha sido que la muerte en el sentido completo de la palabra, que incluye a la muerte física, no sólo es la consecuencia, sino también el castigo del pecado. La paga del pecado es muerte. El pelagianismo negó esta conexión pero el Sínodo General de Cartago, en África del Norte (418 D.C.) pronunció anatema en contra de cualquiera que dijera "que Adán, el primer hombre, fue creado mortal, de tal manera que si hubiera pecado o no, de todos modos hubiera muerto, no como paga del pecado, sino debido a la necesidad de la naturaleza".

4. La muerte eterna.

El peso completo de la ira de Dios alcanza al que está condenado. Su separación de Dios, fuente de vida y de gozo, es separación completa, y esto significa muerte en el más terrible sentido de la palabra. Su condición externa corresponde con el estado interno de sus almas perversas. Hay allí pesares de conciencia y dolores físicos. Y el humo de su tormento sube para siempre jamás, Apoc. 14:11.

 

La solución al problema del pecado.

Los hombres de todas las naciones y eras, y de todas las condiciones, son descritos como espiritualmente muertos. El hombre natural, el hombre tal como es por naturaleza, está destituido de la vida de Dios, esto es, de vida espiritual. Su entendimiento está entenebrecido, de manera que no conoce ni recibe las cosas de Dios. Es tan insensible a ellas como un hombre muerto lo es a las cosas de este mundo. Es totalmente incapaz de liberarse por sí mismo de este estado de corrupción y desdicha. Aquellos, y solo aquellos, que son renovados por el Espíritu Santo, que son vivificados por el poder de Dios, y que por ello mismo son llamados espirituales, como dirigidos y motivados por un principio superior que cualquiera que pertenezca a nuestra naturaleza caída, son descritos como liberados de este estado en el que nacen los hombres. «El hombre natural», dice el Apóstol, «no capta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede conocer, porque se han de discernir espiritualmente» (1 Co 2:14). «Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados» …. «Cuando estábamos muertos en pecados, Dios nos dio vida juntamente con Cristo ¡Por gracia sois salvos!» (Efe. 2:1 y 5). El estado de todos los hombres, judíos y gentiles, anterior a la regeneración, es declarado como un estado de muerte espiritual. En Ef 4:17, 18 se describe este estado natural del hombre diciendo acerca de los gentiles que «andan en la vanidad de su mente (esto es, en pecado), teniendo el entendimiento entenebrecido, excluidos de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón». El estado natural del hombre es de tinieblas, de las que su efecto inmediato es la ignorancia y el endurecimiento, y como consecuencia el alejamiento de Dios. La naturaleza humana en su estado actual es siempre y en todo lugar descrita como entenebrecida y corrompida.

La necesidad de la Redención.

La Biblia en todo lugar enseña que los hombres necesitan de la redención mediante la sangre de Cristo. Las Escrituras no conocen nada acerca de la salvación de nadie de la familia humana excepto por medio de la redención que es en Cristo Jesús. Ésta es tan claramente la doctrina de la Biblia que nunca ha sido cuestionada en la Iglesia Cristiana de todos los tiempos. La redención, en el sentido cristiano del término, es liberación por medio de la sangre de Cristo del poder y de las consecuencias del pecado. Implica que uno debe ser comprado nuevamente para disfrutar ese estado que había disfrutado con anterioridad.

En el Antiguo Testamento la idea de un rescate o de un precio por el rescate ocupa un lugar prominente. Hay tres palabras que son particularmente significativas. La primera de ellas es gaal ("dejar en libertad") o goel (que suele traducirse como "redentor filial"). Se refiere a la obligación que una persona tiene hacia otro miembro de su familia para preservar el honor o las posesiones de la familia. Por ejemplo, si un hombre perdía sus propiedades por causa de una deuda, como fue el caso del marido de Noemí narrado en el libro de Rut, era la obligación del redentor filial (en este caso Booz) volver a comprar la propiedad -para que así volviera a quedar con el nombre de la familia-. Esta obligación también se extendía a comprar un miembro de la familia que hubiera sido hecho esclavo (Lev. 25:47-55).             La segunda palabra es padah. Significa "rescatar pagando un precio", como en el caso de la redención del primogénito.(Ex. 13:11-16; Nm. 18:15-16). Difiere de la palabra gaal en que la redención a que se refiere es voluntaria y no tiene el carácter obligatorio que tiene la redención filial. La tercera palabra es kopher que significa un "precio por el rescate". Supongamos, por ejemplo, que un buey había matado a alguien de una cornada. Este era un crimen que debía pagarse con la muerte del buey y en algunas circunstancias (si hubiera habido negligencia) el dueño del buey debía morir. Tenía que pagar con su vida la vida de aquel que su buey había matado. Pero podía redimir su vida por kopher. Esto significa que se podía negociar un precio con los parientes del que había muerto, el precio pactado podía pagar el precio de su propia vida (Ex. 21:28-32).

Estas tres palabras, cada una con sus connotaciones y sus leyes, nos indican que la idea de la redención por el pago de un precio no sólo era una práctica común sino que también era en realidad un principio fundamental de la vida social y religiosa de Israel.  Cristo vino a redimir a los pecadores. Y no redime a nadie más que a pecadores. Toda la Biblia enseña claramente que la muerte de Cristo es absolutamente necesaria: que si hubiera otra manera en la que los hombres pudieran ser salvos, entonces; Cristo murió en vano (Gá 2:21; 3:21) Ahora bien, si como enseñan algunos que  los hombres son una raza caída y no corrompida, y si pueden ser preservados de pecado con un mero cambio en sus circunstancias, ¿para qué entonces el costoso plan de la redención: la encarnación, los padecimientos y la muerte del Eterno Hijo de Dios, para la salvación de ellos? Está bien claro que todo el plan Escriturario de la redención está basado en el alejamiento de toda la raza humana de Dios. Se da por supuesto que los hombres, todos los hombres, los párvulos lo mismo que los adultos, están en estado de pecado y de desgracia, de los que nadie sino un divino Salvador puede liberarles.

Pasajes que hablan de la redención en el Nuevo Testamento

Los pasajes más importantes en el Nuevo Testamento que usan el vocabulario relacionado con la redención, con respecto a la obra de Cristo, casi siempre enfatizan el precio pagado por nuestra liberación. Mateo 20:28 dice: “como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos". En este pasaje el precio de la redención ha sido expresado por el Señor mismo; es su vida. Tito 2:14 nos habla de Jesús que "se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras". Por último, en 1 Pedro 1: 18-19 encontramos el lenguaje más claro. "sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación". En cada uno de estos pasajes (y en muchos otros, además) la redención se logra por el pago, del más alto precio que era posible imaginar, la muerte o la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios.

Redimir: Comprar la libertad de la esclavitud

El primer hombre y la primera mujer eran libres, con la libertad propia de unos seres creados. Estaban en comunión con Dios, La redención implica que uno debe ser comprado nuevamente para disfrutar ese estado que había disfrutado con anterioridad. En este punto, por supuesto, el cristianismo va en contra de la corriente de pensamiento sobre el hombre dominante en la actualidad: que el hombre paulatinamente se está perfeccionando. Según la creencia contemporánea popular, la culpa no existe. Por el contrario, la raza humana debería ser alabada y es en realidad su propia salvadora.

Según la perspectiva bíblica, que gira en torno a la palabra redención, en realidad estamos caídos, hemos caído de un estado mejor, y por lo tanto somos culpables y necesitamos un Salvador. En realidad, nuestra culpa es tan enorme y tan profunda ha sido nuestra Caída que sólo Dios puede salvamos.

Existe una semejanza entre la manera en que una persona podía convertirse en esclavo en la antigüedad y la forma como la Biblia nos dice que una persona queda sujeta al pecado. En el mundo de la antigüedad, una persona podía convertirse en esclavo de tres maneras. Primero, podía haber nacido en esclavitud. Es decir, si su padre o su madre eran esclavos, esa persona también era un esclavo. Segundo, la persona podía quedar en esclavitud por una conquista. Si en una guerra una ciudad o un estado conquistaban a otra ciudad u otro estado, los habitantes derrotados eran llevados cautivos. Tercero, una persona podía convertirse en esclava por causa de una deuda. Si él o ella debía más de lo que podía pagar, cabía la posibilidad que esa persona fuese vendida como esclava para poder saldar la deuda. Estas maneras de caer en la esclavitud se identifican con las distintas maneras en que la Biblia habla sobre el pecado como teniendo control sobre el individuo. En la antigüedad, uno podía haber nacido esclavo. David escribió: "He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre" (Sal. 51:5). David no quiere decir que su madre estuviera viviendo en pecado cuando lo concibió o que hubiera algo pecaminoso o malo con el acto mismo de la concepción. Lo que significa es que nunca hubo en su existencia un momento cuando estuviera libre del pecado y que había heredado la naturaleza pecaminosa de sus padres, del mismo modo que ellos la habían heredado antes de los suyos. Ya vimos como alguien podía convertirse en esclavo mediante una conquista, y la Biblia nos habla del pecado que gobierna a las personas. David escribió acerca de las soberbias" y oró pidiendo que no se "enseñoreen" de él (Sal. 19:13). La otra posibilidad, que era la de convertirse en esclavo por causa de una deuda, está sugerida en Romanos 6:23, que dice "que la paga del pecado es la muerte". Esta expresión no significa que el pecado es premiado, excepto en un sentido irónico. Significa que el pecado es una deuda y que sólo la muerte del pecador puede saldar la cuenta.

Si bien hemos caído en una esclavitud desesperada por causa del pecado y estamos bajo el dominio de un cruel tirano, Cristo, sin embargo, con su sangre ha comprado nuestra libertad del pecado. Ha pagado el precio para que podamos ser dejados en libertad.

Quizá la más grande ilustración bíblica sobre la salvación (y lo que significa la redención en particular) sea la historia de Óseas. Óseas fue un profeta menor, menor con respecto a la extensión de sus profecías, pero no con respecto a su importancia, cuyos escritos se basan en la historia de su matrimonio. Desde el punto de vista humano, su matrimonio fue desgraciado, porque su esposa le fue infiel. Pero desde el punto de vista de Dios fue un matrimonio especial. Dios le dijo a Óseas que eso iba a pasar en su matrimonio pero que sin embargo tenía que seguir adelante porque Dios quería proveer una ilustración de su amor. Dios amaba al pueblo que había tomado para sí mismo aunque este pueblo le fuera infiel y cometiera adulterio espiritual con el mundo y sus valores. El matrimonio debía ser como un espectáculo en un teatro. Óseas estaba desempeñando el papel de Dios. Su esposa estaba haciendo el papel de Israel que era infiel. Ella sería infiel, pero cuanto más infiel fuera, más la amaría Óseas. Esta es la manera como Dios nos ama aun cuando hemos huido de él y lo deshonramos.

Óseas describe su comisión diciendo: "El principio de la palabra de Jehová por medio de Óseas. Dijo Jehová a Óseas: Ve, tómate una mujer fornicaria, e hijos de fomicación; porque la tierra fornica apartándose de Jehová. Fue, pues, y tomó a Gomer hija de Dibaim, la cual concibió y le dio a luz un hijo" (Os. 12-3). Hay lecciones significativas en las primeras etapas de este drama en el nombre de los hijos que nacieron de Óseas y Gomer y en el cuidado de Óseas hacia su mujer después que ella lo había dejado,  pero el clímax se da cuando Gomer es hecha esclava, posiblemente por causa de deudas. Óseas debe librarla, como una demostración de la manera en que el Dios fiel ama y salva a su pueblo. Los esclavos eran vendidos desnudos en la antigüedad y esto debe haber sido también cierto en el caso de Gomer cuando estuvo parada en la subasta en la ciudad capital. Aparentemente había sido una mujer hermosa. Todavía era hermosa a pesar de su estado caído. Cuando comenzaron las ofertas, estas eran altas, mientras los hombres de la ciudad ofrecían comprar el cuerpo de la esclava.

"Doce piezas de plata", dijo uno.

"Trece", dijo Óseas.

"Catorce", dijo otro.

"Quince", dijo Óseas.

Los postores que ofrecían menos se habían retirado. Pero alguien agregó: "Quince piezas de plata y un comer de cebada". Ahora Óseas era dueño de su esposa. Podría haberla matado si hubiera querido. La podría haber humillado delante de todos de la manera que él hubiera elegido. Pero en lugar de hacer eso, la vistió, y la condujo dentro de la multitud anónima, y le demandó su amor prometiéndole al mismo tiempo que él la amaría.

Así es como lo narra: "Me dijo otra vez Jehová: Ve, ama a una mujer amada de su compañero, aunque adúltera, como el amor de Jehová para con los hijos de Israel, los cuales miran a dioses ajenos, y aman tortas de pasas. La compré entonces para mí por quince siclos de plata y un comer y medio de cebada. Y le dije: Tú serás mía durante muchos días; no fornicarás, ni tomarás otro varón; lo mismo haré yo contigo" (Os. 3:1-3). Óseas estaba en todo su derecho de demandarle lo que antes ella no le había dado, pero junto con la demanda él también promete amarla. La enseñanza de esta historia es que Dios ama a todos los que son verdaderamente sus hijos espirituales.

Esto es lo que significa la redención: comprar la libertad de la esclavitud. Si entendemos la historia de Óseas, entendemos que nosotros somos los esclavos en la subasta pública del pecado. Fuimos creados para tener una comunión íntima con Dios y para la libertad, pero nuestra infidelidad nos ha deshonrado. Primero, hemos coqueteado y luego hemos cometido adulterio con el mundo pecador y sus valores. El mundo también ha ofertado por nuestra alma, ofreciendo sexo, dinero, fama, poder y tantas otras cosas en las que trafica. Pero Jesús nuestro esposo fiel y amante, participó de este remate y nos compró. Ofreció su propia sangre. No hay oferta mayor que esa. Y fuimos hechos suyos. Nos volvió a vestir, no con los harapos sucios de nuestra vieja injusticia, sino con vestidos nuevos de justicia. Nos dijo: "Me perteneceréis... no tomaréis otro....; lo mismo haré yo".

Libres para servir

La redención tiene dos consecuencias. En primer lugar significa que ahora somos libres. Si bien puede parecer paradójico, el haber sido comprados por Jesús significa haber sido dejados en libertad, libres de la culpa y la tiranía de la ley y el poder del pecado-. Pablo habla de esta libertad en la epístola a los Gálatas, donde en el punto más alto de esta carta desafía a quienes le está escribiendo: "Estad., pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud (Gá. 5:1).

Pero esta es una libertad de un tipo especial. No significa que estamos libres y podemos hacer lo que nos plazca, pecar con impunidad o nuevamente quedar sujetos a la rebeldía y la infidelidad. Hemos sido liberados para servir a Dios. Hemos sido hechos libres para desear el bien. Hemos sido liberados para que podamos obedecer y amar a Jesús. Como escribe Pablo: "¿0 ignoráis... que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo" (1 Co. 6:19-20).

La redención es algo glorioso. Cuando pensamos en ella nuestros corazones se deberían derretir y hacer brotar alabanzas hacia aquel que se dio a sí mismo para que pudiésemos ser libres. Pero no sólo eso. También nos está llamando al nivel más alto posible de entrega. De la misma manera que Jesús se entregó a sí mismo por nosotros, así deberíamos entregarnos nosotros a él. Debemos tener la voluntad de servirle y estar prontos y dispuestos. El murió por nosotros por su gran amor. Ese amor, ese amor tan asombroso, requiere mi alma, mi vida, mi todo.

 

La muerte de Cristo: Una propiciación

Propiciación significa dejar a un lado la ira por una ofrenda. En el NT esta idea es abarcada por el uso de hilastérion (Ro. 3:25) e hilasmos (1 Jn. 2:2; 4:10). La principal palabra en el AT es kipper, tiene el significado de una ira desviada. (Sal. 78:38).

La propiciación es un concepto poco entendido en la interpretación bíblica de la muerte de Cristo. Tiene que ver con sacrificios, y se refiere a lo que Jesús por medio de su muerte logró con relación a Dios. La redención se refiere a lo que Jesús logró con relación a nosotros. Al redimirnos, Jesús nos liberó de la esclavitud del pecado. La propiciación, por el contrario, se refiere a Dios, para que podamos decir: Por medio de su muerte, Jesús propició (alejó) la ira de su Padre contra el pecado e hizo entonces posible que Dios fuera propicio (lleno de gracia, favorable) para con su pueblo.

La Biblia nos dice sobre la ira de Dios contra el pecado, según la cual el pecado habrá de ser castigado en la persona de Cristo o en la persona del pecador. Podemos sentir, debido a nuestros prejuicios culturales, que la ira de Dios y el amor de Dios son incompatibles. Pero la Biblia nos enseña que Dios es ira y amor al mismo tiempo.

El vocablo propiciación  utilizado en los escritos bíblicos, no es utilizado de la misma manera en los escritos paganos. En los rituales paganos, el sacrificio era el medio por el cual el pueblo apaciguaba a una deidad ofendida. En el cristianismo, nunca es el pueblo quien toma la iniciativa o hace el sacrificio, sino que es Dios mismo quien por su gran amor hacia los pecadores provee el camino por el cual su ira contra el pecado puede ser aplacada. Además, él mismo es el camino -Jesús-. En otras palabras, Dios mismo aplaca su propia ira contra el pecado para que su amor pueda aflorar y abrazar y salvar a los pecadores.

La idea de la propiciación está claramente observada en el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento, porque a través de este sistema de sacrificios Dios enseñó el camino por medio del cual los hombres y las mujeres podían llegar a él. El pecado significa la muerte, como señalamos anteriormente. Pero los sacrificios nos enseñan que hay una salida de escape y de aproximarnos a Dios. Otro puede morir en lugar del pecador. Esto puede parecer asombroso, pero es lo que el sistema de sacrificios nos enseña. De ese modo, el israelita era instruido a traer un animal para el sacrificio cada vez que se acercaba a Dios; la nación debía ser representada por el sumo sacerdote cada año en el día de la expiación, cuando la sangre de la ofrenda era rociada sobre el propiciatorio en el arca del pacto dentro del Lugar Santísimo en el templo judío. Al final de este proceso de instrucción, Jesús se presentó como el sacrificio que había de llevar los pecados del mundo" (Jn. 1:29).

El camino a la presencia de Dios ahora está abierto para todo aquel que quiera venir, un hecho simbolizado por el velo del templo (el velo que separaba el Lugar Santísimo del resto del templo) que se partió en dos cuando Cristo murió.

La ira de Dios ha sido aplacada

Pablo habla de esta verdad en Romanos 3:23-26: "por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la

redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús".

La conclusión a la que llega Pablo en el capítulo 3 es que todos estamos bajo la ira de Dios, porque todos hemos pecado. Sin embargo, en este momento es cuando la justicia y la gracia de Dios se revelan, porque en la persona de su Hijo el Señor Jesucristo, Dios el Padre ha provisto un camino por el cual los que creen en él pueden ser salvos. Aunque hemos pecado, somos de todos modos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre" (Ro. 3:24-25).

Esto significa que la ira de Dios que estaba dirigida hacia nosotros por causa de nuestro pecado ahora ha sido aplacada, alejada o evitada por la acción de Dios mediante la muerte de Cristo. "La 'sangre' es decir, la muerte del sacrificio de Jesucristo abolió el enojo de Dios contra nosotros, y nos aseguró un trato para siempre propicio y favorable. De ahora en adelante, en lugar de mostrarse enfrentado a nosotros, se nos mostrará en nuestra vida y nuestra experiencia a favor nuestro. ¿Qué es lo que expresa entonces la frase 'como propiciación... en su sangre'? Expresa, precisamente este pensamiento: que por la muerte de sacrificio por nuestros pecados Cristo ha pacificado la ira de Dios".

Los dos últimos usos de la palabra propiciación en el Nuevo Testamento están en la primera epístola de Juan. "Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (1 Jn. 2:2) y "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados" (1 Jn. 4:10). En este caso, la necesidad está sugerida por la referencia a Jesús como nuestro "abogado". ¿Por qué necesitamos de un abogado o de alguien que nos ayude si, en realidad, no estamos en ninguna situación de dificultad delante de Dios? La razón es, por supuesto, que sí estamos en grandes dificultades. Somos pecadores, algo que Juan ya ha estado señalando en los versículos anteriores (1:5-10), y por lo tanto necesitamos un abogado. En este contexto, es comprensible que Juan elija una palabra que habla sobre la obra que un sacerdote realiza cuando revierte la ira de Dios, y presenta esta obra como el suelo firme que podemos pisar para acercamos a Dios y estar seguros de su favor.

La muerte de Cristo es una propiciación genuina de la ira de Dios. Pero, paradójicamente, es el amor de Dios que realiza la propiciación. Llegamos, así, al corazón del evangelio. En el acto de la propiciación tenemos las buenas nuevas que el que es nuestro Creador, de quien nos hemos apartado por nuestro pecado, es también nuestro redentor.

El Dr. Packer resume esto en los siguientes términos: En la Biblia, la descripción básica sobre la muerte salvadora de Cristo es la propiciación, o sea, eso que ha aplacado la ira de Dios contra nosotros, apartando nuestros pecados de su vista. La ira de Dios es su justicia que reacciona contra nuestra injusticia; y que se manifiesta por una justicia retributiva. Pero Jesucristo nos ha protegido con un escudo de la pesadilla de su justicia retributiva convirtiéndose en nuestro sustituto representativo, en obediencia a la voluntad de su Padre, y recibiendo sobre sí mismo la paga del pecado (muerte). De este modo se ha hecho justicia, porque los pecados de todos los que habrán de ser perdonados han sido juzgados y el castigo ha recaído sobre la persona de Dios el Hijo, y es sobre esta base que el perdón ahora puede ser ofrecido a nosotros los ofensores. En el Calvario, el amor redentor y la justicia retributiva han unido sus manos, para expresarlo de alguna manera, porque allí Dios mostró que él es "justo, y quien justifica a los que tienen fe en Jesús". La consistente enseñanza de la Biblia es que el pecado del hombre ha desatado la ira justa de Dios. Esta ira es desviada únicamente por el sacrificio vicario (sustitutorio) de Cristo. Desde este punto de vista su obra salvífica es llamada apropiadamente una propiciación.

Conclusión

Por su alejamiento de Dios el hombre no sólo perdió la imagen y el favor divinos, sino que se hundió en un estado de muerte espiritual. La Biblia enseña que Dios es la vida del alma, y la comunión con Él, son esenciales no sólo para la vida sino también para la santidad. Aquellos que están bajo su ira y maldición están excluidos de Su presencia. No poseen verdadero conocimiento, ni deseo de comunión con un Ser que para ellos viene a ser fuego consumidor. Es una verdad tanto de la Escritura y de la experiencia que el hombre irregenerado no puede hacer nada por sí mismo para asegurar su salvación, es esencial que sea llevado a una convicción práctica de esta verdad. Cuando quede convencido de ella, buscará ayuda de la única fuente en que puede ser hallada… en Dios nuestro Creador y Salvador.